El comandante Arjipov, al rescate de Palomares
Se ha dado luz verde a un proyecto para construir miles de viviendas, hoteles y demás en zona inundable de esta pedanía

Vista aérea de la playa de Palomares.
Para mí las celebraciones navideñas han sido entrañables, pero también un espacio abonado al conflicto, básicamente a causa de lo que se ha venido a conocer como “cuñadismo”. Desde que se aceptó la acepción del término para describir a aquellos que opinan con suficiencia sobre cualquier tema, creyéndose más listos que los demás sin tener conocimiento del asunto, siento que este fenómeno sociológico se va haciendo cada vez más presente.
En nuestra cena de Nochevieja, no faltaron curtidos especímenes que lo mismo arreglaban la situación política en la sopa de marisco que para cuando llegaron los turrones habían solucionado los problemas educativos con más donaire que Tonucci. Así que antes de las uvas, tuve que hacerles una larga cambiada, evocando anécdotas familiares que relajaran la tensión ambiental.
Una de las que nunca fallan es la historia contrastada, de que seguramente he sido uno de los pocos bebés esperados a los que, al llegar a este mundo, nadie quería coger en brazos. La explicación parece estar en que nací pesando cinco kilos y medio, por lo que el parto tuvo que ser cosa seria y se deduce que mi aspecto no debía ser precisamente el del ángel de Botticelli.
La anécdota, cuyo trasfondo original fue superar un trauma familiar en toda regla, a mí me enseñó de forma indirecta que le debo el estar hoy escribiendo estas cosillas tanto a mi madre como a los sanitarios de La Bola Azul que la atendieron. Eso lo tuve claro durante muchos años, pero no hace tanto que sumé a la lista al comandante Arjipov.
Más o menos a la hora en la que servidor se incorporaba a la nómina de almerienses de pleno derecho, Vasili Arjipov, segundo oficial de un submarino soviético sumergido en aguas del Caribe en plena crisis de los misiles de Cuba, incomunicado y cercado por destructores norteamericanos, se negaba a ejecutar la orden de su superior y del comisario político para proceder al lanzamiento de misiles nucleares contra EE. UU. Por pura determinación, no se dejó llevar por la presión ambiental, aplicó el criterio de prudencia, esperó confirmación de las órdenes y al hacerlo evitó un enfrentamiento de efectos impredecibles. Sí a ello unimos que, pocos años antes, ya había colaborado en evitar otro desastre nuclear a bordo del famoso submarino K19, la “Hiroshima flotante”, este oscuro marino soviético tiene el récord de haber contribuido a rescatar al mundo de dos holocaustos. Supongo que coincidirán conmigo en que la suya sí era una hoja de servicio público presentable.
Hay pocas dudas de que, en esa época, ante un conflicto entre superpotencias nucleares, los andaluces estábamos en la pole position para pillar por todos lados. Con dos bases estratégicas de retaguardia norteamericanas en nuestro territorio, disponiendo de vía libre para que nos sobrevolaran aviones con armamento nuclear, si el amigo Vasili llega a ser de otra pasta, poco hubiéramos tardado en estar todos calvos. De hecho, aún sin estallar ningún conflicto, cuatro años después estuvimos a un tris de incorporarnos al trágico palmarés de lugares de la tierra que han sufrido un bombardeo nuclear.
Desde que asistí a la presentación del libro sobre los 60 años de la bomba de Palomares del doctor Laynez, no se me va de la cabeza esta historia. Y no solo por el hecho de que volvamos a temer un conflicto nuclear gracias a la alianza de plutócratas y líderes políticos depredadores que dominan la agenda mundial, sino por la amenaza que, como en el resto del Mediterráneo, pende sobre esa zona del litoral almeriense por el riesgo de inundaciones y avenidas.
Me sorprende que, ante una amenaza que siempre ha estado ahí, pero que ahora se ha disparado, en lugar de tomar las medidas de planificación urbanística y concienciación que recomiendan los expertos, se esté dando cancha a los irresponsables que defienden que “las inundaciones se solucionan quitando las cañas de las ramblas”. El remate de esta huida hacia ninguna parte ha sido el anuncio de que se daba luz verde a un proyecto para construir miles de viviendas, hoteles y demás en zona inundable de una pedanía que, por desgracia, ya estuvo en su momento en el mapa mundial de catástrofes.
No soy tan ingenuo como para esperar que, vistos los antecedentes, entre los responsables políticos surja un nuevo Arjipov con la suficiente altura de miras para anteponer la seguridad pública a cualquier consideración. Pero sí confío en que, de una manera más prosaica, hagan un ejercicio de prudencia valorativa y anoten debidamente los riesgos ambientales potenciales del proyecto.
Seguramente entonces verán que la imagen fiel del mismo es negativa, tanto en términos de seguridad pública como de costes para el sufrido contribuyente almeriense que terminará corriendo con las pérdidas en caso de catástrofe.