De unos baños a otros

Todo está demudado en este más que anómalo verano. El inicio de la cuasi última semana agosteña deja un regusto agrio y extraño que nos recuerda la excepcionalidad como hábitat, y sin ser devoto a ciegas de la añoranza creo valorar lo bueno del presente sin perder la conciencia clara de cuanto se ha perdido, capítulo aparte de las vidas esfumadas. El señor de la estación estival, el baño, también padece las consecuencias derivadas de este tiempo que ha esclavizado la vida y la libertad. Nada tienen que ver las alegres y divertidas temporadas de baño del pasado siglo cuando las casetas de La Concha donostiarra o de El Sardinero santanderino acogían a la aristocracia de la Villa madrileña que, a imitación del monarca de turno, no dudaban en disfrutar de los beneficiosos baños del Cantábrico y las prolongadas veladas de fiesta que acompañaban las noches de verano.


De aquellos veraneos había que dejar constancia porque si no parecía que no habían existido. De ahí la prolija documentación postal que generaban los días de baños de sol y agua, en la que se contaba de todo un poco. Una de las familias de la Corte que no perdía el verano de San Sebastián era la del doctor Ricardo Gutiérrez Roig, natural de Berja y criado en Oria, médico de la Casa Real del Infante don Antonio de Orleans, cuyos sobrinos, Isabelita y Miguel, daban buena cuenta de su estancia veraniega, en 1915, a su amiga María Joaquina Martinez,- hija de don Antonio Martínez, farmacéutico del pueblo-  mediante una postal: “Querida María Joaquina, suponemos te gustará esta postal. Es una de las más bonitas que hay. Esto es muy bonito y tiene sitios preciosos. Como ves, éste es el Gran Casino que es precioso. Da un  abrazo a la mamá y tú sabes te quieren muy de veras tus buenos amigos. Isabelita y Miguel”. Pero las vacaciones del personal del entorno palaciego no sólo se limitaban a las antiguas  Vascongadas. La costa francesa también fue destino estival, según otra postal de Bayyonne, fechada en agosto de 1922: “Queridísima María Joaquina: Nos encontramos en Bayyone, donde todo es precioso y muy bonito.Las costumbres son un poco exageradas, pues las modas llegan hasta el extremo de que las que visten bien van completamente sin mangas. ¿Qué te parece?. Las mujeres son aquí verdaderos figurines, pues van admirablemente ataviadas. Muchos besos de los nenes. Afectos cariñosos a Rafael, de Miguel y míos. Y tú sabes, te quieren tus buenos amigos Isabelita y Miguel”.


Llavaneras, en Barcelona, entre otros lugares,  también fue parada y fonda para Isabel Gutiérrez Roig, hermana del facultativo real: “Mis queridas amigas, doña Isabel y María Joaquina –madre e hija-, recibida su carta mucho nos alegramos no haya sido cosa de cuidado la enfermedad de María Joaquina. Comprendo su angustia...estando continuamente a la orilla del mar, Isabelita va mejorando y Tere está mejor de su cabeza, y la nena está tostadita del sol y ya come, por lo que está muy contenta pues con los baños de sol que toma parece que se arregla…estamos a la orilla del mar, del que solo nos separa la vía del tren, a tres cuartos de hora de Barcelona, así que es una preciosidad. Por la estación pasan noventa trenes diarios y estamos muy distraídos…Reciban un fuerte abrazo de todos y saben os quiere siempre tu amiga que verlas desea. Isabel Gutiérrez”. Lugo y otros muchos sitios fueron plazas bañistas de aquella privilegiada sociedad de aquel tiempo.


En nuestras coordenadas provincianas el estío también contaba con sus peculiares desplazamientos y estancias junto al mar, sobre todo los de quienes la vida les había  ubicado tierra adentro. Mudanzas y traslados aliñados con el protocolario ritual que cada época imponía,  que representaba todo un acontecimiento  del calendario para quienes podían permitirse semejante asueto. Tal era el caso de algunos afortunados del Norte almeriense, quienes tenían  en la próxima costa murciana, concretamente en Calabardina, su particular destino estival del que disfrutaban durante dos y hasta tres meses. Y salvo impedimentos mayores, nunca se perdonaban aquellos sanadores baños, incluidos los de balneario, que el transcurso del tiempo ha ido adaptando a cada era. Sin embargo, este tiempo nuestro ha mermado la afluencia en las playas, ha cerrado las piscinas públicas y nos ha hecho niños de pueblo, como cuando jugábamos con los animales cercanos, nos embelesaban los vuelos de los pájaros, atendíamos sus cantos y  sabíamos de sus costumbres. Como cuando hemos vuelto a zambullirnos en balsas y albercas que en cada lugar dejaron impresos sus nombres propios; en mi caso “El Tío Perucho”, “La Rodá” “Benidorm”, “Rulador”, “Janá”, “La Tejera”, etc. Baños de agua dulce, entre anfibios ciegos y ranas saltarinas, que no sólo han sanado nuestra piel, sino que nos han hecho felices niños de pueblo. 




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