Emociones

Han querido convertir nuestras vidas en una teleserie que va desgranando los capítulos con una tensión narrativa que aboca a nuevas dosis periódicamente. El perro de Pavlov lo tenemos en casa; en realidad somos nosotros mismos. Todo cuanto está ocurriendo en los últimos años obedece a la sinrazón muy razonada de las emociones, que desde el poder emplean para manejar al pueblo. Y aquí seguimos, consumiendo nuestras propias miserias con la voracidad de un cocodrilo hambriento.


Nos han tomado por idiotas, pero seguramente tienen motivos para ello, aunque no sea justa la generalización. Apelan a las emociones, a los instintos, a lo que queremos oír, alimentado con eslóganes de literatura barata para que pensemos lo que ellos quieren. 


En política lo llaman relato. La información, el análisis y el debate se han transformado en una parodia. Han sido sustituidos por la propaganda. La comunicación está al servicio de la manipulación, y el pueblo, mientras, asiste impávido al espectáculo devorando palomitas como Homer Simpson, sin cuestionarse nada, esperando como el can de Pavlov la siguiente serie de Netflix, la próxima compra en Amazon.



La manipulación es tan descarnada y obscena que ya ni se esconden. Vayamos a las emociones, dicen los gurús de los partidos. De manera que la cosa se ha vuelto primitiva, como en un estado natural que abjura de la inteligencia y de la razón, porque no hay nada que pensar sino sentir. Ahí está la madre del cordero. Lo que prima es sentir, no reflexionar, no preguntarte lo que están diciendo. Y si te engañan tampoco importa, pues te colarán una nueva emoción que corregirá las molestias ocasionadas.


Uno no aboga por los negacionismos ni por las teorías de la conspiración, pues ahí gravitan igualmente moldeables emociones de ocasión. Vean si no a Miguel Bosé, ese histrión que guarda un parecido razonable con el Joker de Joaquín Phoenix. Pero cuando ves que los políticos emplean deliberadamente argumentos falaces, cuando te tratan como a un niño con sus soflamas de vendedores de crecepelo, comprendes que hay un desgarro profundo en el sistema.



La nueva sociedad de las emociones no permite los razonamientos pausados, la reflexión serena o contrastar los mensajes que te sirven en bandejas plastificadas, como la carne del supermercado. No digamos ya toda la porquería que circula por Whatsapp para reafirmar a la gente en sus propias posturas. Todo esto es una afrenta a la ciudadanía, a la Ilustración, a la inteligencia. Vivimos la era del ‘like’, de los gatitos, de los pies asomados a la orilla de la playa, del exhibicionismo de la nada. No hay compromiso sino con uno mismo para que no seamos contaminados por nuevas ideas. Y aquel que piense con criterio naturalmente será señalado como un traidor del hedonismo reinante, es decir, el ombliguismo.


El camino que han tomado, hemos tomado, es errático y peligroso. La sociedad no puede infantilizarse de esta manera. No podemos asistir a la suplantación de la razón por las emociones en este tiempo de algoritmos. No somos un algoritmo, ni un número, ni solamente un nombre y dos apellidos para recibir correo comercial o, peor aún, mensajes políticos de baja estofa. 



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