La Voz de Almeria

Opinión

Hay una 'ciudad' en Almería en donde nadie quiere entrar

El Acebuche, con más de 1.000 habitantes donde Cristo perdió el sombrero, se reivindica después de soplar las velas de 40 años de historias de presos, de motines a punta de faca y también de esperanzas

Internas elaborando platos en la cocina del Centro Penitenciario de El Acebuche.

Internas elaborando platos en la cocina del Centro Penitenciario de El Acebuche.

Manuel León
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Fue hace ahora 40 años -aún se paraba en la Venta del Compadre porque no había ni un kilómetro de autovía en Almería- cuando de madrugada tocaron a zafarrancho en la Carretera de Níjar. El flamante Acebuche, en las Cuevas de los Ubeda, aguardaba a 327 presidiarios (30 mujeres y 297 hombres). Se llamó Operación Silencio, con un gran despliegue policial, con helicóptero incluido, bajo la dirección del jefe de la prisión Juan Manuel Ruiz, y en cinco horas el traslado de cárcel quedó finiquitado. Dejaron así de estar hacinados los internos en la vieja Prisión Provincial para pasar a disponer de una celda de siete metros, más grande que la de una monja de clausura, con retrete y lavabo incluido, campo de fútbol, biblioteca, talleres y un saloncito para verse con familiares y abogados. Un lujo, vamos. La construcción del recinto se demoró tres años y la inversión fue de 2.500 pesetas. Fueron los inicios, que como casi todos los inicios suelen ser idealizados. Después llegaron los problemas, como en todas las prisiones almerienses anteriores: hacinamiento, agresiones a los funcionarios, falta de seguridad, etcétera; y los primeros presos etarras de alta peligrosidad que llegaron en 1987: Jesús María Zabarte y Bilbao Insunza; y un motín de diez reclusos de extremo salvajismo que retuvieron a once funcionarios durante 14 horas tras una fuga fallida.

La historia de Almería está trufada de penales que con el tiempo se convirtieron en estercoleros y se transformaron en una asignatura pendiente de Garci para la ciudad; la prisión decimonónica de la calle Real de la Cárcel -luego Bodega el Patio- con letrinas insalubres y patios por donde se escapaban los condenados siempre que les daba la gana a beber vino barato y volver de nuevo a la litera. Allí penó el Sacamantecas de Gádor, el Leona, entre tantos otros; después la cárcel de Gachas Colorás y el Ingenio durante la Guerra, poco aptas para esas funciones y de ingratos recuerdos para tantos almerienses represaliados; hasta que se inauguró en 1945 la de la Carretera de Níjar, enfrente del Seminario, donde hoy está la sede de la Policía Local; y después El Acebuche, que sopla ahora 40 velas y cuyos 41 empleados pioneros recibieron ayer un merecido homenaje. Al fin y al cabo, El Acebuche es como un barrio más de Almería, con más de un millar de habitantes, entre galeotes y carceleros, donde el sol cae a plomo sobre los tejados color arcilla; donde todo se compra a lo grande mediante concurso, como los ajos cebollas y patatas que hasta hace unos años llegaban del pueblo valenciano de Silla y toda la harina para la repostería que llega desde los trigales candeales de Sevilla. Todo se licita en esa pequeña ciudad de Jericó, con torres de control, como en Brubaker, en vez de trompetas.

Ha tenido valía Miguel Angel de la Cruz, su director durante 17 años -y ahora Nahum Álvarez, como antes Juan José Giménez y Clotilde Berzosa- al poder embridar día a día todo ese caudal de potencial conflictividad con unos recursos muy limitados a veces, sin personal suficiente, con presencia de droga, con una población reclusa de casi mil almas, que no para de crecer, más de cien en dos años, en casi 500 celdas, es verdad que por debajo de la cifra histórica de 1.300 reclusos de hace unas décadas; con un incremento de agresiones de casi el 40% en los últimos dos años, la última hace unos días a un funcionario que recibió varios puñetazos de un interno. Todo apunta a que una cárcel modélica cuando se inauguró, de las más seguras del país, se ha vuelto obsoleta, a pesar de las obras de mejora que se han ido acometiendo en los últimos años. Quizá haya que redoblar esfuerzos en prevención, en programas de reinserción, en los módulos de respeto, en el Centro de Inserción Social; y en que esos cientos de libritos que donó dadivosamente Juan José Ceba a la biblioteca de esa Alcatraz almeriense empiecen a hacer efecto tras la digestión. Al fin y al cabo, una cárcel es -debería ser- como ir de nuevo a la escuela para aprender lo que no ha quedado claro.

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