Éxtasis primaveral: el Cabo y la luz

El Parque Natural Cabo de Gata-Níjar.
¿Dónde quedó en esta foto la aridez, la dureza de los llanos ocres, el huerto yermo y las colinas pardas, de ese pardo tostado por el sol y el viento quisquilloso? Aquí todo es extraño. Todo es verde. Silencio es todo. Es un día de tregua estacional tras dos meses de invierno despiadado. La tierra ha hecho su trabajo de hija agradecida y ha callado, en reposo, estoicamente, a la espera de que brote otra vez la vida en un paisaje aparentemente estéril que despierta, templado y desafiante a la vez, como una mancha de agua verdosa del genial Visconti.
Nada se mueve. Nadie se mueve. Salvo las lagartijas y los escarabajos negros y alguna culebra bastarda. Salvo las cabras del último pastor que deambula entre Rodalquilar y Los Escullos, apacentando el ganado sin mirar el reloj, junto a un chucho peludo y jadeante. Salvo los jabalíes que preludian la noche y, con la sed, bajan a hociquear tras su siesta en los espartales. Se mueve sin saberlo el sapo en una balsa sedienta de un cortijo desparramado. Y, al fondo, en los volcanes mudos de Los Escullos, canturrean las gaviotas en un ir y venir estresante, olfateando por encima de las olas de las rocas de mil colores por si algún pez ha perdido del todo la memoria y se asoma al abismo. Nada se mueve, y todo es movimiento.
Pareciera otro tiempo de no ser porque se atisban manchas blancas de coches inmóviles en el aparcamiento de La Isleta del Moro. La Isleta. Una sombra alargada y nívea, de cal inmaculada, de cantos de sal, de casas encaladas, de olas suaves que anticipan la fiebre del día, el calor agobiante. Es un mar en calma el que se ve, pero no tiene su azul Siquier porque en la hora de la foto el sol estaba ya de mudanza.
En el Cabo, Machado, ha venido la primavera y quizás nadie sepa cómo ha sido. Ha llegado con un verde esmeralda y un verde oliva en sus cactus y sus pitas; ha renacido con sus flores rojas y rojas, delicadas y suaves, intensas y deslumbrantes, de pétalos que esconden una belleza sin domesticar y libre de impulsos humanos, indómita siempre, al albur de las lluvias, abandonada a su suerte.
Porque, como Lorca, qué difícil es saber el secreto de la primavera del Cabo. Porque la tierra áspera y desértica que parece, sus montes pelados, sus palmas, sus tomillos, sus romeros y sus espartos se disfrazan a veces del verdor de una tormenta eléctrica que parecía el fin del mundo. Deuda de agua tiene el subsuelo, pero qué agradecido es. Cómo se sacude sus colores siempre otoñales y, zas, aprovecha el efecto de una gota de agua regalada para sacudirse la melancolía austera de los tonos dorados.
En tiempos de hostilidades, la imagen es puramente espiritual: un remanso de paz, un lugar para escapar del tren, bajarse del mundo y descansar. “Paz, paz, paz para leer un libro abierto en el alba y otro en el atardecer”, dijo un día Alberti. Le faltó decir: allá en La Isleta del Moro Arráez. Allí, una tarde cualquiera de abril, asomados al embarcadero como quien pasea por un precipio sutil y simpático, el mar es de un azul grisáceo, un poco plomizo, un mar de plata en un horizonte de oro amarillento interrumpido abruptamente por el verde pasajero y otra suerte de pigmentos que son casi figurantes.
Debajo de las pitas y de los cactus, muy debajo, hay unas raíces que se alargan buscando agua vieja. Este año, mírenlas, parecen acariciar la plenitud. Parecen, incluso, inofensivas, adaptadas transitoriamente a una pluviometría que ha aliviado su sed. Como aquellas tierras secas y, por secas, mustias, sobreviven con sus cuerpos espinosos, sus puntas afiladas, sus espinas y sus pinchos y desafían al mirón y, más aún, al tocón. Así, así se protegen, así atrapan la humedad y se refugian del calor extremo. Así se gesta un pequeño gran milagro en aquel páramo sonriente, reino del sol y del viento, de piratas y cristianos viejos, de castillos que son atalayas, de estepas y calderas y chimeneas, de islotes y arrecifes, de fósiles y dunas frágiles, de aljibes y hornos de piedra seca, de palmitos, lentiscos, azufaifos, dragoncillos y chumberas. Y de praderas. Praderas de posidonia oceánica. Como la de la foto: Los Escullos.
Al fondo de la imagen, el sol es un verso tímido en un cielo tranquilo. El mar respira apenas, brilla apenas, dijo Octavio Paz. Quizás es la juventud, que se va, el motivo de esta foto. Creer que, con la primavera, se irán las arrugas del alma y volverá la expectativa y el sueño atrevido de un futuro siempre verde. Que cada abril nuestro es un pétalo que brota. Que en cada abril hay siempre música y alas, pájaros y libertad. Ocurre que la primavera, como la edad joven, es corta. Cuando menos lo esperemos, San Juan nos traerá el camino polvoriento, el sol castigador, el instinto de la pubertad. Da igual: cuando llegue el otoño y esa foto se tiña de ocre y de gris, y el mar se relaje y se sulfure, su belleza será aún más singular. También, con sus primeras caídas, lo es el otoño del ser humano.