La Voz de Almeria

Opinión

El mejor futbolista almeriense de los últimos 100 años

Partió con diez años años y una mochila a un pueblo la mitad que el suyo, con su cara de niño grande; ahora parece un actor de la Trilogía del Dólar y algodona balones como un camarero de Versalles sirve una vichyssoise

Alex Baena, el futbolista almeriense más grande de la historia.

Alex Baena, el futbolista almeriense más grande de la historia.

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Un niño almeriense de diez años llamado Alex agarró un día una mochilla y se fue a jugar al fútbol a un pueblo la mitad de pequeño que el suyo; diez años después debutó en Primera División y seis más tarde levantó la Copa del Mundo en el hocico de Trump, que probablemente no sepa dónde está el Cañarete. Hoy el niño Alex es el Internacional Baena, roquetero, leptosomático y millonario; hoy, aquel niño torea defensas, esprinta como un antílope, se frena como un crupier y algodona balones como un camarero de Versalles sirve la Vichyssoise; hoy, el niño Baena, con su rostro de actor de Trilogía del Dólar, no es Lamine pero casi. Ha derribado esta semana con sus movimientos imposibles a corajudos defensas británicos, ha burlado con su dominio del álgebra a estibadores croatas y ha enviado, con la tenacidad de Amazon, balones a la red. Por qué se fue, el niño Baena, si Villareal es como Huércal-Overa. Que tuvieron ellos, y no Almería, para que se marchara. Al menos tan temprano. 

Por qué se fue Antonio Biosca, que también jugó un Mundial en la época del ‘Tío del Bigote’, por qué se fue Diego Capel y Héctor Berenguel y Salva Sevilla y Nino de Vera y Agustín Camacho y Polo y Juan Antonio Román y Maxi; por qué se fue el padulense José Sánchez Vidaña; y antes aún, en la época de nuestros abuelos- cuando el fútbol se jugaba con pañuelos en la frente y calzones- por qué se fue el Gran Berruezo de Garrucha al Real Madrid y Francisco Gómez Vicente, también al Real Madrid y al Betis, y Cándido Mauricio de Vélez-Rubio al Europa y al Español y Julián Arcas de Vélez-Blanco, al Cádiz. Solo resistieron esa diáspora propia de Las Uvas de la Ira, solo aguantaron como amuletos de la afición, como fetiches del almeriensismo más recalcitrante -de Regiones o del Barrio Alto, del Zapillo o del Quemadero- aquellos Juan Rojas y Jose Ortiz. Un jugador de la cantera no tiene únicamente un valor deportivo; un futbolista nacido en la provincia que llega al primer equipo puede convertirse en un vínculo entre el club y la grada que ningún fichaje puede comprar. El aficionado reconoce su barrio, su colegio, sus campos de tierra, su familia. Reconoce el camino. Reconoce, en definitiva, una parte de sí mismo. Que el muchacho pueda mirar hacia el estadio de los Juegos Mediterráneos y pensar: “algún día jugaré ahí”.

El fútbol ya no es furia, igual que cada vez es menos transistor claro y cada vez es menos Purito Reig y Pepe Domingo Castaño; pero sigue siendo emoción y sentimiento de pertenencia, por eso lleva un siglo entre nosotros. El amor a los colores se ha mercantilizado, pero siguen siendo los colores de uno, aunque cada vez huela menos a indalo en la alineación.

Hay provincias que fabrican futbolistas y provincias que, además, saben reconocerlos. Almería ha hecho durante décadas lo primero y no siempre lo segundo. Pero quizá la verdadera medida del fútbol almeriense no esté solamente en quienes llegaron a la Selección. Está también en aquellos jugadores que, sin alcanzar ese escaparate, hicieron de su oficio una forma de representar a su tierra. Rojas y Ortiz pertenecen a esa categoría. La cantera no es solo un taller de jugadores, es una fábrica de identidad. Almería ha tenido futbolistas suficientes para construir una historia futbolística mucho más sólida de la que a veces parece recordar. Ha tenido defensas internacionales, extremos de selección, delanteros de Primera, capitanes, jugadores de ascenso y futbolistas capaces de triunfar lejos de casa. Ha tenido incluso generaciones enteras que obligaron a los clubes de fuera a mirar hacia el Sureste.

Pero demasiadas veces el camino del futbolista almeriense hacia la élite ha pasado por salir de Almería cuanto antes. Eso debería hacer pensar. Porque una cantera no se mide por el número de niños que juegan los domingos. Tampoco por el número de equipos federados ni por cuántos campeonatos infantiles se ganan. Una cantera se mide, sobre todo, por la capacidad que tiene una estructura para acompañar a un muchacho desde que deja de ser una promesa hasta que puede convertirse en futbolista profesional.

Y eso requiere más paciencia de camarero del Amalia y menos urgencia de cliente de feria.

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