Marina, la Teresa de Calcuta almeriense con 91 años que rescató de la droga a centenares de vidas
Carta del director

Marina, la Teresa de Calcuta almeriense con 91 años que rescató de la droga a centenares de vidas
Cuando aquel mediodía de agosto La Chunga recorrió en medio de un calor que abrasaba los cuatro kilómetros que separaban Los Almendros de la Avenida de Madrid, Marina nunca pudo pensar que aquella visita inesperada le iba a marcar la vida. Antonio, el marido de aquella gitana del extrarradio, acababa de ser operado y los cuidados de la convalecencia habían cortado los ingresos por la venta en mercadillos de cestas de esparto con el que se mantenía el matrimonio y los seis churumbeles con que ya contaba la familia. “Por Dios Marina, préstame seis mil pesetas que mi Antonio no puede trabajar y las necesito para comprar tabaco y revenderlo en la feria”.
Marina no lo dudó. No tenía el dinero, pero daba igual. Mientras La Chunga recorría el camino de vuelta llamó a su amigo el sacerdote Carlos Fernandez Revuelta. Carlos- le dijo- búscate seis mil pesetas.
Al día siguiente, La Chunga ya tenía el dinero en su bolsillo.
Lo chungo vino después. Fue de mañana y cuando la algarabía ruidosa de la feria ya había sido sustituida por el silencio de la nostalgia por el que los almerienses transitan los últimos días de agosto, una vecina que sabía de su amistad le informó de que La Chunga había ingresado en El Acebuche. La mentira de la reventa de tabaco entre las casetas de feria había acabado en la verdad de una compraventa de droga.
Marina se estremeció. Llamó a uno de los capellanes de la cárcel y le dijo que quería ir a visitar a su amiga. Aquel sábado Marina se encontró con La Chunga en uno de los pasillos del centro. Sin escuchar el sonido de una sola palabra, La Chunga se abalanzó sobre ella y la abrazó con la misma intensidad con que un náufrago se agarra a su última tabla de salvación. Aquel abrazo le rompió el corazón para siempre y sin remedio.
Desde aquel sábado Marina fue una semana tras otra a llevarle a La Chunga el recuerdo de su marido y de sus hijos. Y en el trayecto semanal entre la Avenida de Madrid y El Acebuche, el coche de los hermanos asuncionistas del Puche que la llevaban siempre fue cargado de besos perdidos en la distancia.
- Este beso es del Antoñito, y este otro del más pequeño-, le decía regalándole la felicidad efímera del consuelo
Aquella niña que había nacido un 14 de septiembre de 1935 en el numero 116 de la calle Real de Serón y que había escuchado a su padre decir a sus hermanos mayores que Jesucristo había venido a este mundo a servir a los demás mientras ayudaba en la tienda de ultramarinos, nunca pudo pensar en aquella infancia feliz de jazmines y azoteas que la cárcel iba a acabar siendo su segunda casa.
Durante veinte años Marina visitó varios días cada semana a los presos sin más equipaje protector que el consuelo del abrazo y el río inagotable de la escucha. En sus visitas atendió con infinita paciencia los desahogos emocionales de violadores, asesinos y ladrones. A ninguno preguntó en aquellos vis a vis de confesionario enclaustrado en una pequeña habitación de paredes impenetrables los motivos que le habían llevado hasta allí. Ella no iba a pedir cuentas. Su vocación era la compasión con el que sufre, aunque quien ahora arrastraba la desolación del sufrimiento antes lo pudiera haber provocado sin piedad. Marina no juzgaba, reconfortaba.
Una de aquellas mañanas se acercó hasta la enfermería. Aquel día fue la primera vez que se encontró de frente con el espanto. Un chico de apenas veinte años yacía en la cama con el torso desnudo. Lo miró desde la calidez que propicia la cercanía y observó con escalofrío cómo la parte izquierda del torso y el hombro estaban salpicados por heridas purulentas que se asemejaban a los cráteres de un volcán en erupción. El SIDA estaba acabando con una vida por la que el caballo desbocado de la heroína había galopado durante años. Aquella visión la llenó de estremecimiento, pero no la derrumbó.
Cuando sí estuvo a punto de derrumbarse fue una mañana de julio en la soledad estremecida del cementerio de Cabo de Gata. La tarde anterior, una abuela que la conocía de sus visitas al Acebuche le suplicó que le acompañara a enterrar a su nieto. El niño- porque eran niños, Pedro, eran niños, recuerda ahora con una amargura incurable- apenas había traspasado el umbral de los 20 años. A la mañana siguiente, cuando el reloj acababa de dar las once, el cadáver de aquel niño comenzó a descender a la profundidad eterna de la tierra. Un viaje sin más compañía que el llanto infinito y sin consuelo de su abuela y la indignación cercana a la cólera de una desconocida a la que la sangre le quemaba más que aquel sol abrasador que hacía brotar las gotas de un sudor trágico que, en su recorrido por el laberinto de aquellos dos rostros derrotados por el horror, dulcificaba el sabor salado de las lágrimas.
Mientras los sepultureros cubrían de tierra el ataúd, Marina se repitió una y mil veces, y hasta que le dolió el alma, que aquella devastación enloquecida tenía que acabar.
