La Voz de Almeria

Opinión

¿Por qué no se jodió el Reino de España?

Se me caía la cara de vergüenza explicando la situación a un viajero inglés que vagaba perdido por el caos en que se ha convertido Atocha

Imagen de trenes.

Imagen de trenes.Carlos Miralles

Manuel Sánchez Villanueva
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En mi pasivo vital llevo un cierto número de vivencias negativas, compensadas por otras en las que la vida pareció sonreírme. Una de estas fue mi incorporación al sector exterior de la economía, en el periodo que se inició el 1 de enero de 1986, cuando se sucedieron una serie de hitos, comenzando por la entrada de España en la CEE, seguida de la eliminación de restricciones a los movimientos internacionales de capitales y terminando con la aplicación del euro.

El primer aldabonazo me llegó en el aeropuerto de Gatwick, cuando evité las interminables colas que había sufrido hasta entonces. A partir de aquella, se sucedieron las experiencias que me insuflaron confianza en que, por fin, formaba parte del primer mundo.

Sentía viento de cola porque el país iba tomando protagonismo en la esfera mundial. Se sucedían las exposiciones universales, olimpiadas, cumbres internacionales y nuestro jefe del Estado se fotografiaba en buenos términos con Bush o Gorbachov. En aquella época, el AVE tenía mejor índice de puntualidad que el TGV francés y, al recibir a clientes holandeses o finlandeses. me felicitaban por la red de autovías.

Fue entonces cuando, a imitación de las comunicaciones del Tesoro Público, algunos operadores de la red internacional Swift comenzaron a incluir en los mensajes alfabéticos la referencia al Reino de España. En mi caso, firmaba con mi nombre, la ciudad que correspondiera y un orgulloso Kingdom of Spain.

Estos recuerdos me asaltaron mientras intentaba relajarme, contemplando las blancas cumbres de Sierra Nevada, de la indignación provocada por la lectura en la prensa del accidente ferroviario de Aldamuz, coincidente con el desastre generado en las cercanías catalanas. Y no ayudaba el hacerlo desde un autocar de Ramón del Pino que nos había rescatado en la estación de Guadix, el pasado 28 de enero, de un viaje desde Madrid, digno del tren que atraviesa los Urales en la entrañable película El Doctor Zhivago.

Ahorraré las peripecias de diez horas y veinte minutos de periplo, en el que no reprocho los retrasos por causas climatológicas, sino la falta de previsión y la ausencia de empatía hacia casi cien pasajeros entre los que había un alto porcentaje de personas de edad avanzada y niños. De hecho, se me caía la cara de vergüenza explicando la situación a un viajero inglés a quien rescaté mientras vagaba perdido por el caos en que se ha convertido Atocha.

Intentando encontrar una explicación a este aparente retroceso social, poco antes de llegar a Abla recordé una conferencia de nuestro paisano el escritor y experimentado diplomático Jose María Ridao en la que sostenía que España no es en modo alguno un país corrupto o semi fallido, pero que sí padece de unos altísimos índices de corrupción institucional. Siguiendo esa línea, vino en mi auxilio el amigo Acemoglu para recordarme que el efecto directo de este tipo de perversión es erosionar la confianza ciudadana y sobre todo frenar el desarrollo. Y a partir de ahí no me costó trazar una línea desde Juan Guerra, Filesa y Naseiro, hasta llegar a Gurtel, Poniente, ERES, Mascarillas, Koldo y así hasta la náusea.

Conectando con otros autores, recordé que en España esa lacra ha sido históricamente un fenómeno estructural, únicamente minimizado en el periodo de la transición, cuando la sociedad civil y la prensa tenían una pujanza tal que actuaban de contrapeso. Pasado ese corto periodo, todo el espectro político, muy especialmente los que van por la vida de antisistema de un signo u otro y que al final se limitan a pescar en río revuelto sin arrimar el hombro, volvieron a considerar la gestión pública como su patrimonio exclusivo.

Sin embargo, la gran pregunta a esta argumentación sigue siendo el porqué, a diferencia de otros países cercanos geográfica o culturalmente, de manera casi misteriosa nos las arreglamos para que aquí las cosas sigan funcionando y me atrevería a decir que incluso avanzando.

Para cuando, maleta en mano, miré el reloj de la vieja estación terminal de Almería, me rondaba la idea de que quizás se lo debemos a los millones de españoles que cumplen con su labor día a día, a los activistas de los movimientos sociales que a pesar de las presiones mantienen una lucha desigual para mantener viva la sociedad civil, a los comunicadores que todavía no han renunciado a su independencia o a los empleados públicos que se siguen considerando servidores del estado y no palmeros del cantamañanas que les ha puesto el partido de turno para hacer de comisario político.

Puede ser esa la causa de que, a pesar de todo, ninguno de nuestros autores patrios haya escrito todavía nada similar a la icónica frase del maestro Vargas Llosa: ¿Cuándo se jodió el Perú?

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