Resucitar en el mar
No hay nada como sentir lo que vives o vivir lo que sientes

Reflexioné y quise resucitar, entonces me metí en el agua de cabeza nadando unos metros.
Era Sábado de Gloria y necesitaba ir a la farmacia de Vera, pero antes me paré en la Terraza Carmona y entré en el aseo. Cuando iba a lavarme las manos vi a una mujer joven cerca del lavabo, la miré y le dije hola, ella me miró y me preguntó, es que no me conoces, soy Amparo. Así de pronto no la reconocía, pero en seguida recordé su imagen de adolescente, con su pelo largo, castaño y lacio, y una sonrisa impecable. Cada año venía al pueblo de vacaciones de verano. Habían pasado más de treinta años.
Nos fuimos juntas a la farmacia, hablamos de nuestras vidas y nos sentamos en un banco para intercambiarnos nuestros números. Le conté que un hijo mío iba a empezar a trabajar en Barcelona y estaba buscando habitación. Ella me contó que tenía familiares cerca y que había posibilidades de alojamiento. Amparo, cómo es posible que nos hayamos encontrado, es el destino o cada encuentro es una cita, como decía Borges.
Nos despedimos, nos dimos todos los abrazos que pudimos para compensar todos los que no nos habíamos dado durante tanto tiempo. Seguí con mis compras, pasé por el Horno Martín, por la tienda 40 grados, por el puesto de Engracia y de Mari Carmen, y como el bar Fuentenueva estaba cerrado, en el camino de vuelta entré otra vez en la Terraza.
La barra estaba llena y las mesas también. Entre el gentío distinguí a Antonio Torres. Se acercó a saludarme cariñosamente y me dijo, estamos vivos, es lo único que importa, vamos a celebrarlo. Qué alegría.
Como ir el Domingo de Resurreción con Reyes a la Playa del Sombrerico. El agua está fresca, le grité metida hasta las rodillas, incapaz de avanzar en el agua helada. Sin embargo, reflexioné y quise resucitar, entonces me metí de cabeza nadando unos metros. No hay nada como sentir lo que vives o vivir lo que sientes.