La Voz de Almeria

Opinión

Dónde está el Educador, Sacra

El maestro de piedra, alegoría de una de las profesiones esenciales de este mundo, debe volver a la Plaza de los tres nombres, donde se erguía desde hacía casi 60 años

Escultura del Educador en la Plaza Juan Cassinello desde 1969.

Escultura del Educador en la Plaza Juan Cassinello desde 1969.Educador

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Hay apuestas en el Todo Almería por saber dónde duerme el Educador. Yo digo que en un almacén de la Plaza Vieja; hay pujas por averiguar cuál será el futuro de la ilustre figura del maestro de escuela que interpretó aquel Fernando Fernán-Gómez en la deliciosa Lengua de Las Mariposas. “Aún no está definido el lugar donde se colocará el Educador”, ha dicho la concejala Sacramento. Debió partir de madrugada -el docente que mira  a sus alumnos con la testuz amagada, esculpido por Jesús Martín Lao en piedra de Novelda hace casi 60 años- porque nadie lo vio marcharse. Como nadie vio marcharse al Emigrante con su maleta de la Plaza Calderón, a la que nunca regresó tras perder un brazo en alguna lanzada. Quizá lo viera huir, al Educador, de su plaza algún albañil de color de la cuadrilla de obras (es más difícil encontrar un blanco en el tajo del Paseo que en Guinea conakry). Quién hubiera construido el nuevo Paseo o quién hubiera ejecutado las obras del Soterramiento sin estos trabajadores negros con chaleco fosforito.

Debe de estar nervioso a estas horas el maestro, estabulado en algún zulo, preso como el Conde de Montecristo, sin saber cuál será su destino vital. Está casi acabada la obra de la única plaza con tres nombres de la ciudad y no se ve asomo de este profesor mineral que mostraba un libro a una pareja de infantes sentados en una jardinera, como Aristóteles lo hacía con Alejandro en la lejana Macedonia. Tampoco hay atisbo del estanque, ni de las flores ni de la jardinera. El paisaje de las ciudades, como el de nuestra vida, es una carrera de relevos: el Educador acabó con el Kiosco de la Música, como Correos acabó con el Colegio de Jesús de Trinidad Cuartara y como éste acabó mucho antes con los despojos de la hacienda de un alfaquí medieval. Ahora llega a Juan Cassinello, a la Plaza de la Leche, un espacio minimalista, vacuo, como todo lo que se hace desde hace 30 años en Almería y en el mundo, desde que se urbanizó como una paramera la Plaza de la Catedral. No es tiempo de rococó, de gótico flamígero o de churrigueresco. Es tiempo de sabana, de amplias praderas adoquinadas por travertino de Alhama. Pero una ciudad son también sus iconos, algunas señas identidad que para los almerienses “de toda la vida” son innegociables: el Cañillo, por ejemplo, que cambió de acera, pero ahí sigue.

Y en algún lugar del Paseo debe -debería- seguir también este Educador, esta alegoría de una de las profesiones que contribuye a que el mundo sea un poco más civilizado. El maestro lleva ahí desde una tarde de julio de 1969 cuando lo inauguró el ministro de Educación Villar Palasí, el alcalde Gómez Angulo, y aquel concejal entrañable de oficio confitero llamado Antonio Yglesias. Ahí ha estado y ahí debería seguir como ejemplo de que somos lo que somos -de que somos lo que hemos sido y estamos siendo- por nuestros viejos profesores machadianos de tiza y pizarra, de tardes pardas y frías, estudiando monotonía tras los cristales; maestros eternos que hacían prender la llama de la razón, el fuego de la duda, entre los colegiales de infinitas generaciones de almeriensitos; ahí debería seguir el maestro, en su plaza, que ha sido testigo de tantas manifestaciones de alumnos de BUP del Celia Viñas, de tanto inconformismo juvenil contra la OTAN, contra la masacre de palestinos, contra el sursuncorda y como kilómetro cero de aquel movimiento del 15M del que han pasado ya 15 años, aunque no lo parezca. Debería volver a su casa ese maestro de piedra, ese emblema del mentor, del pedagogo, del maestro de siempre. Como deberían volver los kioscos: el Paseo puede vivir sin Zara y sin Louis Vuitton, pero no sin el kiosco de las Pipas. 

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