Afganistán en España

Afganistán nos coloca a los españoles ante nuestros defectos, egoísmos y miserias

Mientras que los fanáticos guerreros del Islam tomaban Afganistán ciudad a ciudad y el gobierno afgano huía vergonzosamente, ardía en nuestro país la condena celestial de twitter por una foto de C.Tangana rodeado de amigas que posaban sobre la cubierta de un yate. No llevaban burkas sino bikinis.


La noticia de Afganistán copa portadas y máximo interés. Mucho más que cualquier otra tragedia semejante en el mundo, como los talibanes en el Saher, con su incursión para asesinar a 37 personas -13 niños- en una aldea de Níger.  


Es imposible no revolverse de dolor por las imágenes de esos desesperados afganos agarrándose al fuselaje de un avión antes de morir en el intento vano de volar hacia la libertad.  Afganistán saltó como noticia en 1978 por la invasión soviética comunista. Ya con Gorbachov, tras la derrota de la URSS comenzó una guerra de tribus y facciones en la que se hicieron populares nombres como ‘muyahidines’, ‘pastún’, ‘señores de la guerra’ o  ‘talibán’. Este grupo radical sunita se impuso en el año 96 y dio a conocer al mundo el burka, ese vestido convertido en denigrante cárcel para las mujeres. 



Tras los salvajes atentados del 11-S en suelo estadounidense, George W. Bush decidió invadir Afganistán en 2001 para acabar con Al Qaeda y su jefe Bin Laden en Tora Bora. 


Y volvemos a ese punto tras veinte años de invasión internacional, 3.587 soldados de varios países muertos -102 españoles-, más de cien mil afganos fallecidos, 404 cooperantes y 74 periodistas caídos sin vida. A Biden se le ha quedado cara de Jimmy Carter.



Afganistán nos coloca a los españoles ante nuestros complejos, nuestros defectos, miserias y egoísmos.  Desde la invasión de España por las tropas napoleónicas, sabemos en propia piel que la democracia no se enseña a un pueblo extranjero a golpe de bayoneta o de misil. Sin embargo, los mismos que critican a EEUU por intentar proteger los derechos humanos en Afganistán o Vietnam son los que celebran los Coloraos al son de la Marsellesa.  


Creo que lo honrado es la indignación y el dolor en silencio, por pudor y vergüenza. Cualquier otra actitud es exhibicionismo y frivolidad pedagógica, esa que hace sobrevolar por la realidad y deja los problemas sin solucionar. Porque en España se sufre mucho a modo de purgante de conciencia en cuerpos y almas ajenas.  Y ahora con las redes sociales, mucho más. 


El único sufrimiento real es el de esos millones de afganos a los que hicimos soñar con la democracia y que se quedarán allí a vivir bajo el régimen teocrático de los talibanes. Allí el dolor, aquí la frivolidad. Con la tele de fondo asisto a este diálogo en un magazine televisivo español: 

- “Los países que van a reconocer a los talibanes les importa tres pitos el respeto a los derechos humanos”, habla un profesor de universidad.  


- “Y a los de la mujer ni te cuento”, añade la periodista presentadora. 


- “Pero es que los derechos de la mujer son derechos humanos”, observa pausado el profesor. 


- “Si, pero...”, la presentadora se rebota y no lo acepta. 


El periodismo busca a diario salvar a la humanidad, moralizar sin mancharse las manos, ni siquiera de tinta ya. Este es el nivel en la primera vez que un desastre humanitario de geopolítica se está explicando a los ‘milenials’ españoles y hay que aplicar ‘celaína’, perspectiva emocional y de género. Y mientras los talibanes anuncian la felicidad impuesta de la ‘sharía’, en España, dos políticos también imponen su moral, laica, por supuesto. 


En  Barcelona, una concejal de Navarclés cogió el micrófono para interrumpir a un monologuista y dirigirse al público: “...se han hecho bromas de carácter sexual que no son adecuadas y que nosotros trabajamos cada día para visibilizar estas agresiones”, dijo la edil el pasado sábado. Y ayer mismo, en Gijón, la alcaldesa  anunció que acababa con la tradicional feria taurina de Begoña. “Una ciudad que cree en la integración, e igualdad de hombres y mujeres no puede permitir este tipo de cosas”. Se refería a los nombres de dos toros de la lidia: “Feminista” y “Nigeriano”, con los que, según la político, el ganadero “desplegaba una ideología contraria a los derechos humanos”. 


Para enseñar democracia primero tenemos que creer en ella, defender la nuestra. Durante un año y siete meses, tres jóvenes afganos vivieron en Murcia una pesadilla. Mohamed, Sayeb y Johannes habían sido acusados falsamente de violación por tres espabiladas chicas estadounidenses. 


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