El amor formal de San Valentín
El 14 de febrero de 1965, Almería se convirtió en la ciudad el amor con un monumento que lo refrendaba

Almería se volcó con la idea de ser la ciudad del amor y el Parque se quedó pequeño para venerar al santo de los amores de verdad.
Cuando el domingo 14 de febrero, toda Almería se dio cita en el Parque Nuevo para asistir a la ceremonia de inauguración y bendición del monumento al patrón de los enamorados, el amor no tenía tantas aristas como tiene hoy. Aquel amor que rodeaba la figura de San Valentín era un amor que rozaba la pureza, como se encargó de repetir el cura promotor de la idea para que no hubiera malos entendidos.
El amor de San Valentín era un amor oficial, ordenado, lo que entonces conocíamos cono formal, un amor sin exhibicionismos, sin engaños, con una hoja de ruta perfectamente definida que pasaba irremediablemente por el noviazgo, por el matrimonio para toda la vida y por crear una familia, cuanto más amplia mejor.
El amor no era pegarse como lapas en los bailes cuando sonaban las lentas y después si te he visto no me acuerdo; el amor no era lo que practicaban aquellas parejas que se refugiaban por las noches en las soledades del Parque Viejo ni los lotes que se pegaban los adolescentes en la última fila del cine. Eso, según la moral de la época y los sermones de los curas, era una calentura, una marranería, el paso previo a condenarse para siempre en las llamas del infierno.
Cuando Almería se convirtió en la ciudad del amor, los jóvenes lo tenían muy complicado a la hora de darle rienda suelta a sus instintos esenciales. La conciencia pesaba mucho sobre los cuerpos y la estricta moral heredada de la posguerra complicaba más las cosas a la hora de mantener relaciones fuera del guión establecido. Un simple beso en la boca podía llegar a convertirse en una odisea que requería su tiempo y su batalla, porque las muchachas, las que entonces se consideraban “como Dios manda”, no se dejaban convencer con facilidad ni entregaban sus labios al primero que conocían en la penumbra de un guateque de domingo.
Había que recorrer un camino tortuoso en un contexto muy diferente al de ahora. No existían las madrugadas de copas ni la libertad para que cada uno llegara al día siguiente a su casa. Los padres de entonces eran estrictos con los horarios, sobre todo con las muchachas, que no podían llegar más tarde de las diez de la noche. El tiempo para jugar a los enamorados era limitado y también los escenarios. Casi nadie tenía un piso para llevarse a su pareja ni un coche en la puerta de su casa para intentarlo en cualquier descampado a oscuras.
El guión no se salía de las normas establecidas, que pasaban por conocerse primero, por cogerse de la mano después, por lograr la conquista del primer beso y por hacerse novios formales. Ser novios significaba dejar de esconderse y conocer a las familias. Cuando se daba este paso ya se podía ir por la calle abrazado o cogido de la mano, eso sí, sin dar ningún espectáculo, que Almería era un pueblo y todo el mundo se conocía.
Ser novio daba derecho a darse el lote reglamentario, es decir, a disfrutar de aquellas escaramuzas de devorarse los labios y palparse los cuerpos sin quitarse la ropa, a compartir aquellos calentones que te dejaban una excitación no resuelta que en el caso de los varones era doblemente dolorosa. Con tantas dificultades no es de extrañar que el sueño de las parejas formales fuera comprarse un piso y casarse cuanto antes.
Aquella Almería del invierno de 1965, aquella que se entregó al San Valentín de Perceval, se convirtió de la noche a la mañana en la ciudad del amor y así lo festejaron los almerienses cuando el 14 de febrero, que además cayó en domingo, llenaron el Parque para presentarle sus respetos al monumento, un invento de curas y de políticos que querían que el nombre de nuestra tierra sonara fuera.
Al bueno de San Valentín lo colocaron en un recinto abierto, en un lugar de paso, allí donde los enamorados iban solo a pasear cogidos de la mano, envueltos en la piel de novios formales. Los otros, los novios y las novias con los instintos a flor de piel, los convictos de atrapar sueños al vuelo, prefirieron siempre la intimidad del Parque Viejo, allí donde no llegaba la mirada del santo.