La Voz de Almeria

Opinión

El señor de Gladys ya tiene su Escudo

Juan Rigaud Felices recibe homenaje después de toda una vida consagrada al comercio y a abanderar una Almería mejor

Juan Rigaud Felices, nacido en 1932, recibiendo el Escudo de Oro de la Ciudad de Almería.

Juan Rigaud Felices, nacido en 1932, recibiendo el Escudo de Oro de la Ciudad de Almería.

Manuel León
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Hace bien la alcaldesa -dicen que mundial- de Almería (o a quien se le haya ocurrido dentro de la Casa Consistorial) de homenajear a los vivos. El otro día fue a Juanjo el de la droguería de la calle Las Tiendas. Ahora ha sido a Juan Rigaud Felices, a un buen almeriense, a un almeriense bueno, que veíamos hasta hace poco en las inmediaciones del Club de Mar haciendo ejercicios de jubilado y que ya lo vemos menos por las limitaciones que da haber nacido en el año de la Polka de 1932. Juan siempre soñó -porque soñar es gratis- con una Almería más hermosa y a fe que luchó por cumplir su sueño: hasta hace poco iba con un cartapacio bajo el brazo haciendo fotocopias en la Plaza Marqués de Heredia, con todas las gestiones que había hecho por la urbanización de la Rambla, por todos los entuertos que había contribuido a resolver en las décadas de los 80 y de los 90 sobre todo.

Juan era el nieto de un francés que llegó a Almería a hacer negocios y el hijo de un maquinista de Renfe y pronto quiso alejarse de ese mundillo de hollín, silbato y vagones de madera de su progenitor. Estudió comercio con Gregorio Núñez Noguerol en la calle Gerona y se fue a Barcelona a trabajar como contable del ramo textil. Volvió a su Almería con experiencia en moda y abrió tienda en la calle Ricardos, después en Conde Ofalia y, por último, en 1962, en el Paseo, en el viejo caserón de Andrés Cassinello, donde regentó la evocadora Gladys, junto a la cafetería del mismo nombre, de su primo José Rigaud Linares, donde jugaban al cinquillo las Pititas de Almería, que había sido el Café Colón y antes aún unas antiguas caballerizas. Allí organizó Juan Rigaud muchos desfiles de moda y también en La Alcazaba y en el Teatro Cervantes y se especializó en ropa de mujer y trajes de novia a medida, dando siempre un plus de calidad a aquella ciudad que se abría a una nueva época con creadores de alta costura que él traía agarrados del brazo. Pero no era -no ha sido- este Juan un hombre codicioso de negocio, que abría y cerraba la persiana y se iba a cenar con su mujer Amelia y sus cuatro hijos. No, no era un comerciante al uso Juan. Él se implicaba: se implicó a la cabeza del movimiento ciudadano de la Plataforma ProRambla, junto a Enrique Martínez Leyva y muchos otros; fue uno de los instigadores de la Asociación de Comerciantes Alcentro, de la Plataforma por la Recuperación del Casco Histórico. No había Plataforma donde Juan no se subiese, cuando abandonaba por unas horas la seda y los encajes de la boutique. Recogió 4.000 firmas para la recuperación de la Plaza Vieja, para la remodelación del Mercado Central, para la llegada de minicines al Centro, aunque se estrelló la mayor parte de las veces. No es que él lo hiciera todo, pero aguantaba su vela. Y por su pasión por la pintura fue impulsor del Museo Doña Pakyta y gestionó las primeras cesiones de obras celebérrimas del Museo del Prado.

“Las ciudades no se construyen solo con ladrillos, se construyen también con ideas”, reflexionó ayer el hijo del maquinista de la Renfe, el patrón de la recordada Gladys del Paseo, mientras recogía emocionado, con la mente más o menos fresca, en el Salón de Plenos, de manos de María del Mar Vázquez, el Escudo de Oro de la Ciudad, su ciudad, por la que tanto batalló Juan Rigaud Felices, a quien yo recuerdo siempre, si no le importa a él, como el Hombre-Rambla.

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