Almería pasa del Tinder al "Sí, quiero": por qué la Generación Z vuelve a querer casarse
Un 86% de los jóvenes planea casarse a corto o medio plazo

Joaquín y Emily se casaron cuando tenían 29 y 22 años respectivamente.
"Pensé: 'esta es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida'. No fue por rebeldía. Es la firmeza por apostar por lo que quieres". No se trata de un verso de poeta, sino de la voz de Joaquín, un joven almeriense que a sus 29 años se casó con Emily, de 22. Hay a quienes su edad les parece contraintuitiva, y, sin embargo, no es el único que ha decidido dar el paso en la veintena.
La Generación Z, esa que creció viendo a sus padres divorciarse, a las crisis encadenarse como estaciones del año y que ha vivido siempre con la opción de hacer 'match' en el bolsillo, ha sorprendido a quienes los rodean: ha decidido ponerse un anillo y dar el 'Sí, quiero'. Una convicción que obedece no a la tradición ni a la obligación, sino a una pulsión mucho más profunda: la búsqueda de un lugar estable cuando todo lo demás se tambalea.
Según el Wedding Trends to Watch Report 2025, el 86% de los jóvenes de la Generación Z planea casarse a corto o medio plazo. Al igual que el regreso de las cartas escritas a mano, los vinilos, la artesanía o los álbumes de fotos impresas, el compromiso nupcial se convierte en un acto casi contracultural: frente a una década de aplicaciones de citas, relaciones líquidas y de individualismo, el matrimonio se ha transformado en uno de los momentos más importantes de la vida de estos jóvenes, superado solo por la compra de la primera vivienda.
Casarse en tiempos inciertos
Si bien hay numerosos estudios que detectan un viraje conservador entre los más jóvenes, la llegada de la 'generación del anillo' no se explica únicamente por un trasfondo ideológico. "Los jóvenes no necesariamente vuelven al matrimonio por conservadurismo, sino por la búsqueda de estabilidad emocional en un mundo inestable", afirma la psicóloga Verónica Valderrama, de PsicoAlmería.
"No podemos pasar por alto que los zetas han crecido entre divorcios, crisis económicas, precariedad laboral, crisis de vivienda y, esto es importante, la pandemia", enumera la profesional. Frente a este 'totum revolutum', el matrimonio se convierte en una de las pocas variables que sí pueden controlar: "Han visto tanta inestabilidad durante su infancia y adolescencia que necesitan paz, buscan seguridad".
"No es necesario esperar a tener la vida resuelta. Casarse no es un lujo, firmar los papeles en el Ayuntamiento es barato. Ahora bien, es verdad que si quieres hacer una celebración muy grande y bonita, sí es más caro", señala Joaquín, quien reivindica el amor comprometido: "Hoy en día vivimos muy centrados en nosotros mismos. Tenemos menos aguante dentro de la pareja y a la mínima que algo no nos gusta, lo cambiamos", lamenta.
El vicario lanza, así, un mensaje rotundo: "A quienes huyen del matrimonio les diría una cosa: si la persona con la que estás no te parece lo suficientemente valiosa como para dar ese paso, déjala. Dale la oportunidad a alguien a quien sí estés dispuesto a darle ese protagonismo en tu vida y que también te lo dé a ti".

César (26 años) junto a Laura (22) el día de su boda.
Cuando César (26 años) hincó rodilla ante Laura (22 años), tampoco tenían un plan de acción a largo plazo. "Hoy en día tener la vida resuelta es casi una quimera. Somos jóvenes, pero con cabeza, parte de esa llamada 'generación de cristal' que en realidad está llena de gente que lucha por sus sueños y por labrarse un futuro dentro de su propio país", afirma con rotundidad la almeriense, impulsora, de hecho, de una tienda de arte y manualidades para bodas y eventos, llamada Alea Designs.
En sus palabras, Laura imprime un amor casi palpable por su esposo. La suya es una crítica a la cultura del reemplazo rápido, a ese acto de "abrir el catálogo de internet a ver si me ofrece algo mejor que lo que tengo".
La otra cara de la moneda: los millennials
Frente al 'boom' nupcial de la Generación Z, entre los millennials late una desconfianza aprendida. Samantha, una almeriense de 34 años, mira hacia atrás y no puede evitar recordar la relación de sus padres como un ecosistema rígido, patriarcal y por una monogamia más formal que real, donde la estructura de poder pesaba más que el amor cotidiano.
Creció escuchando el mandato de "no depender de un hombre", una consigna que la moldeó en una autonomía casi defensiva y que hoy hace que el matrimonio no le resulte atractivo, "salvo que sea importante para la otra persona". No reniega del amor, pero lo observa desde la distancia que las apps de citas y el agotamiento emocional acumulado. Su generación, marcada por la promesa rota de relaciones estables, ha aprendido a vincularse con cautela, sin idealizar nada que pueda quebrarse.
Natalia, también treinteañera, representa la otra vertiente del desencanto millenial: la del pragmatismo absoluto. Para ella, el matrimonio no es un santuario emocional, sino un instrumento legal "muy útil" que sirve para facilitar algo tan básico como los permisos laborales o las decisiones médicas; nunca para fundar una épica romántica.

Joaquín y Emily durante su boda.
Exige separación de bienes, rechaza cualquier régimen económico que la ate y necesita saber que puede divorciarse sin drama: la libertad antes que el para siempre. No es que no crea en el amor; simplemente no está dispuesta a hipotecar su independencia material o vital. Psicológicamente, ambas encarnan la herida generacional de quienes crecieron viendo que la relación idealizada de sus padres no resistía los cambios y que la estabilidad prometida nunca llegó.
Autenticidad, antes que moda
Las parejas Z huyen de las bodas en cadena, de los salones que parecen líneas de montaje y de las invitaciones por compromiso. Según la almeriense Isabel Zúñiga, 'wedding planner' en Pitimini eventos, estos jóvenes quieren "amor real y sin postureo", un deseo que se plasma en cada decisión que toman. Sus bodas "ya no son gigantescas y no responden al capricho de la familia ni al dictado de un protocolo heredado".

Isabel Zúñiga, 'wedding planner' de Pitimini eventos.
Son ellos, los novios y no los padres, quienes tratan con los proveedores, diseñan el día y determinan cada detalle. Rechazan las bodas clonadas y buscan una con identidad propia: más íntima, más honesta, más suya. En ellas caben desde la música en directo en el cóctel hasta perros entrando en la ceremonia, así como las fiestas con DJ estilo festivalero o, incluso, las pistolas de humo: "No es tanto una ceremonia; es una fiesta".
Para esta generación, la boda es una declaración de autenticidad, no un trámite: "Estos somos nosotros, no lo que se espera", resume Isabel, quien señala un cambio profundo en el que tradición y personalidad conviven, pero siempre a favor de la pareja y nunca del 'qué dirán'.
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Si las bodas Z respiran autenticidad, es porque detrás hay una forma nueva de entender el compromiso. La psicóloga Verónica Valderrama incide en que estos jóvenes regresan al matrimonio por una elección emocional consciente.
"No buscan aguantar, ni encajar en moldes, ni repetir historias ajenas. Buscan relaciones sanas, estables y elegidas, construidas desde la conexión y la salud mental". Eso sí, se trata de un vínculo representado en dos anillos que se acepta porque aporta bienestar, no porque la sociedad o la soledad lo reclame: "Prefieren quedarse solos a mal acompañados. Para ellos la soltería no es un problema".