Donde se inicia la falsa plática entre retórica y sencillez

Que la primera década del siglo XVII fuera la que va de 1601 a 1610 o que la tercera se extendiera entre 1621 y 1630 eran razones que le traían sin cuidado a Sancho, por lo que este no solo no se interesó por la plática mantenida entre su amo y el académico de Alcalá, sino que no había dejado de bostezar y de visitar la bota que don Antonio de Bañón  guardaba en su alforja.  


Durante un largo camino, don Quijote no podía disimular lo cariacontecido que estaba con Sancho por su proceder tan discorde y descortés.

—Mira, Sancho, «no se hizo la miel para boca del asno» y has mostrado un gran desprecio por los sabios consejos que nos daba nuestro ilustre acompañante, lo que muestra una zafiedad que arguye tu formación, tan escasa que no pudo entrar en ti  el buen uso ni la buena educación. 

—Vuestra merced ha de saber –respondió Sancho– que, aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie y solo espero que de una vez para siempre me nombre gobernador de esa ínsula que tanto me tiene prometida. Entonces, hablaré a mis súbditos como me enseñó la madre que me parió y llamaré «al pan pan y al vino vino». 

—¡Maldito seas, Sancho! –replicó don Quijote–. Cuánto se descubre en ti que no solo no conoces el mundo de los caballeros andantes, sino tampoco el de la clase política, donde siempre hubo y hay quienes alardean defendiendo en su habla la sencillez, la llaneza y rectitud frente a la palabrería y la ampulosa superficialidad.


Y a este último proceder llaman,  equivocada y despectivamente, retórica.

Ya, el mismo Marco Antonio se dirigió al pueblo romano diciéndole de manera engañosa: «Yo no soy un retórico como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo». 

—Señor, si bien los consejos de vuestra merced siempre habré de considerarlos, hay algunos que mi magín no alcanza a entender. Que ahora me acuerdo haberlo oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos para castigar alevosías, endere¬zar tuertos y desfacer agravios, lo que nada tiene que ver, hasta donde yo llego, con la palabrería y el engaño. 

—Pero, Sancho, amigo, ¡qué bruto eres! Retórica no significa lo superficial, el adorno innecesario o la mera palabrería, sino el arte de persuadir mediante la palabra. Y esos que la critican y defienden la franqueza y la sencillez emplean la citada retórica tanto o más que los otros, pues tanto o más persuaden a sus seguidores valiéndose de ese ‘lenguaje de la franqueza’. Al menos, no hay por qué pensar que lo hagan en menor medida.   

—Vuestra merced –respondió el escudero- parece no recordar que me sacó de la aldea donde dejé mujer e hijos para asentarme con mi señor. Yo era un labrador, que no un marqués ni un político y, por ende, soy un hombre de pueblo que no puedo engañar a los otros hombres del pueblo. Diré lo que tengo que decir de manera clara, que nada tiene que ver con el engaño. 


Algo extrañado quedó don Quijote con la impropia claridad de su escudero, al menos este no había disparatado como en él era natural. No tan descontento como en otras ocasiones por la respuesta de Sancho, hubo, no obstante, de sacar fuerzas para dirigirse de nuevo a él e hízolo de esta guisa:

—A fe, Sancho, que, a lo que parece, más despierto que en la vida estuviste. No puedo ver mal que seas un gobernador honrado, pero lo que no te entra en la mollera, aun reconociendo que hoy te entró lo que en otras veces no, es que ese ‘lenguaje de la franqueza’ es una de las formas más peligrosas de persuasión, pues debes saber que quien tenga tanta habilidad para la mentira que la sepa componer de modo que parezca verdad y la acompañe de soltura a la hora de decir su discurso, aunque mentiroso, puede resultar más persuasivo que el lenguaje más ornamentado en el más honrado de los oradores. Y ambos se han valido de la retórica, sean o no conscientes.

—No he entendido bien, señor, -contestó Sancho-.

—Quiero decirte – respondió don Quijote- que esos charlatanes que critican la palabrería, que se erigen en rectos y honrados, una vez que convencen a sus súbditos de que no los van a engañar y de que todo lo que salga por su boca será lo cierto e íntegro, sumergen a sus súbditos en una situación que los hace desechar cualquier atisbo de mentira. Y a partir de ese momento «¡ancha es Castilla!». Ya puede desatarse su lengua en todo tipo de exageraciones, de engaños, sin decir verdad alguna. Y tales súbditos, fascinados ante la persona tan ‘honrada, sencilla y veraz’, verán en sus rostros y en sus pechos  estrellas que los guían al cielo de la honra, de la riqueza y del bienestar que antes no tuvieron.  


Pues si algo he entendido de lo que me ha dicho –dijo Sancho–, más prefiero esto que esa palabrería, tan lejana de mi natura. Y he de repetirle a vuestra merced que llamando «al pan pan y al vino vino» he de dirigirme a mis insulanos cuando me conceda esa ínsula que me prometió. 

Don Quijote, tras observar que era imposible convencer a su escudero de la importante de la retórica entendida como el arte del buen y eficaz modo de convencer, desazonado, dejó un poco de tiempo antes de continuar con esta cuestión. Y, tras ese tiempo, vino a decir  lo que se contará en el capítulo siguiente.


 

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