Del poco respeto de los españoles por los turnos de habla

Estaban animadamente platicando don Quijote y los dos bachilleres cuando entró Sancho, tras haber dormido un rato al pie de un algarrobo. Aunque no entendía nada de lo que se hablaba, sin respetar el turno del bachiller, quien platicaba sobre vocablos incorporados al español durante el siglo XVI, el escudero, desceñido como solía siempre estar, se arrancó de esta guisa:


—No entiendo otra lengua que la mía y todo cuanto dicen vuestras mercedes son latines que nunca oí.


¡Calla, Sancho, y no interrumpas la plática del bachiller en ninguna manera! –dijo don Quijote.


—Si vuestra merced se enoja, yo callaré y no interrumpiré más. Pero así dejaré de hacer lo que mi señor siempre me dijo: un buen escudero ha de preguntar aquello que no entienda para de ese modo cumplir mejor lo que se le solicite. 


—Amigo Sancho –se mostró conciliador el bachiller Santiago Martínez–, no es por preguntar, sino por interrumpir a quien habla lo que ha llevado al enfado a vuestro amo. ¿Puede decirme, señor don Quijote, si es acertado lo dicho?



—En efeto, señor bachiller, que así es. Pues qué mal parece en los gobernadores no saber callar hasta que la persona que con él conversa no termine su plática. Porque has de saber, ¡oh Sancho!, que interrumpir el turno de habla de quien está en posesión de la palabra arguye una de estas cosas: una formación tan escasa que no pudo entrar en él el buen uso y la buena doctrina o que es natural del reino de España, donde, si bien nacimos y es nuestra patria natural, no hay buenos modales en ese sentido.


—Señor, eso de turmo de habla no lo entiendo –dijo Sancho, con tono algo molesto.


—¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! ¡Turno, que no turmo!–respondió don Quijote–. No solo eres de mal hablar y mal porfiar, sino que no respetas cuando otra persona está en su discurso, exponiendo sus razones, que tú interrumpes como un mentecato. Un buen gobernador tendrá siempre que tener presente que no dejar terminar a quien habla es como robar, pues le estás hurtando su derecho a terminar su razonamiento. Has de entender, de una vez para siempre, que cada vez que alguien participa en la conversación o en un debate tiene su turno de habla y este no debe ser interrumpido por cualquier otra persona.


 —Mía fe, que no han sido varias sino muchas las ocasiones en que no dejó mi señor amo acabar su plática –o ese turno que dice– a quien hablaba con vuesa merced. Ansí aconteció con el carretero cuando este buen hombre lo persuadía para que no hiciere la locura de enfrentarse a dos leones y, sin dejarlo que terminara de hablar, vuesa merced le replicó que picara la caballería y se pusiera a salvo.


—Dices bien, Sancho –dijo Don Quijote–, aunque cuando la necesidad obliga y no le es posible a uno esperar su turno por requerirlo la plática, ha de ser cortés, como lo fui yo, y, sin gritar –que es lo que suelen hacer los naturales de nuestro reino–, ha de utilizar expresiones como Disculpe, pero me parece que… o Perdone que lo interrumpa, pero creo que… 


—Así lo haré –dijo Sancho– cuando a mis gobernados reciba en audiencia y no pueda dejar que terminen lo que están diciendo porque mi intervención haya de enriquecer la suya… y lo haré sin alzar la voz y con esas formas que me aconseja mi señor. 


A lo que respondió don Quijote: 


—Sancho, además de respetar el turno, procura que tu voz no tenga palabra alguna más alta que otra, que el gritar y el interrumpir es propio de gañanes y nunca quedará bien ni a los caballeros ni a los gobernadores.


Fue entonces el bachiller Rojas quien tomó el turno y se dirigió a Sancho de este modo:


—Buen consejo te da tu señor, pues el gritar solo es propio de la canalla y de gente baja. Has de saber que, entre los vicios mayores que un gobernador puede cometer al platicar, aunque algunos dicen que es el no respetar el turno, yo digo que es el gritar cuando se habla, que más parece pendencia entre gente grosera que la buena plática propia de gente civilizada.


—Así es –dijo don Quijote–, mas solo quisiere sostener algo con lo que me permito discrepar. Y es que no estoy del todo firme con que muchos gobernadores, incluso otros hombres con más poder que los propios gobernadores, tengan entre sus hábitos evitar los gritos, que los hay de toda naturaleza. Y es que, señor bachiller, tal costumbre está tan extendida entre los españoles que alcanza a gente de toda condición, sean poderosos o lacayos, cultos o necios.


A esto, replicó Juan Alfonso Rojas: 


—Sin duda que he de estar de acuerdo con vuestra merced en aceptar que esta incidencia grosera, que a veces se acompaña de vergonzosas exclamaciones, forma parte de nuestros descorteses e inciviles hábitos.


—Entonces, si lo hacen otros gobernadores –dijo Sancho– ¿por qué he de evitarlo yo?


—¡Maldito seas, otra vez más! –respondió don Quijote–. ¡Por el Dios que me crió, te juro que no he visto persona tan desagradecida! Estos señores bachilleres que nos acompañan y yo procuramos tu bien para que seas el mejor gobernador. Y no digo más. 


Tras tantas horas de plática, cada uno acudió a ver sus alforjas por si algo quedaba para la cena, pues ya el hambre embestía y el sustento se hacía necesario antes de volver a pasar la noche en aquel frondoso paisaje.

 

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