La Voz de Almeria

Opinión

Almería, año 2075

La inquietante proyección de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia

Un inmigrante subsahariano aprendiendo español en un centro de la fundación Cepaim en Almería.

Un inmigrante subsahariano aprendiendo español en un centro de la fundación Cepaim en Almería.

Manuel León
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Almería, año 2075 -todo llega, como llegó el 1984 de Orwell- con solo un 30% de los inmigrantes que hay ahora por un cierre casi absoluto de fronteras. Es una distopía, una proyección que ha realizado para toda España la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia (ONPE) ante el nuevo reto migratorio. 

En términos tan solo de fríos números, de hieráticas cifras, el informe concluye que Almería se quedaría con menos de la mitad de trabajadores en sus 35.000 hectáreas de invernaderos, con lo cual tendría que retroceder en superficie a menos de 20.000; y bajaría un tercio también el PIB; el saldo vegetativo de la población sería acusadamente negativo, el 30% de la población estaría jubilada, 10 puntos más que en la actualidad, al verse amortiguada ahora por la llegada de inmigrantes jóvenes; Almería se estancaría en los 200.000 habitantes y desparecerían también bares, negocios auxiliares y comercios en general y las zonas despobladas lo sufrirían aún más. Es lo que dice el informe con proyección a 50 años, que no es tanto tajo como parece. Pero eso son solo guarismos, datos, cantidades y tablas de Excel. En la opinión de uno, habría más pérdida de valor que de precio: imaginar una Almería sin apenas inmigrantes, no es solo un ejercicio demográfico, es casi una ficción atmosférica: cambiaría la luz -no la del sol- sino la luz humana, la que se filtra en los mercados y en los almacenes y alhóndigas, en los portales donde se cruzan lenguas y silencios. El milagro agrícola, que es un milagro diario, que es lo que más nos define como territorio, perdería su pulso. Porque no se trata solo de brazos; se trata de ritmos, de saberes compartidos, de resistencias invisibles.

La ciudad, la provincia, sonaría distinto: menos árabe en las tiendas, menos francés africano en las esquinas, menos rumano en las obras. Menos mezcla. Y con ello, menos fricción, sí, pero también menos vida. Las ciudades -las cosas en general- que dejan de rozarse acaban por dormirse.

Hay quien vería esta ausencia -los patrocinadores de ‘Prioridad Nacional’ o de ‘Primero los almerienses’- como una limpieza, como una vuelta a una identidad más nítida. Pero las identidades demasiado nítidas suelen ser también las más pobres. Almería sería más fácil de explicar, pero más difícil de sentir.

Los de fuera, según la proyección de la ONPE, llegarían con cuentagotas y algunos de los que enarbolan la pancarta de ‘Almería para los almerienses’ serían felices viendo cómo, en círculo vicioso, los Gómez emparentan con los Rueda o cómo los Salmerón matrimonian con los Cazorla o con los Bonillo o con los Aguilera, como los Austrias o los reyes godos solo se juntaban entre ellos hasta la decadencia. Hasta, quizá, en un escenario apocalíptico, ver el Cañillo semihundido en una playa del Zapillo, como la Estatua de la Libertad se veía enterrada en la arena en el Planeta de los Simios. Poner trabas a la regularización de los que vienen, han venido y seguirán viendo, es como arrancar capas de una pintura ya seca. ¿Acaso regularizar a los inmigrantes los convierte en más inquietantes de lo que puedan ser sin regularizar?

Una Almería con freno a los inmigrantes, sería menos mestiza, pero no más auténtica. Sería otra ciudad, más pequeña en lo humano, aunque el mapa diga lo mismo. 

tracking