La Voz de Almeria

Opinión

¡Qué tiene que pasar más!

En 1985 un autorizador vio bien que hubiera casas junto a un cauce dormido; en 1989, 2012 y 2019 rugió la marabunta

Croquis del proyecto constructivo de laminación del río Antas, del Ministerio para la Transición Ecológica.

Croquis del proyecto constructivo de laminación del río Antas, del Ministerio para la Transición Ecológica.

Manuel León
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4.700 habitantes de la orilla de Vera viven desde hace más de 40 otoños amarillos como quien vive junto a un monstruo dormido que no sabe cuando va a despertar. A alguien -o a algunos- se les ocurrió que construir casas adosadas a la desembocadura de un río era posible: “Nunca pasa nada, y si pasa, se le saluda”, debieron de pensar los autorizadores de los residenciales de Pueblo Laguna y Las Buganvillas. Pero sí pasó; y sigue pasando: al menos tres riadas desmesuradas en 1989, 2012 y 2019, y otras tantas de menos magnitud, pero también dejando tras de sí pérdidas y daños materiales de mucha cuantía. La de 2012 fue la más atroz, llevándose por delante cuatro vidas humanas, con luto y visita real incluida, como mandan los cánones.

En esa tierra macondiana de barro y cañabrava, de espacio porfiado al río para construir residenciales -sin tener en cuenta la desigual batalla- es llegar septiembre y octubre, es ver una nube negra y empezar a pensar en el malvado río Antas. Pero no aprendemos. Para la historia de la comarca quedaron imágenes de calles anegadas, de gente en las azoteas, de coches navegando por el agua como carabelas de Colón, de truenos, rayos y centellas, de cortes de luz y teléfono, solo cañas y barro, como en el relato de Blasco Ibáñez y el recuerdo de un santo llamado San Wenceslao, que de santo tiene poco en ese Levante almeriense.

El Antas es un río traicionero que, desde los altos de Lubrín, en una singladura de 40 kilómetros, recoge agua de ramblas generosas como la del Cajete o la Salaosa hasta darse de bruces con el mar junto a Puerto Rey, arrastrando, cuando sale por sus fueros, todo lo que hay en su rumbo. A pesar de tantas riadas e inundaciones mortales, repetitivas hasta la saciedad, nada determinante se ha hecho por parte de las administraciones desde entonces. La historia es la siguiente: a principios de los 80 se empiezan a edificar los primeros chalets junto a las pioneras urbanizaciones de Puerto Rey y Maricielo. El primer susto de verdad llegó en 1989 con muchas familias viendo cómo se malograban sus viviendas que eran los ahorros de su vida, con evacuaciones de urgencia y la llegada del ministro Corcuera o Barrionuevo -ya no lo recuerdo- volando en helicóptero para ver los efectos de la tragedia. Después fueron varias veces más, la más trágica la de 2012 y la última la de 2019 que destruyó varios edificios y restaurantes. Todas entre septiembre y octubre, todas perpetradas por el mismo río. Hace casi ¡un cuarto de siglo!, en 2001, el Gobierno incluyó como obra de Interés general, dentro del Plan Hidrológico Nacional, la ‘Laminación de avenidas y regulación del río Antas”. 

Pero, en veinte años, hasta 2021, no se volvió a menear un papel. Fue cuando el Ministerio del ramo licitó la redacción del proyecto y la adjudicó un año después a Everis Ingeniería por 247.190 euros. El proyecto está finiquitado desde hace tres años, pero aún no se ha movido ni una piedra (muro de protección desde Aljáriz de 290 metros, prolongación del canal de La Jara, protección del yacimiento arqueológico del Algarrobo etc.). El proyecto está desde este verano en información pública y está pendiente también de la autorización ambiental para que la obra sea adjudicada por valor de 6,7 millones de euros 24 años después. Mientras tanto, el río sigue ahí, silente, esperando la tormenta para rugir de nuevo.

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