La Voz de Almeria

Opinión

Unas gildas se han escapado por Almería

Un nuevo entremés amenaza al shérigan almeriense y hace furor en botillerías y mercados con su aceituna brillante, su anchoa doblada y su guindilla para valientes

Barra del Dry Martina en Almería con sus gildas en la barra.

Barra del Dry Martina en Almería con sus gildas en la barra.

Manuel León
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Nos acordaremos de esta Semana Santa por los regresos: el regreso de los jomeinis, el regreso del hombre a la luna, el regreso del sueño de Primera, el regreso de las procesiones al nuevo Paseo, el regreso paulatino del bullicio en la circunvalación de Mercado. Nada más almeriense que echarse a la calle estos días, en cuanto asoma el aroma denso a incienso y cera, haciendo un tándem perfecto la liturgia del cirial y la de la barra.

Lo que no ha regresado, sino que ha irrumpido con brío como Arribas en campo ajeno, ha sido la Gilda, precisamente en ese nuevo escenario de tascas y botillerías en lo que se ha convertido la calle que rodea la Plaza, antiguamente animada por carbonerías, afiladores, alpargateros y mercachifles; allí, justo donde antes estaba Fermín el reparador de electrodomésticos, ha arribado Dry Martina, una vermutería de nuevo cuño que hace furor entre los alternadores almerienses con sus donostiarras gildas, cuyo mote han extendido a todo aquello que lleve un pincho encima. La gilda aparece ya como el nuevo demiurgo almeriense que gobierna el terraceo del centro ahora que hemos ganado horas de luz y hemos perdido borrascas maliciosas; es como si la gilda fuera el nuevo shérigan almeriense, la nueva tendencia vip de la ciudad de la Alcazaba. No eres nadie si en las últimas semanas no te has manchado el pantalón con la gota de aceite de una gilda, heredera del nombre de aquella película maldita.

Las gildas del Dry Martina tienen algo de personaje secundario: allí están, alineadas en el mostrador como si fueran soldados diminutos, con su aceituna verde brillante, su anchoa doblada y esa guindilla que promete un pequeño incendio educado. Pedir una gilda en el Dry Martina -al lado está a punto de abrir La Higuera, un restaurante de postín donde había antes un herbolario, donde medra un árbol centenario y donde quizá medren también las gildas- no requiere demasiada ceremonia. No hace falta levantar mucho la voz para que te oiga Alex o David, basta con un gesto de barbilla señalando a la barra; la gilda es en el fondo un equilibro de carácter: la aceituna pone la calma; la anchoa trae el mar; la guindilla nos recuerda que la vida necesita un poco de valentía; la gilda del Dry Martina tiene más rotación que las conversaciones; y es protagonista de ese pequeño momento teatral: cuando el palillo se levanta del plato y la gilda se balancea un segundo en el aire como si dudara de su destino y desaparece: tres mordiscos, quizá cuatro, si uno decide alargar la historia. Hay tapas en Almería que quieren impresionar, la gilda, en cambio, quiere acompañar. Y mientras otros sitios en Almería inventan tapas con nombre de astronauta, la gilda entiende que el protagonista es el rato. Y Almería es, más que nunca en primavera y en esta Semana de nardos y caracolas, tierra de tiempos compartidos.

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