Ya estamos todos: ha vuelto al Paseo el hombre/esparto
Alfonso ha desplegado de nuevo su arsenal de pleita bajo la sombra del ficus, en un nueva vía peatonal, que si uno es generoso debe reconocer que -con matices- ha mejorado; ¿o alguien quiere de nuevo asfalto, tubos de escape y semáforos?

Alfonso Salmerón Antequera, espartero, con su sombrero, debajo del ficus centenario del Paseo.
Ha regresado Alfonso, el hombre con bigote Pancho Villa y mofletes dorados de sol al que toda la ciudad conoce, pero al que nadie parece hacer demasiado caso; ha vuelto el hombre del esparto al flamante Paseo de tracción humana, como siempre bajo su titánico ficus, que para él es como como su planeta verde. Allí, bajo sus hojas y ramas homéricas, orbitan de nuevo sus creaciones de pleita: una cesta para caracoles, un sombrero, un jarrón, una cabeza de cabra, una mariposa. Le da color, sabor y tipismo al centro urbano de Almería, Alfonso; ha vuelto además con ganas, con ganas de expresar su malestar: ya no tiene un poyete de piedra tan grande donde exponer su mercancía, ahora hay una cancela metálica y de madera para proteger al coloso centenario.
El Paseo es de todos y no es de nadie. Por eso, todos nos creemos con derecho a decir cómo lo hubiéramos transformado nosotros -todos llevamos a un Luis de la Fuente dentro- en esta metamorfosis peatonal. No obstante, nadie que sea honesto con su conciencia puede negar que el Paseo se ha revalorizado, se ha convertido en la legítima sala de estar de los almerienses de la capital y de la provincia; todo el mundo tiene derecho a decir quién debe jugar en la Selección; todo el mundo tiene derecho a explicar cómo lo hubiera hecho él. Pero a este nuevo Paseo, con todos sus defectos y pasajes mejorables -¡que vuelvan el Educador y los kioscos, Sacra!- lo vamos a querer todos, como solo se quiere a lo que es de uno. Alfonso, el hombre/esparto también lo va a querer. Por eso ha vuelto. Porque echaba de menos su Paseo; por eso ha vuelto Alfonsillo el de los cestos a aposentarse en esa confluencia con Lachambre, adentrándose con su aguja, como un cirujano, entre esa fibra vegetal tan de nuestra historia genética. Trenza Alfonso -con la paciencia con la que Tejada espera como Penélope un nuevo Talgo- los filamentos de la gramínea para que en unas horas se conviertan en un canasto para huevos. Alfonso Salmerón es, a su manera, como aquel Miguel Ángel que veía a Moisés en un bloque de mármol de Carrara.
Él, por su parte, ve cosas más mundanas en esas gabillas que recolecta casi a diario en los montes de Enix: un sombrerito mexicano como su mostacho, un botijo de adorno, una panera o un cactus para la repisa. Se siente protegido, como un Tarzán urbano aunque tenga poco de Tarzán, por la sombra de ese árbol lujurioso cuya fronda cruza la vía principal de Almería. A su lado duerme una petaca con tabaco de liar y una bolsa de rosquillas de Alhama para el picoteo de la mañana. Nunca sabe cuánto tiempo aguantará allí, antes de regresar en autobús con sus bártulos a La Gangosa.
“El esparto nunca se queja, por eso me gusta” -dice Alfonso, que hace de todo con esa fibra natural: desde canastas para setas y castañas, caballicos o perros rintintín, joyeros para el oro molío o bragas y esparteñas de las de antes. Desde pequeño anduvo por los montes y siempre se fijó en los ancianos como el tío Angel de las Losas cómo trabajaban el trenzado.
Y ahora que convive con tanta gente a diario le ha salido, además de callos en las manos, un poco la vena de filósofo presocrático: “El esparto es Almería y Almería es el esparto”. Cuando no existía Ikea, casi todos los utensilios de la casa eran de esparto: el menaje de la cocina, la escoba, la soga, la cuerda para atar el gallinero. Almería debería haberle dedicado una calle al esparto o una estatua a la atocha. Y Almería debería ser un poco más generosa y reconocer, entre tantas toneladas de reproches y vituperios en la redesfera, cómo ha prosperado -con todos los matices- el Paseo. Porque es seguro que nadie de los que murmuran quiere que vuelva el asfalto, el ruido de los motores, el humo de los tubos de escape y esperar al semáforo en verde para cruzar de acera. ¿O sí?