Las generosas madres del “oro blanco”

Los quince bancos de leche de España  recibieron  el pasado año más de cien mil litros de leche, procedentes de las casi dos mil trescientas donantes, que se utilizaron para apoyar la alimentación de más de tres mil trescientos recién nacidos en setenta y dos hospitales españoles.  Cuarenta o cincuenta años atrás, estos pequeños habrían tenido serias dificultades para su normal desarrollo de no ser por las amas de cría o nodrizas, precursoras de estos bancos de “oro blanco” de los que Andalucía cuenta con tres, que atienden las necesidades de toda la comunidad. 


Mucho antes de la creación del primer banco de leche materna (Baleares, 2001), la alimentación de los recién nacidos cuyas madres andaban escasa de tan exclusivo alimento guarda un largo historial que se instituye en el siglo XVII con  la figura de la nodriza, imprescindible en las casas de la nobleza española. La casa real de Fernando VII reclamó la primera nodriza española para Isabel II de Borbón, Princesa de Asturias y Reina de España. Francisca Ramón González, natural de Peñacastillo, en Cantabria, fue su nombre. Con posterioridad,  a partir de finales del siglo XIX comenzó una migración continúa de madres lactantes procedentes de Vascongadas, Asturias, Galicia y Cantabria, principalmente  del  Valle del Pas, hacia todo el país, pero sobre todo a Granada, donde eran contratadas por mujeres de familias pudientes a las que el escritor Julio Belza  definió como “madres melindrosas o con impotencia a la hora de amamantar a sus críos”.


Aquellas nodrizas, cuyas predecesoras de la Corte les llevaban dos siglos de adelanto, debían ser jóvenes recién paridas sin haber cumplido los veintisiete años, robustas y bien dotadas por la naturaleza. Partían de su patria chica, casi siempre en carretas de vecinos dedicados a la venta ambulante de productos de su tierra, quienes recorrían los territorios patrios. Emprendían su viaje “laboral” tras haber parido y lactado a su hijo natural durante un mes, y como el trayecto duraba bastante tiempo llevaban consigo un cachorrillo de perro al que amamantaban durante el viaje para que no se les cortara la leche.


Aquellas mujeres decididas y sacrificadas, que consiguieron sacar a sus familias adelante con su “gota a gota”, cogían mucho cariño al cachorro de turno, que quedaba al cuidado de los vecinos que las habían ayudado en el  viaje. Dada su procedencia cántabra se les llamaba por su gentilicio –pasiegas-, cuyo término dio nombre a la plaza que acoge la fachada de la catedral granadina.



Aquellas pasiegas, que cuentan con el Museo de Amas de Cría de Seslaya, tan solo se asemejan a las numerosas madres de leche que después han sido en nuestra geografía por la alimentación que han prestado. Qué ciudad, aldea o municipio no ha contado en las últimas décadas con una relevante nómina de amas de cría. Son muchas las madres de leche de mi pueblo que aún habitan en su postiza descendencia e, incluso, las que aún recuerdan tan generosa acción. Es el caso de Dolores Sánchez Torregrosa, “Lola la de Cipriano”, quien a sus noventa y seis años rememora  cómo muchos de sus hijos de leche son también de la Benemérita porque amamantó a muchos niños del cuartel de la Guardia Civil, colindante con su casa, o a una de mis hermanas, coetáneos de su vástago Antonio: “¡Con qué alegría les daba de mamar a todos los críos!. Los llevaban a mi casa y me decían “Lola, haz el favor de darles una gotica que es lástima”. Es que tenía mucha leche y daba pena que se perdiera, pero ni cobraba nada, ni necesitaba las gracias, yo lo hacía con todo el gusto del mundo”.


Algunas otras madres del “oro blanco” que contribuyeron a la supervivencia de mis vecinos fueron “Rosa la Chipilina”, quien amamantó al desaparecido y polifacético Francisco Torres, “Mecayí”, Magdalena Encinas, Lucía Sánchez, Isabel Gómez “La Chulla”, que dio de mamar a mi amigo Juan Reche  o Josefa Ramírez, mi extinta  madre de leche. Todas hicieron tan altruista donación  que siempre será impagable.


Otras amas han vivido en el anonimato, no fueron contratadas por la nobleza y no tienen una plaza con su nombre ni un museo que las honre, aunque merezcan un eterno reconocimiento y un inequívoco gesto de agradecimiento vital, pero cuentan con el recuerdo entrañable y el cariño de quienes nos sabemos hijos de nuestras particulares pasiegas, las otras generosas madres del “oro blanco” que nos alimentó.


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