Juani Pérez, la única directora de banco de Almería
Más de 20 años de trayectoria apostando por una banca cercana, inclusiva y basada en la confianza

Juani Pérez.
De las 100 sucursales bancarias que hay en la ciudad de Almería solo una está al frente de una mujer, Juani Pérez, directora del Sabadell. Considerado el cuarto banco de España, un 36% las directivas son mujeres.
Juani en una profesional con más de veinte años de trayectoria. Una rubia de pelo rizado, pisada enérgica y traductora jurada, que acabó en la banca porque su madre echó su curriculum.
¿Cómo llegas a un sector que no era tu destino?
No lo era en absoluto. Yo estudié Traducción e Interpretación en Granada y mi objetivo era trabajar como intérprete, incluso en instituciones europeas. De hecho, empecé ejerciendo: soy intérprete jurado de inglés y sigo siéndolo hoy. Pero en 2004 surgió una oportunidad en una oficina bancaria en Aguadulce de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Buscaban a alguien con idiomas y mi madre envió mi currículum. Entré casi por casualidad… y aquí sigo, más de veinte años después.
¿Fue difícil adaptarte a un mundo tan técnico como el financiero?
Hubo una curva de aprendizaje enorme, claro, pero también una formación muy potente. Era una época de expansión bancaria y las entidades invertían mucho en enseñar. Yo no venía de económicas, así que aprendí finanzas como las aprende un cliente: desde cero, preguntando, entendiendo. Y creo que eso ha marcado toda mi forma de trabajar.
En muy poco tiempo pasaste de recién llegada a directora de oficina. ¿Cómo se produce ese salto?
Fue una mezcla de contexto y esfuerzo. En dos años aprendí muchísimo porque me tocó vivir de lleno la burbuja inmobiliaria, con operaciones complejas, financiación a promotores, decisiones importantes. Cuando mi director se marchó, se produjo una especie de relevo natural y asumí nuevas responsabilidades. Aprendí rápido, trabajando muchas horas y con mucha implicación. Era directora de la Caja de Ahorros del Mediterráneo hasta que esta fue absorbida por el Sabadell. Entonces me cambiaron a esta oficina en 2018 y a principios de este año volví a ser directora.
Dices que tu formación como traductora sigue muy presente en tu día a día como banquera. ¿En qué se nota?
En todo. Traducir no es solo cambiar palabras, es adaptarte a la persona que tienes delante, a su cultura, a su manera de entender el mundo. En banca pasa lo mismo. Los productos son complejos y mi responsabilidad es explicarlos de forma clara, honesta, sin distancia. Yo no hablo desde un pedestal técnico; hablo desde la empatía. Si el cliente no entiende lo que firma, algo estamos haciendo mal. La oficina también está adaptada para personas discapacitadas, los documentos en braille, intérpretes para las personas sordas, etc. De forma que puedan venir solas al banco y ser totalmente independientes.
Has vivido reestructuraciones, cierres de oficinas y dos ERE. Sin embargo, sigues siendo una clave dentro del banco. ¿A qué crees que se debe?
A mis clientes. Siempre les digo que quien te da valor en una organización no es un cargo, es tu clientela. Yo cuido mucho la relación: acompaño, escucho, personalizo. Al final, la banca vende confianza. Pero lo que fideliza no es el producto, es cómo haces sentir a la persona que entra por la puerta. Muchos de mis clientes se han alegrado mucho de verme en el despacho como directora y eso no tiene precio.
Hablas mucho de cercanía en un sector percibido como frío.
Porque creo que hacía falta. La banca tiene un componente emocional enorme: hablamos de ahorros, de proyectos de vida, de empresas familiares. Yo he intentado ponerle corazón sin perder rigor. Cuando un cliente te abraza y celebra contigo un logro profesional, sabes que has hecho algo bien.
Además de particulares, has destacado especialmente en la gestión de empresas y autónomos, incluso con premios nacionales.
Es el perfil más exigente y, para mí, el más estimulante. Una empresa necesita un gestor que esté ahí, que anticipe, que acompañe. No basta con reaccionar. Ese “baile” constante es donde más he crecido y donde más reconocimiento he recibido. Y eso no se improvisa: se construye con presencia y compromiso.
¿Cómo gestionas la conciliación?
Para mí no hay una frontera rígida. Mi vida personal y profesional son vasos comunicantes. Puedo estar recogiendo a mi hija y resolviendo una operación al mismo tiempo sin sentir que renuncio a nada. No lo vivo como una carga, sino como una forma natural de estar en el mundo. Siempre conectada, sí, pero conectada con mi vida, no esclavizada por el trabajo.
Mirando atrás, ¿cambiarías algo de tu camino?
Nada. Entré por casualidad, pero me quedé por convicción. Hoy me siento orgullosa de lo que hago y de cómo lo hago. He encontrado una manera muy personal de ejercer la banca, desde la pasión, la entrega y la coherencia. Y mientras siga sintiendo eso, aquí seguiré.