De los primeros consejos acerca de cómo hacer un discurso

Como quiera que aún faltaba más de una hora para el momento de la cena y los Duques tuvieran que ausentarse por motivos que bien justificaron, fray Antonio Martínez quiso agradar a don Quijote y dar cumplimiento al deseo de éste de conocer cómo se ha de elaborar un discurso. Por ello, dirigiose a donde estaban el caballero, Sancho y otras dos personas más que en ese momento se hallaban en la estancia. Una de ellas era el confesor en el castillo, agustino también, fray Francisco Torres de los Montes, quien, al no tener conocimiento del libro que contaba las hazañas de tan singulares personajes, no entendía la presencia de estos dos pintorescos hombres ni, menos, la ceremonia con que eran tratados por orden del Duque y la Duquesa. 


—Señor Caballero de la Triste Figura o Caballero de los Leones –comenzó con voz grave fray Antonio–, pidiome algunos consejos sobre cómo se han de elaborar los discursos para que estos resulten de interés y, sobre todo, de provecho para quienes los escuchen. Creo, no obstante, que mal entendí que tal conocimiento sería para su escudero y no para vuestra merced. Y digo esto porque bien juzgo que quien habría de ser gobernador no debiera ser otro que el hacedor de las grandes hazañas y no el criado. Tú, Sancho, sabrás perdonar mi posible ligereza al decir tales cosas, pero que pudieras ser nombrado gobernador de una ínsula, aunque esta fuere mínima, deshabitada y allende los mares, es algo no fácil de llegar a alcanzar si un poco de sal queda en la mollera. 


— Muy versado debe de estar en hacer discursos para el señor Duque, no lo dudo –dijo don Quijote, lleno de cólera y de enfado–, pero nada lo está en esto de la caballería andante, porque si lo estuviere no hablaría de este modo tan desafortunado y bien sabrías que entre los caballeros andantes fue y es costumbre muy usada hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que se ganaren y así he de cumplirlo yo porque así se lo prometí a Sancho, mi amigo y fiel escudero. Y vuestra merced, como versado en asuntos de oratoria, díganos, por favor y si lo tiene a bien, algunos consejos para que Sancho, cuando sea gobernador, que lo será por mi honor, pueda hacer mejor el dirigirse a sus súbditos.


—Señor don Quijote, perdóneme vuesa merced –respondió fray Antonio–, que yo confieso que anduve mal con su escudero y no acerté a decir bien al mencionar la poca condición que reparé en él para verlo gobernador. 


—Perdonado queda por mi parte y por la de mi escudero –respondió, más tranquilo, don Quijote–, pero vayamos, pues poco queda de tiempo para la cena, a lo que un hombre de letras, versado en las artes oratorias, pueda decirnos sobre cómo se ha de armar un buen discurso. 



—Miren vuestras mercedes –prosiguió el fraile–, un discurso ha de estar organizado de manera semejante a como lo está un ser vivo, orgánico, debidamente provisto de cabeza, tronco y extremidades y no descabezado o sin pies. Asimesmo, con todas sus partes bien proporcionadas y relacionadas entre sí y con relación al conjunto en el que se integran perfectamente ha de estar. Lo leí ha muchos años en Platón. Quiero decir que igual que un ser vivo ha de tener cabeza tronco y extremidades y no ha de faltar ninguna de sus partes, un buen discurso tendrá que prepararse de forma ordenada, y ese orden supone disponer lo que se va a decir en tres partes: un inicio, un desarrollo y un cierre, cuyos tiempos de tardanza se deberán ajustar ansí: alrededor de una parte o parte y media para el inicio, ocho o siete partes para el desarrollo y una parte o parte y media en tocante al cierre. 


—¡Por vida de mi padre –dijo Sancho en oyendo lo que le dijo el fraile– que es la más descomunal cosa que jamás haya oído


—¡No, Sancho, te engañas en eso, que nada hay de descomunal –respondió fray Antonio–. Porque has de saber que en los discursos la primera parte, llamada inicio, es de grande interés, dado que en ella se ha de ganar la curiosidad de quienes estén escuchando. Habrás de atraer a tus insulanos y lo has de hacer con algún acaecimiento reciente o algún dicho oportuno, siempre que venga al pelo su relato y sea oportuno y de interés. Procura saberlo fácil, de modo que os cueste poco esfuerzo el recordallo. Pero, asimesmo, en este inicio, habrás de adelantar las razones de mucha importancia de las que has de hablar durante el discurso. Entonces, ese inicio tendrá dos partes: una primera de atracción de quienes te escuchan y otra segunda en que adelantarás las partes de las que vas a tratar en el desarrollo para que quienes sigan tu discurso sepan en cada momento por dónde camina, cuanto lleva recorrido y cuánto falta, aproximadamente, para su final. Es algo que, por desgracia, falta en los discursos de reyes y nobles en nuestros días, pues nunca sabemos cuántas son las partes que quedan por transcurrir. 


En esto estaban cuando dos dueñas vestidas de unos monjiles de color cárdeno y tocas del mismo color anunciaron a los señores que podían pasar a la sala de gala del castillo, pues la cena se iba a servir, con lo cual ahí hubo de quedar la recién iniciada plática sobre cómo hacer un discurso, lo que continuará en el capítulo siguiente

 

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