El nuevo furor que se ha desatado en los pueblos de Almería
Algunos desde hace décadas han encontrado una mina de oro con sus representaciones históricas como el mejor reclamo para seducir a viajeros; otros quieren entrar en esta nueva tendencia al alza que se nutre de emociones

Fiestas de Moros y Cristianos de Mojácar.
Contaban, de forma malévola, que había quien se reía del padre Tapia; que había quien se guaseaba de aquel clérigo cuando entraba arrastrando la sotana en los archivos de la provincia. Se sentaba el investigador en una silla incómoda para su cuerpo, con horas por delante y un bocadillo en el escritorio, y se dejaba las pestañas buscando datos de la reconquista de Almería o los nombres de los primeros repobladores que aparecían en los libros de apeo y repartimiento; y los anotaba con paciencia mineral y letra menuda en fichas que después le servían como andamio para construir el cañamazo de sus valiosos libros de historia; a Miguel Flores González-Grano de Oro, un elegante historiador de Cuevas del Almanzora y de Almería, le dieron matarile en la Venta de la Viuda de Sorbas unos milicianos que lo acusaron de ser un señorito que no trabajaba, que solo de dedicaba a leer libros antiguos sin ningún provecho.
Ahora sí, por supuesto -con permiso de Valeriano o de Quirosa y de tantos otros cronistas de arcanos- el estudio de la historia está bien visto; pero no siempre fue así: hubo un tiempo en esta provincia que eran gente -esos juglares del pasado- a los que se les relacionaba con la melancolía, con la aflicción, con lo antiguo, con lo estéril que no servía para nada. Se contaba con alegría el presente y el porvenir, pero se trataba con desdén lo ya ocurrido, sobre todo en pueblos o ciudades pequeñas. Había una historia oficial y gloriosa para toda la Península y poco más. Excepto algunos exóticos estudiosos como el propio Tapia o Santisteban o Castañeda, a los que con los años se les ha criticado por no ser rigurosos, sin tener en cuenta el camino que abrieron para los que han venidos después.
Viene a cuento esto por el furor desenfrenado que se ha desatado en la provincia en los últimos años - ¿no lo creen ustedes? - por la recuperación de la historia local y por las recreaciones históricas como reclamo turístico. No hay casi ni un solo pueblo en Almería -desde Almócita hasta Chirivel, desde Berja hasta Fondón- que no tenga ya su propio escenario para teatralizar su hito más legendario. Es la defensa de los pueblos pequeños de interior que no tienen playa para atraer visitas; pero también los del litoral se valen de las leyendas teatralizadas para seducir a forasteros y dinamizar la hostelería local
Ejemplos hay por docenas: unos con más tradición y otros de nuevo florecimiento: la recreación de los reyes católicos en Fiñana; la rebelión del caudillo Joraique en Tahal; la Rebelión de la Alpujarras en Padules; la Batalla de Berja; la recreación de la inauguración de la Iglesia de Vélez Rubio; las jornadas de oficios tradicionales de Terque; la recreación de la cultura argárica en Antas; las fiestas de Moros y Cristianos en Mójacar, Vera, Carboneras o Bédar; el auto de los Reyes Magos de Los Gallardos; los Juegos de Abén Humeya que se hacían en Purchena; la representación de Canteros y Caciques en Macael; las recreaciones de la historia minera en Lucainena y algunas más que no recuerdo ahora. El valor turístico de estas representaciones radica en su capacidad de ofrecer experiencias activas frente a las tradicionales visitas pasivas a museos o monumentos. Participar en una recreación histórica, ya sea como espectador o actor ocasional, permite al público comprender de manera tangible cómo eran las costumbres, vestimentas, oficios y rituales de épocas pasadas.
Las recreaciones históricas refuerzan la identidad local y el sentido de pertenencia de las comunidades. Su creciente popularidad evidencia un cambio en las expectativas de los viajeros: buscan experiencias interactivas y memorables que conecten el pasado con el presente. Porque el turista, el viajero, el visitante, ya no es el de los años 60 tirado en una playa de Mojácar o de Aguadulce; el turista del XXI que viene a Almería hay que ganárselo no llevándolo solo a ver las piedras de La Alcazaba o del Castillo velezano; al forastero que nos elige hay que emocionarlo con textos de historia, contada y cantada por gente de carne y hueso disfrazada de época, esa época de la que conseguimos empezar a saber a través de aquel abate abulense del que algunos de la curia tanto se mofaban.