La Voz de Almeria

Universidad de Almería

Mirela, la rumana que comenzó en Almería limpiando casas y se doctoró 'cum laude'

Pasó años estudiando y trabajando a la vez, decidida a demostrar a todos -y sobre todo a sí misma- que merecería la pena

Mirela Ileana Buzica, doctora Cum Laude en Educación.

Mirela Ileana Buzica, doctora Cum Laude en Educación.

Elena Ortuño
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Hace apenas unos días, el Paraninfo de la Universidad de Almería acogió uno de los actos más solemnes en la vida académica: la investidura como doctores. Un total de 54 investigadores alcanzaron oficialmente el máximo grado universitario. Entre ellos, Mirela Ileana Buzica, la primera de su familia en lograr tal distinción.

Arropada por los aplausos y por palabras cargadas de orgullo, Mirela no solo celebraba un título. En ese instante también estaban presentes su viaje desde Rumanía, los años limpiando casas y aquellas madrugadas interminables devorando miles de páginas para abrirse camino en un país al que un día llegó sin dominar siquiera el idioma.

La decisión: de turista a inmigrante

"Y tú, ¿qué vas a hacer allí?", le preguntó su madre. Más de dos décadas después, aquel interrogante, teñido de preocupación e incertidumbre, sigue resonando en la memoria de Mirela. Era la respuesta que recibió cuando le confesó que no volvería a Rumanía, que su lugar estaba en España. Hoy, cualquier duda se ha desvanecido: Mirela Ileana Buzica es doctora cum laude en Educación.

En 2004, llegó a España casi por casualidad. Tras tres días de viaje en autobús desde Rumanía, la recibió un país que nada tenía que ver con las gélidas temperaturas que la habían despedido. "Venía de -22ºC y aquí había 20ºC. El clima de Almería me impactó muchísimo", recuerda, para después añadir que no tardó en cambiar de idea: "La idea era pasar unas pequeñas vacaciones aquí, con mis primas, y volverme a mi casa, pero me gustó tanto todo esto que decidí quedarme".

Mirela durante la ceremonia, celebrada el pasado 20 de febrero.

Mirela durante la ceremonia, celebrada el pasado 20 de febrero.

Tenía 23 años, un graduado en Bachillerato y cero conocimientos sobre el idioma. Sin papeles más allá de un permiso de tres meses y sin plan previo, decidió comenzar como tantas otras mujeres migrantes antes que ella: limpiando casas y cuidado a personas mayores.

"Nunca había hecho eso, yo en Rumanía trabajaba en una oficina", reconoce Mirela, para quien el impacto fue fuerte: "Me dije: 'Si he decidido quedarme, es lo que hay. Me tengo que acostumbrar'". Lo hizo sin la comprensión de su familia, quienes no entendían ese cambio: "Mi madre me dijo: '¡Con todo lo que me he esforzado para que tengáis buen trabajo y viváis bien!'. No entendía que era un paso necesario, pero temporal".

Y así fue. Lo cierto es que nunca se llegó a acostumbrar del todo. Como "inconformista nata", aprendió español de manera autodidacta, con diccionarios y libros de primaria que le prestó una maestra: "Me estudié todos los libros de la lengua española, traduciéndolos como podía". Limpiaba por la mañana y estudiaba por la tarde. Su vida se redujo a la rutina: "Trabajaba y estudiaba. No hacía nada más".

Su etapa estudiantil

En 2009, inició la convalidación de sus estudios, para la que tuvo que repetir segundo de Bachillerato, porque no había hecho la selectividad en su país. La hizo, la aprobó y se volvió a preguntar: "¿Y ahora qué?". Y ante esa duda, que todo el mundo se ha preguntado alguna vez en su vida, un sencillo recuerdo emergió en su memoria: una pequeña Mirela que jugaba a ser maestra con sus muñecas.

Y con ese fugaz retazo agarrado como un salvavidas, decidió estudiar Educación Infantil. Sin plaza pública, a distancia y trabajando como limpiadora para poder pagarlo de su bolsillo, logró sacarse la carrera y conseguir su primer empleo como educadora: "Me sentí realizada. Era una cosa que me había propuesto y ahí estaba". Pero volvió, de nuevo, el inconformismo: "Ya estaba en un aula, pero seguía sintiendo que no avanzaba".

Acto ceremonial de los doctores y doctoras de la UAL.

Acto ceremonial de los doctores y doctoras de la UAL.

Se matriculó en Educación Social en la Universidad de Almería. Trabajaba de 9.00 a 17.00 y, cuando cerraba la puerta de casa, comenzaba su segunda jornada. A veces no podía asistir a clase; su horario no se lo permitía. A cambio, los profesores le enviaban tareas adicionales para compensar cada ausencia. "Tenía más trabajo que mis compañeros", recuerda. 

Había días en los que, exhausta, se hacía siempre la misma pregunta: "¿Para qué hago esto?". Pero la respuesta llegaba con la misma firmeza: "Cuando me propongo algo y lo quiero de verdad, al final lo tengo que conseguir". 

Fue delegada de clase, representante estudiantil, acumuló matrículas de honor... En medio de ese esfuerzo silencioso, el profesor Luis Ortiz supo ver en ella algo más que buenas notas: intuyó determinación, curiosidad, hambre de conocimiento... La animó a investigar y así, casi sin darse cuenta, se encendió otra chispa.

Un doctorado con un significado personal

60 plazas y cientos de aspirantes al doctorado le hicieron pensar que "no entraba ni de broma" y, sin embargo, su 9,5 obró 'el milagro'. Allí se percató de que no todos la apoyaban: "Me decían: '¿Tú a dónde vas? Si vienes de Rumanía, qué vas a hacer tú en un doctorado?'". Su respuesta es hoy casi una declaración de principios: "Aprendí que lo más importante es creer en uno mismo, más allá del ruido". 

Centrada en una tesis sobre la educación inclusiva, dedicó tres años de su vida a leer y trabajar: "Para escribir un libro de 300 páginas, tienes que leer 30.000. Una tesis doctoral es aportar conocimiento a la sociedad. Yo no quería un título, quería ser útil", explica con firmeza.

Investidura de los doctores y doctoras en la UAL.

Investidura de los doctores y doctoras en la UAL.

Pero antes de llegar hasta ahí, hubo sombras. En su primer año en España, su padre se suicidó. "Fue un momento muy difícil que tuve que superar", cuenta, como quien ha aprendido a sostener el dolor sin dejar que la paralice. Todo aquello, que en su día pesó como una losa, terminó dando más sentido que nunca a su decisión de quedarse en España.

Cada pérdida, cada madrugada estudiando después del trabajo, cada duda ajena convertida en desafío propio, hizo que la defensa de su tesis no fuera solo un logro académico, sino una confirmación íntima y personal: había acertado al no volver atrás. 

Ahora, cuando su madre le pregunta con una mezcla de orgullo y asombro "pero, ¿de verdad eres mi hija?", Mirela sonríe sabiendo que el camino valió la pena. Porque si algo ha aprendido es que no es tanto la inteligencia lo que transforma una vida, sino el esfuerzo y la constancia de quien decide no rendirse.

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