La Voz de Almeria

La Foodineta

Cómo nació y sobrevivió el café de Almería que ha dado de desayunar a generaciones enteras del Salmerón

Este 2026 cumple 30 años sirviendo tostadas y café a profesores, familias de alumnos y vecinos del barrio

Antonio Carrique, el dueño del café, junto a sus hijos Álvaro y Marina.

Antonio Carrique, el dueño del café, junto a sus hijos Álvaro y Marina.Elena Ortuño

Elena Ortuño
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Antonio Carrique Heredia contaba tan solo 24 años cuando se puso al frente del Café Stress. Tenía planes de migrar a Mallorca y una larga experiencia -desde los 15- sirviendo cafés y cañas en baretos almerienses, tan emblemáticos como la Galería Adolfo o el Iceberg.

El local, ubicado junto al instituto Nicolás Salmerón y Alonso, llevaba abierto unos meses antes de que recayese en manos del almeriense. Fue un traspaso casi por casualidad cuyo fruto cumple el próximo 1 de julio treinta años de vida.

Orígenes

Sin bello aún en la barba y con la esperanza, como tantos otros almerienses, de aprovechar el auge turístico mallorquín, Antonio pensó en la isla para ganarse el jornal. El hostelero recuerda cómo, poco antes de partir, maleta en mano, una conversación familiar cambió su rumbo profesional. "Mi tío me dijo: 'Este bar se traspasa. Quédatelo y prueba. Si no funciona, te marchas a Mallorca'", parafrasea. Treinta años después, sonríe con incredulidad: "No esperaba que durásemos tanto".

El interior del bar, con Marina tras la barra.

El interior del bar, con Marina tras la barra.Elena Ortuño

Con la banda sonora del griterío del recreo y una gran afluencia desde el principio, el Stress hacía honor a su nombre desde el momento en el que el timbre se derramaba por todo el centro educativo, poniendo fin a la primera hornada de clases. "Desde el momento que una cara conocida cruza el umbral nosotros ya sabemos lo que va a querer. Si no fuera así, no daríamos a basto. Tenemos muchos clientes y aquí somos los que somos", reconoce Antonio. De esta forma, el almeriense admite que, aunque ya tenía ese nombre cuando llegó, encaja perfectamente con la intensidad diaria del café.

Un bar todoterreno

Repartidos entre las diez mesas del local, cada mañana se sientan docentes, madres que encuentran su momento de respiro tras dejar a sus hijos en el Salmerón y vecinos del barrio a los que Antonio ha visto envejecer, cambiar de rutina y, en muchos casos, crecer varios palmos hasta hacerse adultos. "Hay profesores que se cambian de instituto y aun así siguen viniendo de vez en cuando a tomarse algo por aquí", confirma orgulloso.

Durante muchos años, la cafetería funcionó prácticamente durante todo el día. Desayunos, cañas, meriendas, tapas y copas; ese era el orden que seguían en el local desde que asomaba hasta que se ponía el sol -de 7.00 a 00.30 horas-. Era como un establecimiento todoterreno. Hoy, no obstante, las cosas siguen un curso diferente.

La fachada de la cafetería Stress, con las mesas colocadas en la terraza.

La fachada de la cafetería Stress, con las mesas colocadas en la terraza.Elena Ortuño

La pandemia marcó un antes y un después en el modelo de negocio. Decidieron reducir horarios y centrarse únicamente en los desayunos, la joya de la corona del Stress. "Yo he llegado a hacer jornadas de 16 y 17 horas, pero llega un momento en el que el cuerpo ya no aguanta", admite, resignado.

Resiliencia de veterano

En una ciudad donde los bares duran a veces menos que una legislatura municipal y las modas hosteleras cambian con la velocidad absurda de una historia de Instagram, Café Stress sigue ahí, aferrado a la esquina y a su liturgia cotidiana como esos viejos marineros que conocen demasiado bien las tormentas como para temerlas. 

Ha sobrevivido a crisis económicas, pandemias, cambios de horarios, nuevas cafeterías de diseño y generaciones enteras que han aprendido a desayunar con prisas. Lo ha hecho sin espuma con dibujitos en el café ni estrategias de marketing: únicamente con memoria, constancia y una clientela que regresa cada mañana con la puntualidad de un reloj suizo. 

Profesores, vecinos y habituales que llevan media vida ocupando la misma mesa y pidiendo casi sin hablar, porque en los bares de verdad (los que resisten) las palabras sobran cuando todos saben ya quién eres. Como resume Antonio, con la sencillez de quien lleva tres décadas viendo pasar la vida tras una barra, "la clientela de por la mañana sigue siendo la misma de siempre: son como familia".

Preguntado por su futuro y aunque sus hijos han echado una mano detrás de la barra, Antonio no da por hecho que alguno recoja el testigo. Después de tres décadas madrugando cuando media ciudad aún duerme, prefiere pensar en el presente: seguir unos años más, aunque con un ritmo más amable. "Yo creo que todavía aguantaré un poquito más", sonríe con honestidad.

tracking