Los Reyes Magos de Casado confinado

Quizá les ha pedido tiempo para escuchar los ruidos de la calle

Fernando Jáuregui
01:05 • 04 ene. 2022 / actualizado a las 09:00 • 04 ene. 2022

Pregunté a Pablo Casado la pasada semana si piensa retar públicamente a Pedro Sánchez para que le reciba de una vez en La Moncloa y puedan ambos hablar de la, al menos, una decena de acuerdos de Estado que la democracia española va necesitando como el comer.


No estoy seguro de haber recibido una respuesta categórica, más allá de estar de acuerdo conmigo, como no podía ser de otra manera, en la anomalía que representa que el jefe de un Gobierno y el líder de una oposición no se hayan visto cara a cara desde hace año y medio. Alguien se está equivocando gravemente aquí. Quizá ambos, que son, no debería ser preciso recordarlo, los dos personajes más influyentes en cada una de, ay, las dos Españas.


Creo que, si reflexiona en el buen sentido -él debe averiguar cuál es el que le conviene- y evita meteduras de pata, 2022 será el año de Pablo Casado. Puede que la antesala de su triunfo. Quizá, haciendo de necesidad virtud, pueda aprovechar estos días de confinamiento por el coronavirus --afortunadamente, me dicen, sin síntomas-- para meditar en un cierto cambio de rumbo y pedir a los Magos de Oriente que le traigan un rayo de esperanza, que vale mucho más que el oro y que el incienso que le prodigan los pelotas. Al fin y al cabo, no hay un solo sondeo, para lo que valgan, que no muestre que una mayoría de españoles piensa que la más probable alternativa futura a Pedro Sánchez se llama Pablo Casado. Con o sin la molesta compañía de Vox, fagocitando del todo -o no- a un Ciudadanos que este año conocerá el bastante probable fin político de Inés Arrimadas.



Me parece que ese cambio de rumbo no resulta demasiado difícil. Por ejemplo, dejar que los dirigentes ‘populares’ que piensan que habría que dejar pasar en el Parlamento esta mini-mini reforma laboral que Yolanda Díaz ha vendido tan bien que hasta nos ha hecho olvidar la palabra ‘derogación’, se lleven el gato al agua, en lugar de andar buscando aliados ‘contra natura’ para tumbar los enclenques cambios en el texto legal. O convencerse de que no por actuar siempre como un halcón frente al Gobierno menos transparente y dialogante de Europa se deja de ser muchas veces una irrelevante paloma. Los mensajes de Casado no llegan a su electorado, al menos no llegan tan nítidos y comprensibles como a él le gustaría, porque son poco aptos para los titulares de prensa, que requieren contundencia y es con lo que la mayoría de la gente, que no queremos bucear en la letra pequeña, nos quedamos.


Uno no es quién para dar consejos a nadie, ni deberíamos hacerlo, en general, los periodistas. Pero demasiados años mirando el tan frecuentemente irracional y testicular panorama informativo español te llevan a la conclusión de que la batalla --que es lo que le gusta a Vox. Y a algunos en Podemos. Y quizá, a veces, a Sánchez-- es menos rentable que el acuerdo. Y de que, pese a que ‘good news, no news’, a la gente le gusta más lo positivo, que aliente sus esperanzas marchitas, que lo negativo, que le suma en la desesperanza. Hasta ahora, Pedro Sánchez golea en los mensajes en positivo frente a los reñidores que hacen oposición de lo mínimo, sin entrar a combatir en los boquetes que se abren, desde la apropiación del Estado, la opacidad y el afán por mantenerse en el poder, en el barco de nuestra democracia.



Deseo lo mejor para Pablo Casado y que acierte, porque obvio es que el país precisa de una alternativa -para cuando sea_moderada y dialogante. Sí, dialogante he dicho, que este, el diálogo, es el valor más escaso en la ramplonería política que nos inunda. Ya digo que ignoro qué les habrá pedido Casado, desde su confinamiento venturosamente muy temporal, a los Reyes Magos. Quizá tiempo, que es eso que jamás nos concedemos los políticos ni los periodistas, para escuchar los ruidos de la calle, que casi nunca llegan hasta los despachos de la planta noble.




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