Cuando una pequeña cruz sin nombre coronó el montículo de tierra bajo el que ya descansaría para siempre aquel niño que nunca conoció, Marina dejó atrás las tapias inmaculadamente blancas del cementerio. Fue entonces cuando miró hacia el mar y pudo contemplar cómo centenares de personas disfrutaban gozosas viendo pasar la vida tendidas al sol o chapoteando en el agua inmensamente azul de uno de los paraísos más impresionantemente bellos de todo el Mediterráneo. El infierno y el paraíso separados por el asfalto de una carretera serpenteada de dunas, de flamencos, de sol y de sal. Nunca hasta aquel día Marina había visto la muerte y la vida tan cerca y tan lejos.
Treinta años después, aquel mediodía de horror, soledad y silencio sigue vivo en su memoria con la misma indignación que sintió cuando las paladas de tierra cubrían el féretro bañado por las lagrimas de una abuela aniquilada por un dolor inconsolable.
Las visitas a la cárcel habían fortalecido el carácter de aquella mujer de poco más de metro y medio de estatura y de apenas cincuenta kilos- Dios solo me dio un pelo precioso, que todavía tengo eh, dice con indisimulada coquetería-, pero el azar le iba a deparar otro encuentro que marcaría su vida, pero también y esto es lo mas importante, la de centenares, quizá miles de almerienses.
Fue en una de sus visitas a la cárcel cuando una chica de una de las mejores familias de la capital se le acercó desconsolada.
-Marina, hoy salgo de la cárcel, me dan la definitiva y no tengo dónde ir. O me ayudas o esta misma noche tengo que volver a prostituirse para comprar caballo. Haz lo que puedas, pero no me dejes sola, ¡por Dios, no me dejes sola!
Marina buscó en Almería un lugar donde pudiera recluirse y recibir tratamiento. Solo había dos, pero eran para hombres. Las mujeres- recuerda ahora sin rencor, pero con reproche- siempre hemos ido detrás de los hombres en todo.
El reloj seguía avanzando y la puesta en libertad de aquella mujer que se resistía con desesperación a regresar al arrabal de droga y prostitución del que había salido para entrar en la cárcel se acercaba. Marina no se lo pensó. Habló con los Asuncionistas pidiéndoles ayuda y en un coche cercano al extravío la esperaron en la puerta del Acebuche. Cuando por fin salió se subieron a aquella aglomeración de hierros cercanos a la chatarra y emprendieron el camino de Madrid. Tan mala fue su fortuna que en Jaén el coche se rompió y tuvieron que empujarle un tramo. No les importó. En Madrid les esperaban un grupo de personas de las que ni sabían sus nombres ni les importaban. Cuando llegaron, Marina solo recuerda los abrazos llenos de vida con que les recibieron. Aquellos abrazos- recuerda ahora- estaban tan llenos de amor que nunca ha sentido otros con la misma intensidad. Habían llegado a Proyecto Hombre.
Desde aquella madrugada Marina no pensó en otra cosa.
Quería que Proyecto Hombre tuviera presencia en Almería. Y nada mejor para ello que utilizar su casa. Ya se había trasladado al barrio de la plaza de toros, a las ´casas de los músicos´ y allí, junto a su marido y a sus dos hijos, comenzó a prestar ayuda a quienes la necesitaban. En una pequeña habitación de apenas doce metros cuadrados se reunían hasta una decena de personas. Daba igual. Había que ayudar. Y había que pedir ayuda.
Recorrió calles y plazas, recurrió a las personas que le podían ayudar y aquella locura cercana al delirio- en Almería todo cuesta un mundo- es hoy acabó siendo una realidad que ha recuperado para la vida a centenares de hombres y mujeres de todas las edades que, en un momento de sus vidas, lo vieron todo perdido.
Han pasado los años y a sus 90 vividos intensamente Marina continúa visitando a quien lo necesita, escuchando a los que antes pedían y ahora buscan un rato de sosiego entre las paredes encaladas de esa pequeña habitación en un primero sin ascensor, y a quienes acuden a su puerta pidiendo ayuda.
Una de las almerienses que un día llegó a su casa pidiendo ayuda era una madre desesperada que no sabía cómo enfrentarse al horror de conocer que su marido violaba a la hija que los dos habían tenido nueve años antes. Marina escuchó aquel relato de espanto sin interrumpirla. Cuando aquella madre destrozada por el dolor y el pánico había terminado, Marina le miró a los ojos y solo le dijo:
-Piensa en quién quieres más que a tu vida y actúa sin miedo. Yo estaré contigo.
Meses después la niña despierta que ayudaba a sus padres en la tienda de la calle Real de Serón y hoy desde sus 90 años escucha los olés de la plaza de todos en las tardes de agosto, comparecía ante un tribunal para apoyar a aquella mujer que un día acudió a su puerta pidiéndole ayuda.
Ni el dolor. Ni la soledad. Ni el horror. Ni el derrame cerebral que le arrebató a su marido aquel Viernes Santo que salió de casa para no volver dejándola sola con dos niños pequeños la han doblegado ni han doblegado su conciencia y su amor al prójimo. Con la precaria estrechez de una pensión de viuda sacó adelante a su familia. Hay gente que sin tener nada lo han dado todo. Marina es una de ellas.
Una almeriense que, como dicen Carmen y Pedro, mis hijos, y tras conocer su historia, si existe el Cielo, seguro que habrá un hueco para Marina.