La Voz de Almeria

Opinión

El último día del gentil mancebo de Las Cuatro Calles

Se jubila Manolo Gómez, alma del barrio, y sus vecinos del Casco Histórico le tributan un espontáneo homenaje

Manolo Gómez recibió un sentido reconocimiento de sus vecinos del Casco Histórico tras su reciente jubilación.

Manolo Gómez recibió un sentido reconocimiento de sus vecinos del Casco Histórico tras su reciente jubilación.

Manuel León
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Lo que uno nunca -como cliente- hubiera creído, ha sucedido. Ha desaparecido de la vista del barrio el muchacho de la botica de María Rosa, la de las Cuatro Calles (en realidad son tres: Eduardo Pérez, Real y Trajano); uno nunca espera que sucedan estas cosas, nos creemos que las cosas son para siempre. Y luego viene la realidad y te demuestra que no, que todo acaba. Como ha acabado la vida laboral y la sonrisa vitalicia de Manolo, uno de los Manolos de la farmacia del centro (aún queda el otro). Manolo, hace unas horas, se ha jubilado, aunque uno lo mira aún y parece un eterno infante, con sus gafitas de estudiante de económicas, de buen yerno, que si se pone pantalones cortos de los de antes no desentonaría. Y, sin embargo, es un pensionista ya Manolo y no lo parece: no se le vio nunca dolencia alguna, en el sitio donde se curan (casi) todas las dolencias. Siempre servicial, cuando uno se liaba con la máquina de la tensión acudía raudo dispuesto a ayudar en lo que fuese, siempre con afabilidad detrás del mostrador de madera.

Manolo, el de la botica, ha sido un bastión (y un bastón) en ese cruce de caminos tan castizo de Almería, ese que las noches de los fines de semana se transforma en un abrevadero, pero que de día, cuando amanece, recupera su alma de barrio gracias al saber estar de personajes como Manolo Gómez, en ese caserón del siglo XVIII, con escudo de armas en la fachada, en el que ha despachado medicinas y remedios para el alma durante más de 30 años el recién jubilado, donde las nieves del tiempo le han plateado las sienes como en el tango; allí donde el olor a romero se mezcla con el trajín de las vecinas que siempre van a por ‘lo de siempre’; allí donde Manolo ha sido como un notario involuntario del día a día; allí, con la piel tostada, a pesar de lo poco que entra el sol en esa estancia acrisolada de anaqueles y estanterías, ha terminado por aprenderse de memoria el santoral y las dolencias del barrio y hasta los chismes que llegaban envueltos en papel de estraza, allí, donde la antigua travesía del Cid empieza a empinarse como un callejón angosto de Mojácar; allí, Manolo, ha diligenciado las recetas con la parsimonia de los oficios que no tienen prisa; allí, donde tantas pastillas ha contado en la coctelera de cristal, donde tanto ha escuchado a los ancianos quejarse de la humedad del Poniente, a los pescadores pidiendo alcohol para desinfectar un dedo rebanado y a las madres primerizas buscando el ungüento milagroso para el sarpullido del crío. Él asentía, aconsejaba y hasta sabía cuando debía callar.

La farmacia, al fin y al cabo, ha sido para Manolo como un teatro sin telón, con la cercanía del peluquero Serafín con el que desayunaba, y del rumor de bares como Vértice y La Parada, añejos como el ron cubano: ha sido, esa castiza farmacia, como el reloj de péndulo marcando las horas como campanadas de otro siglo, con ese Manolo, de mostrador y bata blanca, enhebrando la vida diaria con su voz amistosa. 

Cuando no había clientes, Manolo se asomaba a veces a la puerta, como un preso a los barrotes, y observaba el trajinar de la calle rotulada con el nombre de un sucesor de César: el vendedor de cubitos aparcando la furgoneta, Miguel el de pollos sudando como un pollo, los clientes de La Bodeguilla sesteando en los veladores, el obispo desayunando un cortado en Carpe Diem, las mujeres bajando de la Catedral con el pelo aún perfumado a agua de azahar, y los chiquillos como mis hijos y los hijos del barrio correteando con la soltura de la inocencia. Apuntaba mentalmente esas escenas, Manolo, con la misma atención con la que medía los gramos de alcanfor, porque intuía que allí, en esos detalles menudos, se esconde la verdad del barrio.

Y así transcurrieron tres décadas, entre el repiqueteo de la campanilla de la entrada y el murmullo de las confidencias, ejerciendo un oficio humilde y, sin querer, coleccionando estampas vivas del alma almeriense. Manolo, el mancebo de farmacia de Maria Rosa, ha sido -a su manera como cantaba Frank Sinatra- un cronista silencioso; un testigo de las cosas pequeñas que, al final, son las que sostienen ese barrio que lleva años debilitándose por tanta gente, tantas familias nuevas, que, quién lo diría, se marchan a otros pastos, haciendo la emigración inversa de la ciudad a la Vega. La Asociación del Casco Histórico y su presidenta Magdalena Cantero, quisieron tener un detalle hace unos días con este mancebo gentil y lo ungieron con un pequeño homenaje y le entregaron un sencillo diploma enfrente de la botica, de su botica, la botica de Manolo.

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