La vida en un chat

Intento abstraerme de la realidad que nos fustiga para contar aquí alguna historia que cuente de todo menos de lo que nos azota. Al cabo de un prudente espacio de tiempo he concluido que la flaqueza de entendimiento en trances como el que nos ocupa también aqueja a las teclas de mi portátil, que se rebelan insumisas como si hubieran quedado amputadas para imprimir cualquier texto ajeno al catastrófico escenario  que habitamos. No obstante, la información fluye más que nunca y la comunicación personal, vía tecnológica, ha puesto a prueba a todos los medios disponibles que, por fortuna, ahí están dando el tipo, también como nunca; gracias a ellos conocemos el estado de nuestro entorno familiar, de  nuestro círculo de amistades, de compañeros y conocidos que por cualquier canal nos alegran, nos confortan y animan o simplemente nos hacen llegar cómo viven esta compleja e insólita experiencia que nos ha tocado compartir.


La casuística es tan infinita como los millones de seres que participan de este indeseable escenario de nuestro tiempo. Un tiempo que desvela evidencias en las que acaso no habíamos reparado nunca porque de suerte que jamás habíamos vivido en un estado de alarma. Por ejemplo, salvadas las distancias, muchos de nuestros despoblados pueblos de interior pintan su habitual paisaje de soledad prácticamente como el que ofrecen sus desérticas calles en tiempo de confinamiento.


Esa es la sensación que me transmiten algunos de los virtuales informantes de mi pueblo donde, como en todos los rincones de los países confinados, la situación imperante ha  alterado el pálpito vital que ahora habita en todas las redes y en el socorrido teléfono, donde la vida es más vida que nunca, incluso para que no se olvide la propia idiosincrasia, las costumbres y tradiciones. Así, las antiquísimas novenas previas a la Semana Santa, datadas en 1876, que, con un solemne y exclusivo ritual conocido deberían de celebrarse todas estas noches hasta el próximo viernes encuentran una pequeña réplica de sus legendarios cantos, creados hacia 1880 por Eduardo Bautista Vílchez, organero de la Villa de Oria,  en la diaria interpretación que  Maese Juan Reche ofrece en diferentes redes. Redes sociales, chats y grupos de wasap acogen multitud de originales y variadas actividades para ayudar en  el obligado aislamiento; tal es el caso de la cuadrilla de “Los Auroros”, cuyos integrantes, amén de animados y sugerentes debates de la más peregrina temática, ocupan su intercomunicación con individuales y sugestivas interpretaciones musicales.


Nadie escatima tiempo para enviar un saludo, un mensaje, un aplauso o una sonrisa.  A más de ocho mil kilómetros de nuestro país, en la costa oriental de Mozambique, en pleno océano Indico,  Antonia Martínez Rivera, Sor Antonia, una hermana de las Franciscanas de la Purísima  Concepción, que el próximo mes de mayo cumplirá un cuarto de siglo en la misión que su congregación tiene en la Isla de Mozambique, recuerda a sus paisanos almerienses y les remite, vía wasap, un animado video de dos niños chinos entregados a la inocente ingenuidad de sus juegos. En la misión y en Mozambique también hay preocupación por el aciago panorama mundial, que para Sor Antonia tiene ciertas reminiscencias de cuando adolescente se  entregó en la aldea de Las Vertientes, limítrofe entre los nortes almeriense y granadino, a la atención de los numerosos enfermos que ocasionó una epidemia de tuberculosis. Y es que el servicio a los más necesitados y a los más vulnerables ha sido siempre el eje vital de esta emprendedora y valiente mujer almeriense que a sus setenta y cinco años sigue encarnando un testimonio vivo de compromiso personal, que sonríe en la distancia pese a las dificultades y pese a que, como las demás, su vida también viva hoy en un chat.




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