¿Cómo le hubiera ido a Almería si se hubiese unido a Murcia?
Carta del director

Cartel en Sorbas que muestra Almería y Murcia
Desde que en los últimos años setenta un sector de la UCD liderada por Juan Antonio Gómez Angulo pusiera sobre el escenario político el argumento de una posible comunidad autónoma del sureste formada por Alicante, Murcia y Almería, la sombra de la unión política y administrativa con nuestros vecinos más próximos siempre ha estado presente. Es el efecto inevitable de ser tierra de frontera: la permeabilidad económica, social y cultural es tan intensa que el sentimiento identitario, tan excluyente en algunos territorios, queda diluido.
La geografía fronteriza de Almería provoca que determinadas zonas geográficas sean tan permeables a las influencias granadinas y murcianas que provocó que los almerienses que habitaban en esas zonas geográficas se sintieran, casi siempre, más cerca de sus vecinos de Lorca o Granada que de los que vivían en la capital de la provincia. Una situación emocional que tenía sus raíces en la cercanía territorial con sus vecinos de las otras dos provincias- la antigua carretera infernal que conectaba el Almanzora y el Levante con Almería alejaba más que unía-, pero, sobre todo, en las carencias de una capital más cercana a un poblachón que a una ciudad moderna. Cuando Almería aún no había iniciado el camino hacia el progreso, Murcia y Granada ya eran dos ciudades consolidadas en su camino hacia la modernidad.
La ausencia de ese elemento vertebrador provocada por su absoluta carencia de servicios- la capital era, como tan acertadamente la definió el inolvidable Fausto Romero, “la Puerta de Purchena rodeada de suburbios"- encontraba su otra cara de la moneda en nuestros vecinos más cercanos.
Hasta los ochenta tardíos recurrir a un medico especialista, iniciar una carrera universitaria o comprarse el traje de boda eran actividades casi imposibles de realizar en la capital almeriense. El centro neurálgico de la provincia era un páramo desolado en el que convivían un reducido ejército de héroes sanitarios armados sólo con su sabiduría, pero sin armas de diagnóstico adecuadas, un batallón de comerciantes más cercanos a la filosofía del monocultivo de tendero de puerta y ventana y un desierto académico salpicado solo por los oasis de la Normal, la escuela de graduados sociales y poco, o mejor, nada más.
Esta situación de desamparo y resignación- un verbo que ha hecho tanto daño a los almeriense que debería estar prohibido en el diccionario de la provincia- ha sido, y para algunos todavía continúa siendo, el impulso emocional que sustentaba la ilusión de que uniéndonos con Murcia nos iba a ir mejor.
Un escenario cuya bondad nunca sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que cuando Almería tenía en Murcia a las empresas que comercializaban nuestros productos agrícolas, las aulas para acabar una carrera universitaria o los medios de diagnóstico del hospital Virgen de la Arrixaca para detectar sus enfermedades, Almería era una colonia periférica a la que granadinos y murcianos siempre miraron con una mezcla de afecto, pero también de interés. Por cierto, un interés de mayor intensidad que el mostrado por la urgencia en terminar las autovías entonces con Guadix o Lorca o la aceleración de la llegada del AVE con Murcia ahora.
Estar en la periferia tiene esos costes. Para ir de Almería a casi cualquier parte del mediterráneo levantino o de Europa hay que pasar por Murcia. Para ir de Murcia a casi todas partes no es necesario pasar por Almería. Una circunstancia que hace que lo que para Almería sea urgente, para Murcia sea secundario.
Cuarenta años después de aquella irrealizada y ya constitucionalmente irrealizable unión de Almería con Murcia, la provincia más oriental de Andalucía es hoy un escenario de progreso y de innovación. Aunque algunos se resistan a aceptarlo, la distancia socioeconómica de Almería con Granada o con Murcia se ha reducido tanto que solo pensarlo da vértigo. A nuestras provincias vecinas hay que ir, pero no hay que irse para estudiar, vender, comprar o curarse. Y el ejercicio de esos cuatro verbos sin salir de nuestras fronteras provinciales se ha conseguido bajo el paraguas de nuestra pertenencia a Andalucía. ¿Que se ha tardado demasiado y se debería haber hecho antes?, sin duda. Pero si algo demuestra la realidad es que en cincuenta años de democracia y autonomía España, Andalucía y Almería han avanzado más, mucho más, que en quinientos años de autoritarismo medieval y centralismo. Que nadie lo olvide para que el populismo antisistema no acabe nublando la razón.