La Voz de Almeria

Opinión

no da lo mismo

Katherine Martínez Enciso

Antes de ser migrante

La migración formaba parte de mi historia antes de partir. Hoy me invita a cuestionar la distancia entre nosotros y los demás

Las mariposas monarca recorren miles de kilómetros desde Canadá a México

Las mariposas monarca recorren miles de kilómetros desde Canadá a MéxicoPixabay

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Hace unos días le conté a mi padre que me habían aceptado en el Máster en Migraciones, Mediación y Grupos Vulnerables de la Universidad de Almería. Después de las felicitaciones, su primera pregunta fue: “¿Y eso para qué sirve?”.

La pregunta me tomó por sorpresa. Antes de presentar mi candidatura, había leído el programa más de una vez e investigado las salidas laborales y las instituciones en las que podría trabajar algún día. Sin embargo, fue en ese instante, mientras le respondía, cuando entendí que, además de las razones profesionales, había otra más íntima: había elegido este máster para comprender mi propia historia y mirar mi entorno de otra manera.

Porque, al fin y al cabo, la migración me atraviesa. Sí, soy una mujer migrante, pero me atraviesa desde mucho antes de haber salido de mi país. Antes de decidir irme a explorar el mundo, supe lo que significaba tener un padre a la distancia. Nuestra relación se fue construyendo a través de una línea telefónica, en una época en la que las llamadas llegaban al teléfono fijo de casa. Durante mi adolescencia, los límites que él podía marcar desde lejos apenas existieron; en cambio, siempre hubo dólares para cumplir los caprichos propios de la edad. De niña, también esperaba las cartas de aquel tío que se había ido a vivir a Europa y que, a mis ojos, encarnaba la aventura de descubrir el mundo.

En aquella época no me preguntaba qué dificultades estaría atravesando mi padre para que cada petición mía recibiera un sí. Seguramente asociaba la migración más con los miles de kilómetros que recorren las mariposas monarca desde Canadá hasta México, o con la llegada de las ballenas jorobadas a la costa del Pacífico colombiano para reproducirse. No fue hasta años después, durante mi propio proceso migratorio, cuando empecé a comprender la complejidad de esa palabra.

Poco a poco, sin ponernos de acuerdo, buena parte de mi familia ha ido migrando. Hoy puedo decir que tengo un pedacito de hogar en al menos tres continentes. También mis amigos de la infancia y de la universidad fueron dejando Colombia, en busca de estudios u oportunidades, muchos quizá con la idea de regresar y contribuir a construir país. Sin embargo, acabaron construyendo un hogar en los lugares que los recibieron, sin dejar de llevar a Colombia consigo.

Por eso la migración me atraviesa: porque, aunque soy migrante, nunca se ha tratado solo de mí. Se trata también de quienes partieron antes y abrieron caminos, de la gente que me rodea y de quienes vienen.

Cuando estoy con familiares o amigos y surge el tema de los “migrantes”, a propósito de alguna noticia, algo dentro de mí se remueve si los escucho hablar de ellos como si fueran personas completamente ajenas a nosotros. Por supuesto que somos diferentes. Lo que me incomoda es el lugar de superioridad desde el que se señala esa diferencia, como si entre quienes migramos hubiera categorías que nos hicieran más o menos dignos.

Como si hubiera algún mérito en haber migrado desde el privilegio, en haber podido elegir entre varias opciones. Como si no haber tenido que escapar con lo puesto, huyendo de una guerra para salvar nuestra vida o la de nuestras familias, nos situara en un nivel superior. Como si el hecho de que nuestros cuerpos estén menos expuestos a la racialización y nos permitan pasar más desapercibidos fuera un mérito propio, y no el resultado de siglos de mestizajes y migraciones en América. Como si recibir menos rechazo por nuestro aspecto, nuestro acento o nuestro origen nos hiciera menos migrantes. Como si alguien pudiera elegir dónde y en qué época nacer.

Así que sí, papá: espero que estudiar este máster me sirva, entre otras cosas, para entenderme un poco más y, sobre todo, para comprender a los demás. Pero quizá la pregunta que deberíamos hacernos todos ante un fenómeno que ha existido siempre y seguirá existiendo, como lo es la migración, sea esta: ¿cómo podemos, con todas nuestras diferencias, unir fuerzas para hacer del que hoy es nuestro hogar un lugar mejor para todos?

Para quienes hemos llegado, para quienes han vuelto, para quienes nunca se fueron, para quienes están llegando y para quienes vendrán.

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