La Voz de Almeria

Opinión

De la ciudad al monasterio

Había unas normas, la principal el silencio

Monasterio de Suesa.

Monasterio de Suesa.

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Un día estaba tan desesperada que me puse a buscar en Internet monasterios donde poder realizar un retiro espiritual. Anoté nombres y teléfonos, y al final me decanté por uno que se ubicaba en Cantabria, cerca del mar. Como no podía entrar hasta un determinado día que no me encajaba con los vuelos desde Alicante, decidí pasar primero unos días en Gijón hasta que llegara el momento.

La experiencia fue maravillosa. El barrio de Cimavilla estaba en fiestas, la sidra corría por las calles y el cachopo se extendía en bandejas por las mesas de las plazas. En cada una había una música diferente. No muy buenas de sonido, pero la gente quería bailar. Me sorprende la diversidad de este país. Sin embargo, en la fiesta nos parecemos tanto. La alegría de vivir se esparce por España y es contagiosa.

Después de pasearme tres días por la bellísima playa de San Lorenzo y observar sus mareas, y constatar también que la temperatura del agua era bastante cálida, por eso había zonas prohibidas al baño debido a la presencia de carabelas portuguesas, partí para el Monasterio de Suesa.

Crucé la Bahía de Santander en un barquito precioso. Me coloqué en la proa, como si llevara el timón y desembarqué en Somo. Luego caminé varios kilómetros por caminos rurales. El tiempo era estupendo. Hacía calor.

Me recibió una monja trinitaria, Rosa, muy simpática. Me enseñó mi habitación y el comedor. Había unas normas, la principal el silencio. Comer en silencio con los otros huéspedes y llegar puntuales a las ceremonias religiosas.

Entre los huéspedes había un sacerdote italiano, Gianni, encantador. Lo sentí como un padre, un verdadero padre y me dio la bendición de despedida mientras mis lágrimas caían en cascada. De vuelta a la vida cotidiana y rutinaria, otra vez estoy desesperada y quiero irme.

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