Cómo nació y sobrevivió la cafetería de Almería donde los churros funcionaban con fichas de casino
Aunque todo el mundo cree que la Cafetería Roypa lleva en activo desde 1983, sus orígenes se remontan a los años 70

Julio Martín junto a su esposa Rosa García y el equipo de trabajadores de la Cafetería Roypa.
En plena Nueva Andalucía, haciendo esquina entre la Avenida Padre Méndez con la calle Santiago, una fachada acristalada y un letrero inscrito en el propio escaparate saludan a todos los transeúntes desde hace más de cuatro décadas. Hogar de los amantes de los buenos churros, meca de las comidas de cuchara de 'toda la vida' y origen de anécdotas que conforman la historia del barrio, la Cafetería Roypa rezuma historias de vida por cada metro de su amplio local.
A ojos del mundo, lleva desde 1983 calentando los estómagos de un barrio que en aquellos años aún era joven, trabajador y en pleno crecimiento. Y, sin embargo, pocos saben que sus raíces se remontan a una época anterior si cabe. En 1976 nacía la conocida cafetería en su emplazamiento originario: el número 17 de la calle Juan Lirola: "Allí fue donde empezó todo", señala Julio Martín, actual propietario de la mítica cafetería.
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El Roypa y el Roypa II
Hubo en los 70 un primer negocio en aquella calle Juan Lirola, que pronto se traspasaría a manos de los padres de Julio: Dolores Albacete y Francisco Martín, quienes asumieron el relevo y le dieron continuidad en una Almería que crecía a golpe de barrio nuevo y vida cotidiana, y en el que aún había quien sorprendía con pedidos tan extravagantes como café acompañado de mojama: "Era un pedido incomprensible para nosotros, que mirábamos con la boca abierta al mismo hombre todas las mañanas mojando su atún en la taza de café", rememora el dueño con cierta sorna.

La Cafetería Roypa un día de semana.
Con el tiempo, y viendo que la clientela respondía, la familia decidió dar un paso más y abrir un segundo local en la ubicación actual, que se inauguró, como señalan todos sus servilleteros en la actualidad, en 1983, bajo el nombre de Roypa II.
Sin pretensiones de sustituir al primero, aquel nuevo establecimiento nació para acompañar al original, aunque acabaría convirtiéndose, con los años y el cierre del local primigenio, en el Roypa que hoy muchos consideran el auténtico, el de siempre. "Cuando se jubilaron mis padres en el 2000, este local en el que estamos ahora pasó a ser el Roypa, y así es como lo conoce todo el mundo", confirma Martín.
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Cuando era una heladería
Pronto se convirtió en punto de encuentro vecinal: familias trabajadoras, maestros, profesores... todos elegían el Roypa no solo por sus servicios, sino por la escasez de cafeterías y heladerías, que señalaban al por entonces pequeño local como una alternativa perfecta para tomarse la copa de vainilla tras el tradicional paseo de las tardes. Y es que hubo una época en la que el Roypa no olía a aceite caliente ni a madrugada, sino a tarde lenta y cucharilla.
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Era un bar de helados, de conversaciones sin prisa y de meriendas dignas de la realeza: copas de leche merengada, pijamas, Melba, Alcalde, nata montada coronándolo todo y niños con la nariz pegada al cristal y la boca salivando. Los churros llegarían después, cuando la ciudad cambió de ritmo y el Roypa supo leerlo.
En 1997, los Martín ampliaron el negocio, comprando el local colindante. "Fue nuestra etapa de mayor prosperidad económica, fueron años muy muy buenos", recuerda Julio con un brillo especial en la mirada.
Y llegaron los churros
En los 90, el traslado de la Feria de Almería a la Avenida del Mediterráneo marcó un hito no solo para la ciudad, sino también para la cafetería, que ganó en aquel entonces su seña de identidad: "Cuando las fiestas se vinieron aquí, fue un boom. Empezamos a hacer churros y se convirtieron en nuestra marca de venta".

Churros de la Cafetería Roypa, acompañados de café.
Cuando llegó el momento de enfrentarse a los churros, el Roypa no improvisó: contrató a una mujer que había cerrado su propia churrería y a la que pagaban con fichas por docena, como si el bar se hubiera convertido en un pequeño casino de aceite y harina: "A quien encargaba unos churros, se le daba una ficha, que luego se entregaba a la churrera. Al final del día se contaban las fichas y de ahí salía su salario".
A partir de aquella experiencia, la familia se empeñó en hacer churros de verdad, en estudiar cada textura, cada temperatura, cada harina, y en aprender la fórmula perfecta que convertiría un simple dulce en un emblema de la casa. Así, lo que empezó como un experimento temporal se transformó en obsesión, hasta que, finalmente, se hicieron con una máquina propia.
Hoy, tantos años después, el calor de los churros y de su equipo humano continúan siendo el pilar de su éxito. Pese a golpes tan duros como el incendio de su cocina en 2018, mantienen intacta una resiliencia que sigue guiando cada paso de su camino.