Almería: quien pertenece y quien solo es necesario
Los papeles de la regularización no son una varita mágica; los papeles no convierten en vivienda lo que es chabola

Un inmigrante subsahariano en un poblado de Níjar.
En Almería, pocas cosas llegan de golpe. Casi todo se asienta poco a poco, como las vías del AVE, como el polvo tras una tormenta o como el plástico que ha ido cubriendo el campo sin que nadie recuerde ya del todo cuándo empezó. La regularización extraordinaria de inmigrantes no irrumpe aquí como una sorpresa, sino como una verdad que vuelve a decirse en voz alta.
Hay provincias en las que la inmigración es debate. En Almería, es paisaje humano. Está en los invernaderos al amanecer, en los caminos de tierra, en los asentamientos que resisten al sol y al olvido. Está también en el silencio prolongado con el que se ha aceptado que miles de personas sostengan un modelo productivo sin formar parte plena de la comunidad que lo disfruta.
Hablar ahora de regularización es, en el fondo, hablar de un reconocimiento tardío.
El campo almeriense ha sido una historia de éxito y de ceguera al mismo tiempo. De ingenio, esfuerzo y exportaciones récord, pero también de mirar hacia otro lado cuando el crecimiento iba dejando a personas fuera del marco legal y, con frecuencia, fuera de la dignidad. “La economía avanza más rápido que la conciencia”, solía esgrimir Julio Anguita.
Por eso la regularización no crea una realidad nueva. La ordena, o lo intenta. Regulariza a quienes ya están aquí desde hace años, a quienes trabajan sin red, a quienes forman parte del día a día sin figurar en el relato oficial. Lo que sorprende no es la medida, sino el tiempo que ha tardado en llegar.
Sin embargo, los papeles no son una varita mágica. No convierten en vivienda lo que es chabola. No construyen barrios ni cosen convivencia. Almería lo sabe bien. Lo ha aprendido en Níjar y en el Poniente, en los márgenes urbanos, en esa frontera invisible entre quien pertenece del todo y quien solo es necesario.
Y, aun así, hay miedo. Miedo a que esto sea un principio sin final, a que el territorio no pueda con más, a que las decisiones vuelvan a tomarse lejos y se sufran cerca. Miedo comprensible, aunque a veces uno cree que mal enfocado. Porque el verdadero desorden no empieza con la regularización, sino con los años de no haber hecho nada.
Quizá el debate real no sea si regularizar, sino qué hacer después; si seguir gestionando la inmigración como una excepción permanente o asumirla, por fin, como parte estructural de la provincia. Si Almería quiere seguir creciendo sin mirarse o empezar a hacerlo con más honestidad. Los papeles de los inmigrantes importan, pero importa más lo que como territorio se decide hacer con ellos.
En Almería, la inmigración nunca ha sido una novedad. Ha sido, más bien, una constante silenciosa, una presencia cotidiana que ha sostenido durante décadas buena parte de la prosperidad provincial sin ocupar titulares ni tertulias. Por eso, la regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno no irrumpe aquí como un fenómeno abstracto, sino como un episodio más de una historia larga, compleja y, en ocasiones, incómoda.
Mientras en Madrid el debate se articula en términos políticos e ideológicos, en Almería adquiere una dimensión más terrenal. Aquí la inmigración no se discute en cifras, sino en jornales, campañas agrícolas y asentamientos a las afueras de los municipios; en la mirada del agricultor que necesita mano de obra; en la del vecino que convive con realidades que preferiría no tener tan cerca; y en la del trabajador extranjero que lleva años formando parte del paisaje sin llegar a integrarse del todo (o sí).
La regularización, en ese contexto, no es ni un terremoto ni una revelación. Es, para muchos, el reconocimiento tardío de algo que ya existía.