"Me quieren echar de mi piso por el mal olor de mi enfermedad": la denuncia de un joven en Almería
Frente al testimonio del inquilino, el casero alude a su falta de higiene como razón principal de su decisión

Imagen de archivo de una vivienda aleatoria.
Hace dos años Ángel D. S. fue diagnosticado con una enfermedad crónica poco común llamada hidradenitis supurativa aguda. Desde entonces, convive diariamente con dolorosos bultos y heridas abiertas que supuran pus y sangre y que, según él mismo explica, provocan mal olor. Y es, de hecho, este hedor la razón por la que, denuncia Ángel, su casero le ha dado un mes para abandonar el piso, en el que lleva viviendo tres meses con otros tres compañeros.
La convivencia con la enfermedad
"Yo me curo un día sí, un día no, y llevo así dos años. Estoy a la espera de una operación en Granada, para la que ya he acudido al pre-operatorio, pero, mientras tanto, tengo que convivir con esto", lamenta Ángel, quien, asegura, trata de no importunar con los síntomas de su enfermedad: "Yo soy el primero que soy consciente del olor, lo llevo siempre encima. Ayer me quité el vendaje, me duché y a los 30 minutos ya tenía la ropa llena de sangre otra vez", relata.

Foto de archivo de una enfermera poniendo un vendaje.
El propio inquilino reconoce que no es diestro en la limpieza, pero también incide en que hace esfuerzos por no descuidarla: "Cuando me di cuenta de que el olor podría ser un problema, compré desodorantes para la habitación, ambientadores para la casa, uso lejía de limón... Incluso pago a una chica para que limpie por mí", enumera, para después añadir que solo usa las zonas comunes cuando sus compañeros no se encuentran en la casa: "Cuando vuelven, me voy a mi habitación porque no quiero importunar a nadie".
El mal olor asociado con la hidradenitis no procede de la piel en sí, sino de lo que se acumula dentro de las lesiones (pus, bacterias, tejido muerto, sudor y secreciones atrapadas), lo que genera un hedor fuerte y muy característico. Si bien la higiene diaria puede reducir el olor superficial y reducirlo significativamente, si existen abscesos o fístulas bajo la piel, el olor reaparece porque la infección sigue activa en profundidad, como ocurre en una herida que no cicatriza por dentro.
Según la Academia Española de Dermatología y Venereología, la hidradenitis aguda no es una enfermedad contagiosa ni infecciosa. Sin embargo, se asocia, en muchos casos, con un gran estigma social, así como con depresión, ansiedad, disfunción sexual, tendencia al aislamiento y soledad, problemas laborales e incluso a riesgo de suicidio.
Un conflicto abierto
Tras tres meses de convivencia, sus compañeros y su casero le dieron la noticia: tenía un mes para irse. "O se iban tres personas, o me iba yo. Me dijeron que nadie tenía por qué cargar con mi enfermedad", lamenta. Recibió la noticia como un golpe: "Nadie había hablado conmigo antes para intentar solucionar el conflicto. Fueron directamente al casero".
El inquilino asegura que paga "religiosamente" por su habitación en el barrio Altamira de Almería, aunque nunca llegó a firmarse un contrato formal, y lo hace en B. El alquiler es de 235 euros, además de la luz y el agua. Según alude el afectado, se encuentra en paro y no puede permitirse otra vivienda: "El mercado del alquiler está muy complicado actualmente. Yo lo único que pido es que no me echen del piso".

Imagen de archivo de una vivienda aleatoria.
Frente a su versión, se encuentra la del casero, quien niega que Ángel avisase en un primer momento de la enfermedad que padecía y quien está seguro de que el mal olor procede de su falta de higiene, y no de la propia enfermedad en sí: "Es una persona que no se limpia ni se ducha. Entras a la casa y tienes que abrir las ventanas, porque no se aguanta el hedor. Lo echo por su conducta. Se puede ir de vuelta con su familia, que es de Almería", destaca.
Con sus dos versiones enfrentadas sobre la mesa, una que habla de una enfermedad crónica y otra que insiste en un problema de higiene, el caso de Ángel va más allá de una simple disputa de convivencia y plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando una patología visible, molesta y estigmatizada choca con el derecho a una vivienda o con la potestad del casero de decidir sobre sus inquilinos.