La Voz de Almeria

Opinión

Almerienses que reniegan de lo viejo (según convenga)

Ese repudio por el edadismo, por la arruga, por lo amarillo; y sin embargo, ese furor por recrear el pasado que se ha desatado en toda la provincia. Qué curioso

imagen de la Rebelión de El Joraique en Tahal.

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Este fin de semana un oligarca morisco llamado El Joraique se enseñoreará a caballo por las calles empedradas de Tahal. Le seguirá su tropa, sus alguaciles, sus arqueros llegados de Berbería. Regresará ese pequeño pueblo almeriense al siglo XVI, en un viaje al pasado en el que el bar del Boliche o la tienda del Cartucho harán más caja que todo el año. Lo mismo ocurre en otros municipios de la Almería profunda -y no tan profunda- una vez al año donde se engarzan recreaciones históricas que dan vidilla a esos distritos tan deshabitados la mayor parte del año. Es el caso de los Reyes Católicos en Fiñana, la Paz de las Alpujarra en Padules, la Batalla de Berja, los Oficios Tradicionales en Terque, la Recreación de Los Millares en Santa Fe o el Desembarco Pirata en San José. También se desempolva el libro de la historia en localidades de más enjundia como Carboneras, Mojácar y Vera con sus Moros y Cristianos, en Macael con sus Canteros y Caciques, en Antas con la Jornada de El Argar o en Huércal Overa con el Dia del Villazgo.

Son esos sábados y domingos en los que los vecinos de esos pueblos que escenifican su pretérito legendario se quitan el chándal, esconden los coches y sacan del armario la historia, su pequeña historia: de pronto, la plaza donde hemos jugado de niños vuelve a tener pregonero, las mujeres llevan mantones y los hombres gastan bigote postizo; por las calles aparecen soldados, labriegos, contrabandistas, bandoleros, señoras con vestidos que cose el expárroco y sastre Paco Martínez Botella; en Macael, el alcalde se convierte en Guardia Civil y el director de Cajamar en cantero con chaleco y punzón en la mano; en Mojácar, aquel alcalde, Carlos Cervantes, se travestía en kalifa de los Moros Viejos.

Las recreaciones históricas se han convertido en una de esas pequeñas liturgias que han ido creciendo a norte y sur del mapa provincial. No son exactamente teatro, ni una fiesta patronal, ni una clase de Historia al aire libre. Son una impronta que nace del corazón y que cose el sentimiento de pertenencia en el pecho de sus vecinos.

No hace falta viajar a los grandes escenarios medievales de Castilla para encontrar espadas, pendones y caballos. Aquí también tenemos nuestras batallas, nuestras conquistas, nuestros pleitos, nuestras minas, nuestros caciques, nuestros campesinos y nuestras historias de frontera. Uno llega por curiosidad, por acompañar a la familia o porque ha visto el cartel en una carretera. Se encuentra con un desfile, unas hogueras, un mercado, unos soldados y una batalla. Y cuando vuelve a casa quizá termina buscando en internet quién fue aquel personaje que acaba de interpretar un vecino. Almería tiene además una ventaja para este tipo de celebraciones: conserva un paisaje que todavía permite imaginar el pasado. Hay pueblos donde basta con mirar alrededor para entender por qué allí ocurrió lo que ocurrió. Una fortaleza sobre una loma. Una iglesia que sustituyó a una antigua mezquita. Una rambla que durante siglos fue camino. Una sierra agujereada por las minas. Durante unos días, el pasado se convierte en una excusa para que el pueblo vuelva a reunirse. El pasado sirve de pegamento

Existe, por tanto, cada vez más en Almería un furor por la recreación histórica, inversamente proporcional al rechazo que a veces provoca en algunos modernos lo viejo, lo antiguo, lo que huela a naftalina: a nuestros mayores los encerramos a veces en residencias para que no cuenten batallas de juventud, nuestros viejos libros los ponemos en almoneda, nuestros sentimientos antiguos nos los tratamos de arrancar de la cabeza como si fueran una careta. Y, sin embargo, no solventamos la contradicción entre ese rechazo que le profesamos al edadismo y esa apología que tenemos a veces por las cosas viejas, que diría Alejandro Buendía, el patrón de los Museos de Terque; ese repudio por la arruga, por el vinilo, por lo amarillo, por el papel, -ya no hay boletines escolares caligrafiados, ni fotografías reveladas, ni recibos de la luz impresos, pronto no habrá papel del culo- por todo lo que no sea terso como una pantalla hp; y al mismo tiempo esa querencia por lo digital, por lo cibernético, por lo que es tan frío, tan poco artesanal, como un bizum o un emoticono.

Y, sin embargo, ahí seguirán gente como Mari Carmen Amate o Valeriano Sánchez o Lentisco o Grima, para hacernos ver que la tradición da prestigio, que lo que tiene poso tiene valor, que el tronco antiguo le da sentido a las ramas, que los guisos de la Terraza Carmona son lo que son porque se basan en recetas de la abuela ciega, que el pan de Felix es bueno porque se cuece con leña centenaria, que el jabón Lagarto de hace 115 años sigue siendo superventas en la droguería de Juanjo; que lo vetusto, lo añejo o lo arcaico no es sinónimo de anticuado, trasnochado o viejuno, como piensan algunos flamantes. 

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