"Y te sigo por bandera derramando mi afición"
Para que nos vamos a engañar más: no hubo durante toda la temporada valerosos espartanos en esta UDA, más bien mercenarios persas

El delantero almeriense José Ortiz Bernal, besando la hierba del Mediterráneo en su partido de despedida.
Ahora que los ecos de la debacle en el Estadio de la vega van quedando como en sordina; ahora que se habla de reconstrucción como si la UDA fuese Teherán, uno recuerda haber leído en la prensa antigua que los primeros partidos de football en la ciudad en 1907 los disputaron jovenzuelos almerienses vestidos con zamarra blanca y pañuelo en la frente estilo Quincoces. Eran pedestres match contra los marineros ingleses que venían enrolados en los vapores del mineral que se disputaban en el Campo de Oliveros o en el Dique de Levante, ese que Rosario Soto está dejando ahora como una patena. Aquella primitiva escuadra estaba formada por apellidos como Trevijano, Jover o Blanes y las crónicas añejas abundan en que algunos goles se colaban arrollando el tal Trevijano a toda la defensa británica, como un Belauste a la almeriense.
El futbol ya no eso, claro; ya no es furia, claro; pero sigue siendo emoción y sentimiento de pertenencia, por eso lleva un siglo entre nosotros. El amor a los colores se ha mercantilizado, pero siguen siendo los colores de uno, aunque ya no haya ningún almeriense en la alineación. La urgencia de rentabilizar el capital ha podido con la paciencia. Y la UDA se ha convertido en los últimos años en un equipo sin alma, en el que lo único que le queda de almeriense es la afición.
El Almería tiene un presupuesto de 40 millones, uno de los más altos de la Liga Hypermotion, pero apenas dedica un 5% de sus cuentas anuales a la cantera, a pesar de los cantos de sirena de la futura Academia. No ha seguido el paciente modelo del Villarreal o de la Masía del Barca, ha seguido el modelo del antiguo Málaga, del antiguo Valencia o del presente Madrid de Florentino, a pesar de que el yacimiento de jóvenes valores no ha sido tan estéril: Aleix Vidal, Marcos Peña, Valen, René, Bruno o Marciano.
En su lugar se ha fichado a sobretarifados futbolistas, algunos de ellos con discutible sentimiento hacia el escudo como se demostró el sábado, como se lleva demostrando toda la temporada. No hay apenas heroicos espartanos en este Almería, más bien mercenarios persas. El Almería de Alfonso García se agarró al talismán Ortiz como baluarte nativo y estuvo cuatro años consecutivos en Primera. Los dirigentes de este último Almería, por lo que se está viendo, están haciendo bueno al empresario aguileño.
El problema del Almería ha sido la brecha entre lo esperado y lo conseguido, en una de las competiciones más imprevisibles del fútbol europeo. El caso del Almería refleja un problema recurrente en el fútbol: la mala planificación. Tener más dinero permite fichar mejores jugadores, pero no garantiza formar un equipo cohesionado, aunque tenga la perspicacia de Arribas o el brío de Lopy. Errores en la confección de la plantilla, vasallaje a los intermediarios a los que les interesa cambiar cromos cada seis meses para llevarse el porcentaje, falta de identidad de juego o gestión ineficiente del vestuario de un entrenador que vive en los mundos de Yupy, pueden neutralizar cualquier ventaja económica. El Almería ha sido tradicionalmente un club muy dependiente de fichajes y talento externo, con menos peso de la cantera en comparación con otros equipos.
Otro factor determinante es la presión. Los equipos que descienden desde Primera suelen vivir con la urgencia de regresar cuanto antes. Esta presión puede provocar decisiones precipitadas: cambios constantes, fichajes de corto plazo o pérdida de paciencia con los procesos deportivos. En el caso del Almería, esta urgencia se acentúa al contar con propietarios con capacidad económica, que esperan resultados rápidos. Cuando estos no llegan, el proyecto pierde estabilidad, y el equipo entra en una dinámica negativa difícil de revertir. Porque en el fútbol, como se demuestra cada temporada, ser favorito no significa ser campeón.
El dinero en el fútbol es como el viento en el desierto: mueve las dunas, cambia los caminos, pero no siempre conduce al oasis. El fútbol -caprichoso, impredecible, casi literario en su crueldad- no entiende de jerarquías económicas. Porque en Segunda División no basta con ser mejor, hay que demostrarlo cada fin de semana, en estadios incómodos, en partidos que nunca se parecen a lo que planeó el técnico catalán que dejó en herencia el ministro saudí.
El Almería ha construido equipos con destreza, pero la destreza sin armonía es solo ruido. En una categoría donde la constancia es más valiosa que el brillo, cada error se acumula como la arena en los zapatos: al principio apenas molesta, al final, impide caminar. Se toman decisiones rápidas, se busca el éxito inmediato, se cambia cuando quizás habría que esperar. El proyecto pierde entonces su centro, su calma, su sentido. Y en medio de esa prisa, el equipo deja de ser un equipo para convertirse en una suma de intenciones. Las consecuencias no son solo deportivas: el club se encoge, los números se enfrían, los sueños se aplazan. Lo que debía ser un trampolín se convierte en un laberinto. El fútbol -como la vida- no premia siempre al que más tiene, sino al que mejor entiende lo que hace.
Este Almería de capital saudí y portugués posee los medios, pero aún busca la fórmula de la Coca-Cola. Tiene el impulso, pero le falta la narrativa que transforme ese impulso en destino. Porque ascender no es solo cuestión de dinero o de nombres, es una simetría delicada entre paciencia, identidad y convicción.
Y mientras esa simetría no llegue, el Almería seguirá caminando por ese territorio incierto donde los favoritos no siempre ganan, y donde el futuro, como el horizonte del desierto, parece cada vez más lejano cuanto más se persigue.
La Segunda son campos incómodos. Rivalidades que aprietan. Jornadas que no permiten relajarse. Aquí no ganas por decreto. Aquí ganas cuando compites mejor que el otro. Y muchas veces, este Almería de Joan Francesc Ferrer Sicilia ha parecido no entender eso. Ha querido imponer cuando debía adaptarse. Ha buscado soluciones rápidas en lugar de construir certezas. Y en ese punto, el ascenso deja de ser una obligación para convertirse en una posibilidad más.
Porque en esta categoría no asciende el que más quilates de talento acumula, sino el que menos errores comete durante diez meses. Demasiadas veces ha sido un equipo que parecía empezar de nuevo cada sábado o domingo en la garganta de Rafa Góngora o Carlos Miralles. Al final, el fútbol es más sencillo de lo que parece: no gana el que más tiene, sino el que mejor compite; no asciende el que más gasta, sino el que mejor sabe lo que está haciendo. El Almería sigue siendo un candidato natural. Tiene estructura, tiene plantillas competitivas, tiene una ciudad detrás. Pero le falta lo más importante en esta categoría: sudar la camiseta y pegar bocados. En Segunda no se baila ballet, se baila rock and roll. Y hasta que no lo asuma el equipo rojiblanco, seguirá habitando ese lugar incómodo donde los favoritos se explican más por lo que no hacen que por lo que consiguen.
Aunque si el tiro letal de Chupete o el de Quintanilla se hubieran desviado una cuarta, el Almería sería de Primera y artículos como este habrían sobrado. “Futbol es fútbol” solía exclamar Vujadin, al que tanto le gustaba venir a Almería.