El año que Ricardo Zamora el Divino se alineó con el Almería
Saltó al campo de Regocijos con su visera y sus guantes eternos, entre una salva de aplausos, el mejor portero del mundo

El sporting de Almería de agosto de 1927 en el que se alineó Ricardo Zamora.
Fue la primera vez -en esa Almería menesterosa pero alegre de los años 20- que un futbolista eclipsaba a un torero. Se anunció para la feria de agosto la llegada a la ciudad de los tarantos de Ricardo Zamora, el divino Zamora, el mito de Amberes, el mago de los tres palos, y dejaron de existir para los almerienses de la época los matadores del cartel de ese año del Señor de 1927.
Desaparecieron de la barra de los cafés las esperanzas sobre los muletazos de Chicuelo y Marcia Lalanda, sobre los pases de Relampaguito -que lidiaban en la Avenida de Vilches esos días -para hablar y no parar de la llegada del monstruo del balompié, del carismático cancerbero del Español de Barcelona.
El portero eclipsó a los toreros
Decían nuestros abuelos que en la vida solo había dos porteros: San Pedro en el cielo, y Zamora en la tierra. Lo trajo en volandas el entonces concejal de festejos, Alfredo García Briet, que no entendía de fútbol pero sí de toros, y que creía que Zamora podría ser un buen sobrero de los maestros de la espada en el programa de ese año. Pero se equivocó: lo que paralizó Almería fue, cuando se bajó del auto en el Paseo, ese gigante de 1,80 con manos de cíclope y brazos de Popeye que empezó a firmar autógrafos como un bisbal de nuestro tiempo.
Zamora, que se había hecho célebre en toda España por sus gestas con la Selección en Amberes y por sus paradas antológicas defendiendo la zamarra del Español, aparecía ya en los primeros cromos que venían con las chocolatinas que vendía Gervasio Losana en el Paseo y sus célebres zamoranas -los despejes con el codo que patentó- aparecían los domingos en las páginas de huecograbado del ABC.
3.000 pesetas para ver al astro
Llegaba el mito barcelonés a la ciudad para alinearse con el Sporting de Almería en dos partidos de feria que iba a disputar el conjunto local con el Sidi-Bel-Abessien, un equipo de Orán que había quedado subcampeón de la copa francesa. O sea, un bolo en toda regla, puesto que Zamora se dedicaba, cuando paraba la competición, a jugar partidos amistosos con distintos equipos como el Elche o el Málaga, a cambio de un caché que, en el caso de Almería, fue de 3.000 pesetas que pagó el Ayuntamiento.
La práctica del fútbol - foot-ball como se decía entonces- en Almería era aún incipiente, desde que en 1907 se empezaron a disputar los primeros partidos en el Campo de Oliveros, junto a grandes montañas de mineral de hierro.
Habían germinado el Almería Fútbol Club y el Atletic Club que se fusionaron el Sporting Almería por esos años bajo la presidencia del industrial del esparto y la almendra Cristóbal Peregrín, que había donado una copa de plata para el vencedor de la competición de la feria de ese año.
La afición iba creciendo entre los almerienses y en 1923 el industrial Manuel Martín Cruz adquirió en arrendamiento un terreno en la huerta de los Cámara, en la zona de Regocijos, que lo convirtió en el primer campo de fútbol reglado de la capital, cerrado con una valla de cañizo para poder cobrar entrada.
Allí, junto a la actual Plaza de los Derechos Humanos, fue donde los almeriensitos de la época pudieron ver en acción al mejor portero del mundo, con un talle que imponía, con su gorra de visera, con su jersey de pico, con sus rodilleras y enormes guantes, con su aspecto mandón, era el primer galáctico de la historia del fútbol por el que unos años después el Real Madrid pagó 300.000 pesetas al Español, una millonada para la época.
Dos almerienses, que se alinearon de forma efímera en el Real Madrid de los años 30 tuvieron el privilegio de jugar algún encuentro con ese mago de la portería que salía a hombros de los campos: Francisco Gómez Vicente y el garruchero Francisco Berruezo.
Otra oriunda almeriense, nacida en Cuevas del Almanzora, María Yáñez -la Bella Dorita- aseguraba tenerlo como cliente asiduo, en los cabarets del Paralelo barcelonés en los que actuaba en esos jaraneros años 20.
Con pantalones bombachos
Llegó el esperado día 25 de agosto en el que se iba a disputar el ansiado match. Temprano en la mañana tuvo lugar la recepción de los vapores Vicente La Roda, de Orán y Melilla que venían con su propia banda de trompetas y tambores, acompañando a los alcaldes de las dos ciudades africanas, a los futbolistas y a una hinchada de más de un centenar de aficionados, que se sumaban a granadinos que venían en el tren botijo a ver también al divino guardameta.
Almería olía a la pólvora de los petardos, al almíbar de los tenderetes y por la noche esperaba una verbena que se celebraría por primera vez en La Alcazaba. Pero antes estaba la cita con el balompié.
Los jugadores, con pantalones bombachos, encabezados por Zamora, hicieron el paseillo por Regocijos, entre salvas de aplausos, como si fuesen gladiadores. El Sporting Almería aparecía reforzado cos los sevillistas Caballero y Brand y por el malaguista Huelin y con virtuosos jugadores locales como Soria, Jover, Blanes y sobre todo Trevijano.
El astro Zamora levantaba los puños como Espartaco y la multitud de indígenas y forasteros, bajo un quitasol improvisado de graderío, gritaba enfervoriza su nombre.
En el Diana como un Marahá
Venció el Sporting, por 4 a 2 con varias paradas antológicas a bocajarro del Divino y con algún numerito como el que solía hacer de sentarse en una silla de tijera bajo la portería durante unos instantes. Tres días mas tarde se disputó el segundo choque que también ganó el Almería por 4-1 con más público en los primitivos graderíos y mujeres que no paraban de piropear al enorme portero desde sus asientos.
Zamora se alojó durante esos días en el Balneario Diana, asediados por los aficionados, y fue tratado por la familia Jover como si de un maharajá de la India se tratara. Nunca más volvió un futbolista a despertar tanta pasión en la ciudad como lo hizo el gran Ricardo Zamora, el Divino.