Acerca del provecho que nos trae el hablar con cortesía

Don Quijote llevaba unos días enfadado desde aquel momento en que Sancho díjole, con malos modos, que poco aprovecharía de esas patrañas del lenguaje atenuado, vago y redundante, con las que su amo lo había entretenido sin beneficio alguno.


—Muchas y muy graves historias he yo conocido de caballeros andantes –comenzó don Quijote –, pero jamás he leído ni visto ni oído que los escuderos mostrasen malos modos o diesen alguna muestra de poco interés a la hora de aprender lo que sus señores les enseñan, sino que, muy contrariamente, jamás dejaron de oírlos cortésmente. Por esto, Sancho, no entiendo tu respuesta de hace unos días, máxime sabiendo que la cortesía es un don que no puede faltar en los buenos gobernadores de ínsulas. 


Cabizbajo mostrose Sancho tras lo dicho por su señor.


—¡Santa María!, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo este tiempo, desde que comparto aventuras con vuestra merced, pues siempre pensé que os servía con lealtad, con discreción y con buen talante, pero veo que esa creencia mía está tan lejos de ser cierta como lo está el cielo de la tierra. 


—De todo hay en estas últimas semanas –dijo Don Quijote–. Que parece que tus modales, en ocasiones, se acercan más a lo soez y baja ralea que a los propios de un gobernador. Has de saber, Sancho, que, en esto de la cortesía, antes se ha de preferir perder por carta de más que de menos. Por ello, nada ganas y sí mucho pierdes mirando mohínamente, con enrevesada cara, como lo has hecho últimamente. 



—Dígole otra vez que no sé bien lo que mi amo quiere decir, mas ya que, contra mi voluntad, dio comienzo a tal plática, bien puede seguir con ella para ver si atino su intención.


—Mira, Sancho, la profesión caballeresca ordena unas reglas ineludibles de trato entre caballeros y que, con mayor motivo y sin excusa alguna, deberán seguir los escuderos con sus amos. Son unos preceptos de cortesía que, si en algún momento pudieras asimilar y hacer tuyos, te permitirán un trato más comedido y refinado con tus súbditos.


 —Si entiendo lo que dice mi señor –respondió Sancho–, bien me puede servir como gobernador, pero no como escudero, pues sabe vuestra merced que «allá van leyes do quieren reyes»


—Deja ahora lo malditos refranes, que hablamos de leyes de caballería –dijo don Quijote, algo molesto–. Estas son las que obligan al andante caballero no solo a que enderece tuertos, enmiende sinrazones y evite abusos, sino que se comporte con mesura y cortesía. Y para eso último habrá de seguir esos preceptos. Por ejemplo, un caballero ha de solicitar la autorización para tomar la palabra si esta está en la boca de otro. Para ello, se dirigirá a su oponente con enunciados cuyos inicios pueden ser: «Si me permite, caballero Amadís de Gaula, que le diga algo, podría…; «Si me deja el caballero Esplandián que le refiera una cosa, le recitaría…», «Si admite, el caballero Florisando que le apunte un pequeño detalle, pues…», etc. Tales inicios de participación van a hacer que el resto de lo platicado parezca más firme y fecundo, pues será más apreciado por cualquier oyente recto, por cualquier otro caballero o criado que asista al encuentro. Por ello, entre los andantes se conoce como precepto de tacto.


A lo que respondió Sancho:


—Señor, siempre me habla vuestra merced de esas leyes, que no entiendo, como si no fueran suficientes las divinas y humanas, que permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarlo. Vuestra merced puede seguir platicando, pues, como le oí decir a un letrado amigo suyo, «virtud es conocer leyes que alguna has menester»


—Mira, Sancho, otra actitud que muestra cortesía en el trato entre caballeros fue la mantenida en un caso por Palmerín de Oliva y, en otro, por el portugués Primaleón, quienes supieron menguar su propio beneficio y maximizar el de su interlocutor. Por ejemplo, recuerdo el día en que, en una mesa redonda con más de veinte caballeros, levantose Palmerín de Oliva de su sillón y dijo así de bien: «Yo desearía dar un par de razones las cuales, creo, nos podrían ayudar a todos a centrar la cuestión, porque…», y de esta guisa intentó ayudar a todos los allí reunidos. Todos ellos aceptaron maravillados lo que dijo, también por el modo en que lo dijo. Es el principio que los caballeros denominamos precepto de generosidad. Efecto contrario causó lo dicho, momentos antes, por Florisel de Niquea, una mentecatez ante la cual muchos caballeros se sintieron molestos, y fue esta: «Aquí estamos todos perdiendo el tiempo dado que…». 


—Yo soy venturoso cuando me platica para que mi habla pueda ser más provechosa –dijo Sancho–, si bien buena idea sería dejarlo para otra mejor ocasión, pues ahora algo hemos de comer, que la noche se acerca y aún no conocemos dónde habremos de pasarla. 


—Razón tienes, Sancho, dejémoslo aquí y sigamos con las leyes de cortesía en otro momento, que bien te vendrán. 


Los dos comieron lo poco que traían y lo hicieron en buena paz y compaña. Mas, deseosos de buscar dónde podrían alojarse, acabaron con brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a sus cabalgaduras y diéronse priesa por llegar a un poblado antes de que anocheciese. 

 

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