‘La desbandá’, de Enrique Brinkmann
En pocos lugares tendría más sentido exponer la obra del artista malagueño que en Almería

‘Archivo de la Desbandá’, óleo sobre lienzo (2022).
Tuvo que llegar muy pronto a oídos de un jovencísimo Enrique Brinkmann (Málaga, 1938) el relato del trágico episodio que viven los malagueños en enero del 37, cuando el ejército sublevado a las órdenes de Queipo de Llano toma la ciudad y persigue por la costa a una población que huye aterrorizada camino de Almería. Brinkmann, nacido poco tiempo después de la masacre cometida por las tropas franquistas, es uno de tantos españoles que sospecha que durante la Transición aquellas heridas de la guerra se cierran en falso. Quizás por ese motivo pinta en 2022 ‘La desbandá’, una obra que descubro casualmente en una visita a la galería Joan Gaspar, en Barcelona. Esta breve semblanza del autor y de su obra es la del agradecimiento por su compromiso con los valores de la democracia.
Si digo que Brinkmann refleja en ‘La desbandá’ buena parte de la memoria colectiva de un país, creo que no exagero. Su compromiso artístico no se entiende sin haber asumido previamente su condición de ciudadano y aunque en su larga trayectoria creadora destaque una mirada íntima, introspectiva, y lírica, Brinkmann no es ajeno a los latidos de una sociedad que en determinados momentos espera del arte una voz crítica y de denuncia.
¿Quién es Brinkmann?
Para quienes no lo conozcan les diré que nace en el mismo bloque de viviendas que Picasso, en la malagueña plaza de la Merced. Hijo y nieto de alemanes, viaja siendo todavía pintor joven a Colonia y Berlín, ciudades donde reside unos años, exponiendo su obra y visitando otras capitales europeas.
Sus inicios están unidos a la literatura a través de las lecturas de Dostoievski, lecturas que le orientan definitivamente hacia la pintura. Al principio su obra es figurativa, y “doliente” que diría el crítico Juan Manuel Bonet, con esa grisura de la sociedad española que vive en una posguerra que parece no tener fin. En sus cuadros aparecen extrañas figuras, seres casi fantasmales, que delatan su pesadumbre desde un surrealismo entre tinieblas o en menor medida desde el más personal informalismo. A partir de 1985 su pintura cambia radicalmente y deja atrás la oscuridad para abrirse a una abstracción que va ganando lúmenes, con esa delicadeza de trazo y color que tan bien lo define desde entonces.
Brinkmann se prodiga en exposiciones dentro y fuera de España, adquiriendo prestigio más allá de nuestras fronteras. En el año 1989 expone en la mítica Sala Gaspar y más de dos décadas después en 2024 lo hace en la nueva galería barcelonesa Joan Gaspar, mostrando por primera vez ‘La desbandá’, la pieza más simbólica de toda aquella serie. No es éste un cuadro al uso sino lo que su autor denomina “archivos”, cuadros que saca de la pared y coloca en un soporte metálico, porque la obra trasciende los habituales parámetros expositivos. Un óleo sobre lienzo, de gran formato, 235 x 147 cm. que tiene esa impronta de denuncia del genocidio. El artista ha defendido siempre la verdad en el arte, incluso anteponiendo la coherencia al propio estilo, esa verdad que desde la ética personal recorre su larga trayectoria como artista.
De lo que popularmente se conoce como ‘La desbandá’ hay memoria por los reportajes fotográficos de Robert Capa y Gerda Taro, y los escritos de Norman Bethune, el médico canadiense que tantas vidas salvó, pero son poquísimos los cuadros que existen sobre el dramático suceso. Recuerdo a dos artistas republicanos que pintaron desde un realismo aguerrido escenas de esa travesía de desesperación y muerte. La larga caravana de mujeres y niños del sevillano Helios Gómez, de título ‘Evacuación’, y el cuadro de Eleuterio Bauset, ‘Bombardeo’, imagen de enorme fuerza y expresividad, muy directa y sin arabescos como acostumbra a ser la cartelería de guerra a la que se dedicó su autor.
Memoria de la tragedia
Casi un siglo después, Enrique Brinkmann pinta su personal visión bajo otros presupuestos estéticos, una abstracción que permite una lectura abierta de una obra en cuya parte superior, sobre un fondo suave de tonos claros, perfila una elipse, como si se tratara de una corona floral, tejida con extrema delicadeza, una imagen que a pesar de su aparente fragilidad parece ya imborrable como la luz de un pórtico. En la parte inferior, una gran negrura deja entrever solo frías siluetas encendidas que avanzan en la oscuridad.
Almería está íntimamente atrapada en la memoria de esa tragedia que además de dolor y muerte sembró el horror y la miseria. La desbandá no es un episodio más de nuestra historia sino la constatación de hasta dónde puede llegar la barbarie. La obra de Brinkmann es un espejo en el que mirarse para que no olvidemos y no volvamos a repetir los errores del pasado. Una obra que en pocos lugares tendría más sentido exponerla que en Almería. Mostrarla en nuestra tierra contribuiría a dignificar la memoria de todas aquellas víctimas que buscaron amparo en una humilde ciudad del sur, entonces tan parecida a Málaga. Las miles de personas que recorrieron aquella carretera, viejos, mujeres y niños, aterrorizados, buscaban la salvación en Almería y son los perdedores de la guerra, esos que aún hoy nadie ha restituido como merecen, por eso una obra como la de Brinkmann nos interpela en lo queda por hacer.