Adiós sin arriar: en la despedida de Manuel Vicente Barranco de Desamparados
Carta del pregonero de la Semana Santa de Almería, Daniel Valverde Miranda

Manuel Vicente Barranco, en el último Lunes Santo.
Creí haber cerrado el pregón con aquel “Almería, Almería, Almería” del veintidós de marzo en el Teatro Cervantes al borde del almuerzo. Dos páginas dejé sin leer. Una no estaba escrita, a la otra le faltaba únicamente una firma.
La tinta de la primera acabó de secarse cuando Pasión mandaba a la ciudad a dormir la borrachera de amaderado brandy de cofradía en la calle que le había servido durante seis horas. Los de costal y faja volvieron a desatarse la camisa de fuerza en el compás del Lunes Santo, que no es su ritmo sino el espacio entre su tarde y su noche. Y aquello volvió a ser un manicomio donde la locura es mérito y requisito, la enfermedad y su propia cura. Estos hombres y los de negro que ponen voz y ojos quieren a su Madre como el mejor de los hijos. Vaya Lunes que le dieron al oficio mano tras mano, relevo tras relevo. Qué manera de beberse a pasos las calles sin pensar en ningún momento en la cuenta.
La firma de la segunda era la de Don Manuel Vicente Barranco Rodríguez. Un finiquito sin más indemnización que la devoción de su cuadrilla del sur. Hay mortales ungidos, a Dios gracias. El último “ahí quedó” en Santa Teresa con las puertas cerradas no tendrá nueva llamada porque Manuel Vicente ha decidido irse, como el genio que es, cuando el público muerde el éxtasis y pide una última canción antes de encender las luces de la sala. Con clase hasta para decir adiós, sin arrastrar la leyenda ni los zancos.
El Contador Cofrade
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Álvaro Hernández
La Virgen le ha entregado la gloria ganada durante dieciocho años. Él deja, delante de ese palio levantado con su empeño, el resultado de una ecuación de tres variables; la capacidad, el respeto y el amor por un oficio que, en noches como la del pasado Lunes Santo, es número redondo. Me temía lo peor con la preciosa levantá del pequeño de los Cañas antes de esa eterna revirá, que aún no sé si ha terminado, cuando le contaba a la abarrotada calle del poeta el lugar en el que Manuel Vicente había puesto el nombre de los Barranco en el andar de los palios de Almería. Qué razón tenía.
Me temía lo peor y se cumplió. Manuel, con tu cuadrilla en el orfanato pero con una herencia incalculable fruto de tu encomiable labor, María Santísima de los Desamparados volvió a sonreír cuando dijiste que Pasión también era tu Hermandad, así te tendrá cerquita como tantas tardes de martillo. Esas últimas palabras con las que cierras las faenas de vuelta también hablaban a esas horas de ti, estuviste, estás y siempre estarás. Si te vas, es porque quieres y porque puedes. Permítenos que, aun sabiendo del peso de tu palabra, soñemos con una pronta resurrección como la del de la Puebla. No quise el bocadillo que con tanto cariño nos ofrecía la Hermandad porque el agridulce sabor de la madrugada me pedía terminar el pregón. Gracias por vuestra ayuda a todos los que andabais por allí debajo y a los que, como Manuel, le susurrasteis a la oscuridad del respiradero para volvernos locos.