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Turismo Rural

Los 10 pueblos fantasma de Almería que todavía puedes visitar: de ruta por la provincia más desconocida

De estar llenos de vida por la actividad minera y agrícola a convertirse en un refugio para los viajeros más curiosos

La barriada de Hueli, en el límite del Paraje Natural Karts en Yesos de Sorbas.

La barriada de Hueli, en el límite del Paraje Natural Karts en Yesos de Sorbas.La Voz

Miguel Antonio Rodríguez Cárdenas
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La provincia de Almería atesora muchos secretos lejos de sus paradisíacas playas. En el interior del territorio almeriense, entre sierras, ramblas y antiguos caminos agrícolas, sobreviven al paso del tiempo un buen número de pueblos abandonados que parecen quedarse estancados en el día en el que se marchó su último vecio. Lugares que muchos años atrás estuvieron cargados de vida, que contaban con escuelas, iglesias y comercios y que hoy forman parte del listado de pueblos fantasma de Almería.

Durante gran parte del siglo pasado, muchos núcleos rurales del interior de la provincia de Almería pasaron de tener vecinos a quedarse complentamente vacíos. La emigración hacia las grandes ciudades y las zonas industriales, el declive de la minería y el cambio de modelo agrícola y las dificultades que acompañan el vivir en zonas aisladas transformaron el mapa rural almeriense. 

De epicentros mineros a pueblos abandonados

A día de hoy, lo que antaño eran pequeñas comunidades agrícolas o mineras ha terminado por convertirse en lugares olvidados que atraen a viajeros curiosos, senderistas y amantes de la historia. 

De este modo, en esta particular ruta por los pueblos fantasmas de Almería, la primera parada se encuentra en el municipio de Sorbas, donde sobreviven los restos de dos pequeños asentamientos agrícolas que quedaron despoblados durante el siglo pasado. Se trata de Hueli y Marchalico Viñicas, dos núcleos muy próximos entre sí que vivían principalmente de la agricultura de secano.

En estas tierras áridas del interior de la provincia, los vecinos cultivaban almendros, olivos, trigo o cebada, adaptándose a un paisaje duro y a un clima exigente. Hoy apenas quedan muros y antiguos bancales que recuerdan la actividad agrícola que un día llenó estos pequeños caseríos y que se han convertido en tesoros para los amantes del pasado, del misterio y de los lugares con encanto singular.

Pasear por El Arteal, un recorrido por la historia que hoy día se desvanece.

Pasear por El Arteal, un recorrido por la historia que hoy día se desvanece.La Voz

Del Levante a Los Vélez

La ruta continúa hacia el Levante almeriense, donde se pone de manifiesto el pasado minero de la provincia. En Cuevas del Almanzora se encuentra El Arteal, un pequeño poblado que nació durante la etapa de autarquía del franquismo para alojar a trabajadores de las minas cercanas y a sus familias.

Durante algunos años llegó a contar con iglesia, escuela y servicios comunitarios, convirtiéndose en un pequeño núcleo industrial en medio del paisaje minero. Sin embargo, el cierre de las explotaciones a finales de los años cincuenta provocó su rápido abandono, dejando tras de sí algunas construcciones que aún recuerdan aquella etapa. 

Un lugar que ahora podría volver a su época dorada gracia a los conocidos como minerales críticos, que podrían encontrarse en sus yacimientos y que son clave para el futuro tecnológico y digital de la industria mundial.

Sin vecinos, sin vida

Desde Cuevas, el camino continúa hacia las montañas del interior, donde aparecen otros pueblos que vivieron ligados a la agricultura, la ganadería y el pastoreo. En el municipio de Gérgal, en plena Sierra de los Filabres, se levantaba Portocarrero, un pequeño núcleo donde la vida estaba marcada por el aislamiento y las duras condiciones del entorno.

Algo similar ocurrió en otras zonas de la sierra, como Las Morcillas o La Olapra, ambos en el municipio de Bacares. En estos lugares, situados a gran altitud, la vida dependía de la agricultura de cereal y de la ganadería, pero los inviernos fríos, las largas distancias hasta los servicios básicos y la emigración constante terminaron vaciando estas pequeñas comunidades rurales.

Más al norte de la provincia aparece otro de los enclaves de esta ruta por los pueblos fantasma de Almería: Mancheño, en Vélez Blanco. Se trata de un pequeño caserío de calles paralelas y viviendas construidas con materiales tradicionales, donde sus vecinos vivían del cereal, del ganado y de trabajos agrícolas temporales en fincas cercanas.

A partir de los años sesenta, como ocurrió en tantos otros puntos del interior de España, la emigración hacia ciudades y zonas industriales dejó el núcleo prácticamente deshabitado.

Pueblo abandonado en Níjar

La ruta por los pueblos fantasma de Almería también pasa por el interior de Níjar, donde se encuentra El Higo Seco, también conocido como Cortijada del Hornillo. Este enclave combinó durante años la agricultura adaptada al entorno árido con pequeñas explotaciones mineras cercanas. Su ubicación, lejos de grandes vías de comunicación, limitó su desarrollo y terminó provocando su abandono durante la década de 1960.

La historia continúa en el municipio de Nacimiento, donde se encuentran dos de los enclaves más singulares de esta ruta. El primero es Gilma el Viejo, un asentamiento con origen medieval en el que durante siglos se cultivaron olivos y almendros, además de criarse ganado en pequeñas explotaciones familiares.

Muy cerca aparece Rambla Ercina, otro pequeño núcleo ligado a la minería del hierro. Durante un tiempo este lugar albergó a trabajadores y a sus familias, formando un pequeño poblado industrial en medio del paisaje del interior almeriense. Cuando la explotación dejó de ser rentable, el asentamiento perdió su función y terminó quedando vacío.

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