Lo que la salida de Iglesias esconde y lo que pretende

Esperpento obsceno de Ciudadanos, PSOE y PP en Murcia, delirio mesiánico de Ayuso en Madrid, regreso desde el cielo a la barricada de Iglesias. El estruendo permanente en que desde hace años lleva instalada la política española ha traspasado en las dos últimas semanas la línea roja que separa la irresponsabilidad del delirio.


El último capítulo (por ahora) de este libro escrito con caligrafía atropellada lo ha protagonizado el líder de Podemos. Abandonar la vicepresidencia del Gobierno para encabezar la candidatura de su partido a la Asamblea de Madrid es un gesto lleno de contenido al que hay que acercarse desde el texto (la decisión), el pretexto (los motivos que la provocan) y el contexto (lo que busca alcanzar o lo que intenta evitar).


La decisión de descender de los cielos del poder a las barricadas de Vallecas (allí está la sede de la Asamblea madrileña) es un gesto que intenta romper la imagen de un político obsesionado por llegar al poder y mantenerse en él. Con su decisión Iglesias emprende el camino del adiós a la primera línea de la política, en la mejor de las circunstancias y, en la peor, a la política de forma definitiva. 



Si los estudios demoscópicos se equivocan (cosa nada extraña en un país en el que la mayoría de las encuestas refleja más el interés de quien las paga que acercarse a la realidad) y Ayuso no mantiene el Gobierno, Iglesias solo podría aspirar a la vicepresidencia segunda en el Gobierno de Madrid. Ocupada la presidencia por Gabilondo, la vicepresidencia sería para los errejonistas (Más Madrid triplicó en votos a Podemos hace dos años), quedando el candidato de Unidas Podemos relegado a la tercera posición en el organigrama del Gobierno autonómico, una posición desairada para quien se ha sentado a la izquierda del presidente del gobierno de la nación en La Moncloa. 


Claro que si las encuestan aciertan y Ayuso se convierte, como canta el chotis, en la emperatriz de Lavapiés, que es a lo que aspira esta Agustina de Aragón experta en dinamitar cualquier acuerdo con el Gobierno y el resto de las comunidades autónomas, aunque sean de su propio partido, y parapetada en la defensa de los bocadillos de calamares como principal munición electoral, si los pronósticos se cumplen, digo, y la izquierda vuelve a quedarse en la oposición, Iglesias habrá concluido en la Puerta del Sol, sede de la Comunidad, el viaje equinoccial que comenzó un 15 M en ese mismo lugar.



Nadie hay más consciente de esta realidad que Iglesias. ¿Por qué la asume con los riesgos que conlleva? La respuesta habría que encontrarla en los sentimientos paternalistas y patrimonialistas que mantiene Iglesias con Podemos. Igual que un padre está dispuesto al máximo sacrificio para que un hijo no perezca, Iglesias sabe que, si él no se pone en medio de la trayectoria de la bala electoral del 4 de mayo, su partido, su obra política, su creación más querida, podría ser alcanzada de forma irremediable por la metralla destructiva.


Para estar presente en los escaños de la comunidad de Madrid es imprescindible alcanzar el cinco por ciento de los votos. En las últimas autonómicas UP solo superó en unas décimas esa frontera. Dos años más tarde la situación ha empeorado. UP no es una marca en ascenso, la candidata está esperando una sentencia judicial que la puede inhabilitar, lo que abriría un proceso de destrozo imparable en unas primarias en medio de la campaña real. Demasiada metralla para que UP pudiera salir de ese endiablado laberinto con vida.


Podemos nació en Madrid y, si Iglesias no lo remedia el 4 de mayo, también podría ser su tumba. Después de los fracasos de Galicia, Euskadi, Castilla La Mancha o Andalucía, un nuevo fracaso en Madrid sería irremediablemente devastador. Iglesias no puede permitirlo, por eso se ha puesto en medio de la trayectoria de la bala del 5 por ciento. Sabe que su decisión puede causarle la muerte política, pero, con ella, salva al partido que él construyó, como un dios laico, a su imagen y semejanza, expulsando del paraíso a quienes discrepaban de su evangelio estratégico. 


Iglesias asume el riesgo de inmolarse para salvar su obra sin caer en la cuenta de que ha sido la falta de autocrítica y la reflexión sobre las opiniones cercanas lo que le ha acercado al precipicio. Tan entusiasta de las series, olvidó que la verdad no está en Neflix, sino en los libros, y, en uno de Zorrilla, puede leerse que “a mí quien me critica no me aflige; a mí me hace un favor quien me corrige”. Cuanto bien le hubiera hecho haberlo leído. 


Hasta ahora hemos recorrido los riesgos que el líder de Podemos asume con su decisión, pero el reverso de esas moneda de peligros también existe. Como en cualquier órdago Iglesias ha jugado al todo o nada. Si pierde se irá lleno de melancolía, pero si gana la partida o, lo que es lo mismo, si Ayuso no es presidenta porque su decisión haya movilizado al votante más radical de izquierdas impidiendo así el triunfo de la derecha y la extrema derecha, Iglesias podría revestirse del pontifical de salvador, el hombre que se jugó su vida política para frenar el fascismo (en expresión de Iglesias) y el revolucionario que apuntaló la pancarta del “No pasarán”, acallando así la voz de Rocío Monasterio, la Celia Gámez del neofranquismo de Vox, cantando el “Ya hemos pasao”. Iglesias pasaría a la historia efímera de la política de esos días como el héroe del 4 de mayo.


Madrid, esa ciudad de embustes y escalera como la describió Miguel Naveros, es, desde hace años, un tren conducido por radicales políticos y mediáticos rebosantes de furia y odio y tan llenos de ideología como vacíos de ideas.


Y así no se construye un país: solo se destruye.       


 

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