El cerro y la soledad
Imagínate perder a lo que más quieres y encima con resignación

Virgen de la Soledad.
Es una maravilla subir al Cerro de San Cristóbal, haciendo el Vía Crucis con la Virgen de la Soledad, el Viernes de Dolores. Como seguidora de las vísperas elegí ese día para iniciar mi semana santa. La Virgen de la Soledad, triste y desolada, avanza por el Cerro. No va sola, le seguimos un montón de fieles que comprendemos que el dolor de una madre no tiene consuelo, que por naturaleza es solitario y no hay nada que se le iguale.
Se lo comenté a un hermano de la cofradía. De pronto comprendí el significado de la soledad. Imagínate perder a lo que más quieres y encima con resignación, añadió el cofrade. Cuánto dolor. Y yo mientras pensando en los hombres que hacen la guerra.
Después de pasar la curva donde hay una urbanización de dúplex, la imagen de la Muralla iluminada que baja por el Cerro es de otro mundo. Un mundo de plenitud, de belleza natural y arquitectónica; impresionante ejemplo de dignidad para la humanidad; un flechazo de amor y esperanza; y ojalá también un aliciente para todos los que luchan por los yacimientos de la antigua ciudad fenicia de Baria y para aquellos a los que les corresponde protegerlos.
Había antorchas encendidas por el Cerro, y el olor a incienso era inmenso y envolvente en la oscuridad de la noche. La sensación era mágica: el cielo estrellado, el monte, la muralla, el sagrado corazón de Jesús, la alcazaba, el mar y la ciudad.
A la vuelta vi que un grupo de gente se metía por el arco de la Muralla y bajaban las escaleras por en medio del barrio, y así lo hice. Me encontré rincones preciosos y todavía permanecía el olor a incienso por las calles del Vía Crucis.
Recordé que al subir un joven trajeado cantó una saeta desde el balcón de una casa. Qué ilusión me hizo, pero sonaba sin encanto. Una mujer me dijo, le falta pellizco.