Poco a poco se llega antes

Sancho, tras su primer discurso en público como gobernador, había quedado confuso, corrido y afrentado, pues nada había acaecido como él desease. Quienes vinieron a escucharlo, lejos de dedicarle un solo aplauso, no disimularon las risas al oír las sandeces que su gobernador decía y, sobre todo, cómo lo decía. Cada frase emitida durante su plática era una agresión al buen uso de la lengua castellana.   


—Mire, mi señor, -dijo Sancho, algo alterado- hablome hace unos días de cuestiones que poco entendí cuando me explicó cómo conseguir el aplauso de mis insulanos y, tras lo acontecido, quiero decirle que  «el que mucho ofrece poco da», que «poco a poco se llega antes»  y que «vísteme despacio que tengo prisa».


—¡Oh, Sancho, ¿pero otra vez con tus refranes?, ¿siempre ha de ser igual?¡Maldito seas de Dios! Además, no alcanzo a entender qué deseas mostrar.  


—Quiero decir, señor, que «poco a poco se llega antes» y que, más que enseñarme a hacer discursos, habría de decirme vuesa merced cómo evitar los dichos que contravienen los buenos usos de nuestro idioma. Ansí evitaría el solaz y regodeo de mis súbditos, que rieron hasta el sonrojo de sus rostros. 


—Amigo Sancho, he de hablarte de la existencia de un libro llamado  Gramática de la lengua castellana escrito por un tal Antonio de Nebrija, en 1492, y que yo leí, ha algún tiempo, con desmesura durante días y noches. Recuerdo que en él se nos aconsejaba que nunca dijésemos, por ejemplo, «me se ha caído el pan», sino «se me ha caído el pan», ni que se empleen palabras de otro idioma cuando tales vocablos estén en nuestra hermosa lengua castellana; tampoco debemos decir «detrás mía» ni «delante tuya», sino «detrás de mí» y «delante de ti», como ordena dicha gramática. No confundiremos los sonidos laterales con los vibrantes, de manera que los «alcázares» son alcázares y no «arcázares» y las «alcachofas» son alcachofas y no «arcachofas». 


Escuchaba con atención Sancho a su señor, pues pensaba que habría sido por arte de encantamiento que este dijese alguna cosas sensata, tan acostumbrado como estaba  a sus estrañas y desaforadas locuras.


—Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—, pero agora quiero saber si, con lo que vuesa merced me acaba de referir, ya podré hablar sin sentir las risas de quienes me escuchan o ¿tendría más cosas que aprender?


Era Don Quijote ahora quien no daba crédito a lo que acababa de oír; no obstante, le contestó, simulando seriedad, de esta guisa:


Hermano Sancho, ni mucho menos acaba aquí el conocimiento del bien hablar. Ansí, cuando en tu discurso de ayer, proclamabas las medidas aprobadas por tu gobierno, dijiste que «el Estao ha tenio el honor de haber aprobao una nueva ordenanza de caballería». Un gobernador no debe decir nunca «estao», «tenío» o «aprobao», pues todos ellos son usos que arguyen que en quienes los dicen no pudo entrar el buen uso ni la buena doctrina. 


Oyendo lo cual, Sancho, que seguía escuchando con gran atención a su amo, como si la vida le fuera en aquello, mostró, de nuevo, gran malestar en su respuesta:


—Verdad debe decir mi señor y yo no quiero negarla, pero hablarme a mí, que soy labrador, de esta guisa, acostumbrado como estoy a las bestias asnales, es igual que hacerlo en griego o en jerigonza. 


¡Cómo demonios no voy a decir «estao», «tenío» o «aprobao» si no otra cosa conocemos en nuestra casa  Teresa, mis hijos y yo? 


—Bueno Sancho, en la casa, con la familia no es un desatino, pues se tiene noticia de que hasta los caballeros andantes se valieron de tales usos, pero estos caballeros no desconocían que una lengua tiene varios registros y que la persona que sabe hablar ha de utilizar uno u otro según donde esté y cuál sea la ocasión. De este modo, cuando des un discurso o hables ante gente que no es de tu entorno, te has de guardar bien de pronunciar vocablos como «comío», «tenío» o «asistío», pues lo correcto es comiđo, teniđo y asistiđo. Y nada digamos de «deo» o «ganao». Y esto es de esta manera para todos los nascidos en nuestro reino de España, independientemente de que sean naturales de Andalucía, Castilla, Asturias u otra cualquiera región y de cuál sea su condición social, máxime en un gobernador. 


Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el brío y el ánimo será imposible y me esforzaré porque todo sea dicho como indica mi señor. Bien es verdad que poco sé sobre eso de los registros y de los entornos que dijo vuesa merced. El tiempo me lo irá explicando. 


Ahora, algo desazonado, pues le era difícil olvidar a aquellos insulanos que lejos de aplaudir reían como bellacos, Sancho  quiso dar por terminada la plática. Tras aliviar su jumento  y antes de tenderse sobre la verde yerba, invitó a su señor a que lo hiciera en primer lugar y de esta manera, una vez los dos sentados, empezaron a comer lo que había, que era comida frugal, como sucede en tantas ocasiones a caballeros andantes si son de poco nombre y fama.


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