La Voz de Almeria

Opinión

Calavera y Céspedes: El espejo mágico de la risa para los almerienses

Lleno hasta la bandera en el Auditorio para disfrutar de los robots con acento de Almería

Pepe Céspedes y Paco Calavera llenaron el Auditorio Maestro Padilla.

Pepe Céspedes y Paco Calavera llenaron el Auditorio Maestro Padilla.La Voz

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Paco Calavera y Pepe Céspedes triunfaron el sábado en el Maestro Padilla de manera arrolladora. Un triunfo que quedó patente en las interminables colas a las puertas del Auditorio mientras anochecía con el Mediterráneo de fondo. 

El título, ‘Tributo a Pepe Céspedes y Paco Calavera’, no deja de ser una broma irónica referida a la profusión de tributos a grupos musicales y cantantes. Ellos no tienen quien les rinda tributo porque nadie puede ser Pepe Céspedes y Paco Calavera en lugar de ellos mismos. De ahí, el lleno hasta la bandera.

Es una suerte para cualquier ciudad que el humor se convierta en un espejo mágico en el que pueda mirarse todo el mundo para partirse de risa con su propia identidad.

¿A quién se le podría ocurrir crear un robot profundamente almeriense? A Céspedes y Calavera. En un desternillante Congreso de Inteligencia Artificial y Robótica, el escenario del Auditorio tuvo el honor de acoger la presentación del robot 3’14. Un robot “alto pero gordo”, que se parecía mucho a Paco. Todo el mundo conoce en Almería a alguien idéntico a ese prototipo de inconfundible acento dispuesto a comer migas cuando asoma el primer nubarrón. Está claro que acabamos siendo aquello que nos hace reír, siempre que el humor se construya a partir de sus ingredientes esenciales: ingenio, talento y unas gotas de ternura.

Pepe Céspedes y Paco Calavera llenaron el Auditorio Maestro Padilla.

Pepe Céspedes y Paco Calavera llenaron el Auditorio Maestro Padilla.La Voz

La robótica también sirvió de fondo argumental para presentar a un humanoide concebido para ejercer de empleado en un bar de tapas almeriense hasta las trancas. En esta ocasión, el robot recordaba mucho a Céspedes.

Como parece inevitable a todas luces, la perspectiva de Almería según se mira desde la mesa de una terraza apunta siempre al problema de las comunicaciones. Más bien, a esa incomunicación inveterada que es una especie de mantra obligado por las circunstancias cuando se abordan cuestiones almerienses. Aunque no tiene, en el fondo, ninguna gracia esa carencia, Calavera y Céspedes desataron carcajadas poniendo el dedo en las incontables llagas de carencias en cuanto a medios de transporte. Un mal endémico que en esta provincia se ha cronificado, incluso empeorando cualquier diagnóstico. Por lo menos, Céspedes y Calavera tratan este mal provocando carcajadas con visos de reivindicación.

Los dos célebres cómicos almerienses, que dominan el monólogo y el sketch, plantearon un espacio de debate muy particular, emitido por un inopinado ‘Canal 66’, entendiendo que esa cifra alude al número de espectadores. El presentador y su invitada intercambian informaciones sobre personas conocidas de la audiencia que van causando baja por que le has llegado su hora, modificando sobre la marcha el nombre del canal. Pese a lo funesto de las razones que intercambian el conductor del programa y su anciana invitada, inesperadas ventosidades acaban por destrozarlo todo. El público se partía de risa.

El final del espectáculo, que se acercó a la hora y media, fue un ejercicio de improvisación a partir de palabras propuestas desde el patio de butacas. Pepe Céspedes asumió el papel de cantautor de fortuna para regalar una canción ingeniosa y divertida usando los vocablos propuestos. Jugando con el olvido intencionado de alguna de ellas, al final todo cuadró. Calavera no quiso dejar el escenario sin agradecer al respetable su abrumadora presencia, en términos de cariño mutuo.

Al terminar, se respiraba en el camerino las emociones vividas sobre las tablas. Casi que no era necesario preguntar por la experiencia. Lo que sí sirvió de comentarios a posteriori fue el apretado calendario que tiene por delante estos geniales almerienses que saben hacer lo más difícil hoy día: hacer reír sin querer parecer idiotas, esa mala costumbre actual nacida de los lodos de las redes sociales.

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