El 23-F y la conexión Mojácar
Dos de los golpistas, Antonio Tejero y Luis Torres Rojas, llegaron a comprar dos parcelas en La Paratá de Mojácar junto a su amigo Serafín Alarcón

El golpista Antonio Tejero en el Congreso de los Diputados la tarde del 23 de febrero de 1981.
Aquella mañana del 23 de febrero de 1981 era lunes y el general Luis Torres Rojas cogió un avión desde La Coruña, donde era gobernador militar, hasta Madrid para cambiar la historia de España. Había nacido en Melilla, residía en la capital gallega, pero parte de su corazón estaba en el Levante almeriense. Quizá en ese vuelo inquietante, ese veterano militar fuese pensando en las dos parcelistas que había comprado en Mojácar a los del Puntazo, una para él y otra para revendérsela a su amigo Antonio Tejero, que a esas horas estaba ya en capilla limpiando su revólver y engolando la voz delante del espejo; quizá se acordarse, a bordo del avión, de su amigo Serafín Alarcón y de su esposa Gloria Fuentes con quien tantas veladas agradables había compartido en su chalet mojaquero en La Paratá.
Torres Rojas aterrizó en Barajas y se fue directo a su antiguo cuartel de la Acorazada Brunete, el mismo que había tenido que abandonar por la puerta de atrás, como un ratero, acusado por el Gobierno de Suárez de conspiración golpista. Torres Rojas se había sumado, sin titubeos, a los preparativos del golpe de Alfonso Armada, con la confianza absoluta de que el soberano Borbón estaba detrás. Su papel en el Golpe era relevar a su amigo del alma, el sargento Antonio Tejero, con toda la fuerza de la Acorazada Brunete patrullando por las calles de Madrid. Su llegada a la capital fue un golpe de efecto y fue comunicada por Ricardo Pardo Zancada a Milans del Bosch con la contraseña: “La bandeja está grabada”.
Pero, al parecer, el nieto de Alfonso XIII no estaba detrás de la asonada y antes de que oscureciera en San Jerónimo, Torres Rojas tomó un avión de regreso a su despacho militar coruñés: La sublevación no fue como la triunfante del General Pavía entrando a caballo entre los leones de Las Cortes y Antonio Tejero, que ayer falleció en Alzira (Valencia), quedó “como una colilla”, que dijo su esposa, con su pistolón ya mudo y su tricornio de charol sin el brillo acostumbrado
El fallido Golpe de Estado hizo que Torres Rojas diera con sus huesos en la cárcel de El Ferrol con una condena de 12 años por Rebelión Militar, aunque salió en libertad condicional en 1988, truncando así los planes para iniciar la construcción de su casa en Mojácar para la que ya había encargado el diseño a un conocido arquitecto madrileño.
Torres Rojas, un militar atractivo en buena forma física, que se levantaba a las 7 de la mañana a hacer footing cuando pasaba unos días de vacaciones en la casa de su amigo Serafín en la cumbre de Mojácar, falleció en 2014, con la vista muy disminuida, sin haber podido cumplir su sueño de la casa de veraneo en Mojácar y lamentándose de que “el 23-F no salió adelante porque no se le echaron los huevos del 18 de julio”.
Su amigo Serafín, militar como él y oriundo de Los Gallardos, nunca comulgó con sus ideas golpistas, aunque no fue óbice para que mantuviesen una grata amistad. De hecho, fue a visitarlo a la prisión como buen amigo suyo que era. En una de esas visitas, Serafín conoció a Antonio Tejero y hablaron de esas parcelas mojaqueras que habían comprado a medias, donde dos de los protagonistas del Golpe del 23-F querrían haber disfrutado de un retiro dorado mirando a la costa berberisca de Macenas. No pudo ser, a pesar de que el bueno de Serafín, un caballero demócrata, les había hecho amar ese vergel almeriense y los descendientes terminaron vendiendo los dos solares años después.