Elegir colegio: más allá de los idiomas, las extraescolares y los resultados
Carta de opinión de Eduardo Planes Pedreño, director del Colegio Diocesano San Ildefonso

Unos alumnos del Colegio Diocesano investigan un globo del mundo.
Elegir centro educativo para un hijo es una de las decisiones más trascendentales que tomamos las familias. No se trata solo de seleccionar un lugar donde aprender matemáticas, idiomas o ciencias, sino de encontrar un entorno donde cada niño sea feliz y pueda crecer en lo que realmente es: una persona única, irrepetible y llamada a desarrollarse plenamente. Por eso, más allá de los folletos, las instalaciones o los rankings, conviene detenerse a mirar aquello que sostiene -en profundidad- a cada colegio: su visión de la persona y de la sociedad.
Todo proyecto educativo parte siempre de una antropología, de una determinada comprensión del ser humano. Aunque esto no siempre se verbalice, está presente en cada decisión que toma un colegio: en cómo se organiza la convivencia, en cómo se acompaña a los alumnos y sus familias, en qué se considera éxito educativo y en cómo se gestiona un conflicto. Cuando una familia busca “el mejor centro” para su hijo, lo que en realidad debería preguntarse es: ¿qué idea de persona inspira este proyecto? ¿Encaja con lo que nosotros deseamos para nuestros hijos?
Por supuesto, las extraescolares importan. También los idiomas, las metodologías innovadoras, los recursos tecnológicos o los resultados en la prueba de acceso a la universidad (antigua selectividad). Todo eso habla de dinamismo, de rigor y de oportunidades. Pero ninguna de esas dimensiones tiene valor por sí sola si no está al servicio de un propósito más hondo: formar personas íntegras, capaces de pensar, de decidir, de convivir y de contribuir a la sociedad. Eso sí es importante.
El ideario -a veces olvidado y otras veces desconocido- recoge esta visión profunda. No es un papel decorativo, sino la raíz que nutre la vida del centro: marca el estilo educativo, orienta las prioridades, inspira las normas, da sentido a los proyectos y define cómo se entiende la vida escolar. Ahí está la diferencia real entre un colegio y otro, incluso cuando por fuera pueden parecer similares.
Cuando una familia entra por primera vez en un centro educativo suele percibir algo que no se ve, pero se siente. Es el ambiente. El modo de mirar a los alumnos, la serenidad de los pasillos en los cambios de clase, el trato cercano o distante, la alegría que se respira, la forma en que se habla a un niño que necesita ayuda o a otro que comete un error. Sí, para aprender los niños necesitan equivocarse mucho en un entorno que les permita capitalizar ese error con mucho cariño. El ambiente no se improvisa: es fruto de una visión compartida y vivida por toda la comunidad educativa.
Por eso, a la hora de elegir colegio, merece la pena hacerse preguntas que van más allá de las instalaciones o el plan de estudios: ¿Cómo se trata a cada alumno como ser único e irrepetible? ¿Qué lugar ocupa la familia en la vida del centro? ¿Qué idea de éxito educativo se transmite? ¿Qué tipo de persona aspira a formar este colegio?
Escoger centro educativo es mucho más que escoger un servicio: es escoger un camino de crecimiento compartido. Un colegio no solo enseña; acompaña, moldea, inspira y deja huella. Y esa huella nace siempre de aquello que, aunque no se ve, sostiene todo.