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Cómo nació y sobrevivió el bar de Almería donde los clientes traían sus propias sillas de la playa

Con 44 años de tradición a sus espaldas, La Herradura ha sido testigo de los grandes cambios de la capital almeriense

Mari junto a su marido, dueños de La Herradura.

Mari junto a su marido, dueños de La Herradura.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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Entre el bullicio de la ciudad y el recuerdo de los caminos de tierra que antecedieron a la Rambla Amatisteros, se encuentra La Herradura, un bar que abrió sus puertas el 10 de junio de 1981 y que, desde entonces, ha sido refugio de generaciones, testigo de historias cotidianas y extraordinarias, y custodio de una herradura que llegó desde Alemania. Fue en tierras germanas donde el fundador, padre de la actual propietaria, trabajó 18 años antes de regresar a sus raíces.

Esa herradura, colgada desde el primer día sobre un armario, no es solo un objeto; es símbolo y amuleto. “Dicen que trae suerte, y la verdad es que nos ha ido muy bien”, cuenta Mari Martín Jiménez, hija de los fundadores, quien, con el paso de los años, heredó los fogones. La pieza, grande y pesada, colgada durante 44 años en los muros del local, recuerda a un caballo percherón y parece resumir en sí misma la osadía de un hombre que levantó un bar desde la nada.

La herradura alemana de un caballo percherón, colgada en la pared del restaurante.

La herradura alemana de un caballo percherón, colgada en la pared del restaurante.Elena Ortuño

Origen del histórico local

Los inicios no fueron fáciles. Mari recuerda cómo sus padres, jóvenes de 30 años, tuvieron que aprender sobre la marcha, apoyándose en vecinos y amistades que les enseñaron los secretos de la hostelería. “Mi madre ya tenía experiencia, pero mi padre empezó de cero. Un valiente”, añade con orgullo. 

Entre los platos que marcaron la identidad de la casa, las manitas de cerdo y las patatas bravas se hicieron imprescindibles desde el primer día. Hoy, las gachas estilo nijareño completan una carta que combina tradición y novedades, pero siempre con las recetas de toda la vida.

El bar de la Herradura no solo llena estómagos, también actúa de hogar. Durante décadas, clientes de toda la vida han llegado como novios, regresado como matrimonios y vuelto años después con sus hijos. Tres generaciones han trabajado bajo el mismo techo: los padres de Mari; su marido y ella; y sus dos hijos. Lo afirma con una mezcla de orgullo y cariño que solo da la constancia de tantos años.

Antes de que la rambla se constituyese tal y como la conocemos, frente al bar solo había tierra. Mari recuerda las primeras terrazas, con unas cuantas mesas, que se llenaban a diario. Con un poco de nostalgia, rememora que la gente, que venía de la playa, traía sus propias sillas y mesas para ser atendidos. “No dábamos a basto”, confiesa entre risas. Ese espíritu de cercanía y servicio ha sido siempre un sello de la casa.

Un bar con solera

Solo con las historias que se han vivido en La Herradura daría para escribir un libro de memorias familiares. Mari cuenta cómo, con solo diecisiete años, tuvo que cuidar a su hermano recién nacido mientras su madre trabajaba, convirtiéndose en su segunda madre. “Me pusieron hasta la cunita en mi habitación, porque la hostelería nunca descansa”.

Entrada lateral de La Herradura.

Entrada lateral de La Herradura.Elena Ortuño

Y así, la vida y el bar se entrelazaban: los veranos ayudando a preparar platos, las recetas transmitidas de generación en generación y la cocina diaria que Mari dirige hoy junto a su marido han convertido aquella intersección de la Rambla Amatisteros con la calle Plus Ultra en un ejemplo de resiliencia culinaria. “Es todo casero, desde el alioli y el tomate frito que le ponemos a las bravas hasta la carne con tomate y los caracoles. Nada llega del supermercado”, asegura la cocinera.

Cada detalle es artesanal, una norma que Mari se ha asegurado de que se cumpla en su cocina: “Enseñé a mi marido a hacer las manitas de cerdo y ahora las hace mejor que yo. Lo he nombrado el encargado oficial del plato”, ríe con una pizca de orgullo reflejado en la mirada.

Convivencia entre el ayer y el ahora

En su interior, los sabores de Níjar conviven con la modernidad de la capital: andrajos, trigo, gorullos, patatichuelas, tapas tradicionales y nuevas creaciones. Como su carta, la clientela también refleja la historia de la ciudad: vecinos, turistas, familias enteras y alguna cara conocida que dejó su recuerdo, aunque Mari confiesa que no siempre recuerda nombres. Lo importante, dice, es la conexión con la gente y la fidelidad que ha acompañado al bar desde su apertura.

"Paca la Piraña, Edu García y RVFV son algunos de los clientes famosos que han pasado por La Herradura"Mari, cocinera y dueña de La Herradura

Hoy, el bar de la Herradura sigue siendo un refugio de historias y sabores. Platos de siempre, tapas sin suplemento, la gacha que enamora y un menú que conjuga la tradición con la novedad, todo mientras las tres generaciones de la familia Martín mantienen vivo el espíritu del lugar. Y mientras tanto, la herradura sigue colgada, imperturbable, testigo del paso del tiempo y símbolo de una suerte que se labra con trabajo, constancia y muchos recuerdos acumulados.

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