Detrás de la pantalla (XXIII): Lo de Ana Soria

La habitual tranquilidad del barrio de Ciudad Jardín ha saltado por los aires en los últimos días a cuenta de una historia que ustedes conocerán ya sobradamente: una muchacha almeriense está ennoviando con el torero y habitual protagonista de crónicas rosas Enrique Ponce. Y para qué queremos más.


Estas líneas no son para defender con tinta que cada uno puede hacer lo que le dé la gana sin tener que darnos explicaciones a los demás, y ni siquiera pretendo plantear que lo de perseguir a Ana Soria (que es el nombre de la chica en cuestión) o a sus padres o a su abuelo por Almería está feo, no.


A mí lo que me gustaría poner sobre la mesa es que el tema del torero y la joven almeriense es en realidad una cortina de humo para tratar de ocultar lo que de verdad importa: que las gacelas de La Hoya van a estar malas de los nervios este verano.


La situación es esta (y la desmenuzaba bien ayer Pedro Manuel de la Cruz citando a Sabina y todo): hay gente a la que no le gusta que Almería vaya a celebrar conciertos bajo la muralla de Jairán porque justo al otro lado del lienzo hay unas preciosas gacelas en peligro de extinción dentro de una finca propiedad del  Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que pastan a la sombra de la Alcazaba esperando su reintroducción en el norte de África, que para eso es su hábitat natural.



El motivo de la queja es que las vecinas de la muralla van a sufrir estrés por escuchar música a horas nocturnas. Yo propongo darles un Trankimazin los días de concierto para que la ansiedad no se las coma por dentro, pero el Ayuntamiento de Almería ha sido algo más correcto y ha hecho un estudio acústico para demostrar que a esas gacelas no les va a faltar paz en un verano que desde la Plaza Vieja han planteado como el ideal para que los almerienses descubran este rincón desconocido por muchos (y maravilloso, la verdad).


Así que la estrategia es esa: armar barullo en Ciudad Jardín con reporteros de Sálvame y todo para que la gente no hable de las pobres gacelas que muchos no saben ni que existen.


Menos mal que a veces la pantalla sí te pone delante de los ojos algún tema que de verdad importa, e incluso te llevas una hostia de realidad: escribo esto mientras en Twitter se recuerda que hace 23 años exactamente dos balas ponían fin a la vida de un joven de 29 años llamado Miguel Ángel Blanco. Lo que pasa es que hablar de eso en 2020 es incómodo, así que hablemos de lo de Ana Soria.



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